Egipto en un túnel negro

En Siria, el régimen alauita está luchando con ferocidad desesperada contra una coalición coyuntural de laicistas y fanáticos religiosos; en Egipto, el intento del presidente Mohamed Morsi, un islamista supuestamente "moderado", de otorgarse poderes dictatoriales enfureció a quienes lo acusan de tratar de secuestrar una revolución democrática que puso fin a treinta años de tiranía; en otras partes del mundo musulmán, los conflictos entre sectarios de distinto tipo, o entre regímenes muy autoritarios y los comprometidos con la tolerancia pluralista, propenden a intensificarse. A dos años del comienzo de la primavera árabe parecen cada vez menos realistas los pronósticos optimistas de quienes previeron que, luego de una etapa confusa, los países del norte de África y el Oriente Medio lograrían transformarse en democracias acaso limitadas pero así y todo aceptables desde el punto de vista occidental. Que éste sea el caso no ha sorprendido a escépticos familiarizados con la región que, desde el vamos, señalaban que los universitarios jóvenes, capaces de comunicarse en inglés con periodistas norteamericanos y europeos enviados por los medios internacionales para cubrir los acontecimientos, que protagonizaron las primeras revueltas contra dictaduras anquilosadas como la del egipcio Hosni Mubarak no eran representativos. Antes bien, constituían una minoría relativamente reducida en sociedades mayormente analfabetas dominadas por clérigos que abominaban de la democracia.

En las elecciones que se celebraron en Egipto en la primera mitad del año los islamistas "moderados" de la Hermandad Musulmana y los "extremistas" del salafismo obtuvieron el 70% de los votos, en efecto marginando a los sectores laicos y a la nutrida minoría cristiana que tiene buenos motivos para sentir miedo. Como acaban de advertir voceros del ejército egipcio, su país, el más poblado del conjunto árabe con 84 millones de habitantes, corre peligro de internarse en un "túnel negro" que lo llevaría a "una catástrofe". Por desgracia, los militares están en lo cierto. Son incompatibles las aspiraciones mínimas de los laicos y los religiosos, los cristianos coptos y los militantes de la Hermandad Musulmana que, a pesar de su presunta moderación, no han abandonado su sueño de impulsar el renacimiento de un califato que, según ellos, terminaría erigiéndose en una superpotencia militar en condiciones de derrotar a Estados Unidos, Europa y, desde luego, Israel. Aunque por razones tácticas Morsi y otros líderes de la Hermandad, una organización transnacional de la que Hamas es la filial en Gaza, están resueltos a impresionar al resto del mundo por su cautela, siguen aferrándose a la ideología expansionista de su fundador, Hassan al-Banna, que en los años veinte del siglo pasado se propuso recrear el califato sobre las ruinas del Imperio Otomano turco.

Es sin duda natural que, con escasas excepciones, los dirigentes norteamericanos y europeos quisieran convencerse de que, a pesar de la retórica inflamatoria de algunos, los islamistas son en el fondo personas prácticas, contrarias a la violencia, que entienden que les convendría respetar los derechos ajenos y concentrarse en atenuar los pavorosos problemas económicos y sociales de países hundidos en la pobreza. La reacción inicial de Occidente frente a la primavera árabe se basó en la idea de que se tratara de un movimiento modernizador y que por lo tanto sería de su interés apoyar a los rebeldes contra un statu quo no sólo brutal sino también anacrónico, de ahí la intervención de la OTAN en Libia y las presiones a favor de que emprenda una operación similar en Siria, pero últimamente se han hecho oír las voces de quienes sospechan que, tal y como sucedió cuando el sah de Irán fue derrocado por las huestes del ayatolá Khomeini, los cambios no necesariamente serían positivos. Si bien en Occidente mismo ideologías mesiánicas como el nazismo, el fascismo y el comunismo se han visto tan desprestigiadas que sólo atraen a un puñado de violentos, esto no quiere decir que otras en cierto modo parecidas no puedan suscitar pasiones igualmente sanguinarias en el Gran Oriente Medio, una región convulsionada en la que muchos fantasean con compensar por los fracasos materiales sumándose a movimientos reivindicatorios, de los que la Hermandad Musulmana es, por ahora, el más poderoso.

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