Educación segregada o igualitaria. No da igual

La segregación por sexos en la enseñanza, que la democracia había sacado por la puerta, volverá subrepticiamente por la ventana con la LOMCE. Así está el tema. El ministro Wert le ha dado carta de naturaleza al modificar el apartado 3 del artículo 84 de la LOE, que prohibía cualquier discriminación en la admisión de alumnos, por razones de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión, etc. El proyecto de Ley aprobado por el Gobierno el pasado 17 de mayo excluye la discriminación por sexo de esa lista. Para ello se acoge a una Convención de la UNESCO del año 1960. Un texto que, para nuestros estándares de igualdad resulta inconstitucional, según los  más importantes pedagogos del país reunidos en el Foro de Sevilla.

La ley anterior, Ley Orgánica de Educación, aprobada con un gobierno socialista en 2006, había empezado a inclinar la balanza a favor de las Comunidades que optaban por no subvencionar con conciertos a los colegios segregados, en su mayoría del Opus y otras órdenes ultraconservadoras. Las sentencias de tribunales superiores y del Supremo, que hasta entonces habían sido contradictorias, empezaron a dibujar un compromiso con la escuela mixta, aunque sin ilegalizar las experiencias segregadas. El tema pudo quedar definitivamente atado con el anteproyecto de Ley de Igualdad de Trato y no Discriminación, que entre otras cosas prohibía expresamente concertar con centros segregados. El adelanto electoral dejó en el cajón esta ley y el nuevo Gobierno no será quien la rescate.

Cuando a finales de 2013, se apruebe la LOMCE, los gobiernos autonómicos ya no podrán denegar subvenciones o conciertos a los colegios que segreguen por sexo a sus alumnos.

Del debate jurídico al de género

El debate de fondo es sobre igualdad. La lógica dice que se mezcla para igualar y se separa para mantener desigual, aunque ahora se pretende que también segregando se puede igualar.

María Calvo, profesora de la Universidad Carlos III y presidenta de EASSE (Asociación Europea de Centros de Educación Diferenciada) cree en un “derecho al pleno desarrollo de la esencia femenina y masculina”. Un derecho que se supone mejor atendido en aulas homogéneas, es decir en una “educación diferenciada”. Ella rechaza el término “segregada” porque, dice, segregar significa “separar a los sexos para dar un trato de inferioridad a uno de ellos”, algo muy distinto de lo que, en su criterio, se logra separando a los chicos de las chicas.

“Si se considera que cada persona puede ocupar cualquier posición –señala la socióloga y experta en educación Marina Subirats, en las antípodas de la anterior- ¿qué sentido tiene que se las eduque por separado?”. Lo que se pretende en el fondo es mantener roles diferentes según el sexo.

Desde Simone de Beauvoir sabemos distinguir sexo y género y sabemos que los roles de hombre y mujer son constructos sociales y se transmiten, entre otras vías, educativamente. El objetivo de la igualdad, asumido genéricamente en las democracias avanzadas, obliga a una educación que no segregue en el derecho de acceso, ni en la propia escuela, ni en la materia de estudio. El colegio ha de ser, como la vida misma, perfectamente mixto ya que no sólo enseña, sino que socializa.

Tratar la diferencia

Niños y niñas, se dice, no maduran al mismo ritmo y eso se traduce en disparidades difíciles de tratar en el aula. Además, la convivencia y la exposición a la mirada del otro, induce comportamientos alterados: timidez y apocamiento en las niñas, protagonismo y extroversión en los niños. Comportamientos que acaban incidiendo no sólo en el rendimiento, sino en las expectativas vitales.

Y aunque todo ello fuera cierto, no es nada seguro que la solución sea separar por sexos y homogeneizar las aulas. Sabemos que esa no es solución en asuntos como la diversidad cultural, la inmigración, la discapacidad, etc.

En primer lugar las diferencias atribuidas al sexo no son la únicas ni las más influyentes en el aprendizaje: importan más las diferencias sociales, que pese al intento igualador del sistema educativo, condicionan en gran medida el nivel de expectativas, la probabilidad de completar los estudios, la disposición intelectual, etc. Si alguien propusiera tratar esas diferencias segregando a los alumnos por su nivel social, sería tachado de clasista y anacrónico, aunque, en realidad, ese es el efecto final de la política de privatización que promueve la derecha.

En segundo lugar, las diferencias no se resuelven segregando, sino tratándolas en el aula. Los comportamientos machistas o violentos, las actitudes pasivas o subordinadas, se vuelven invisibles y, por tanto, intratables, en una educación separada. Las desigualdades han de ser explícitas para que se puedan combatir. Lo que se requiere es una mejor formación de los docentes, para que puedan incorporar en el currículo el mandato de la igualdad y la atención cualificada a las diferencias. Y eso es, precisamente, lo que nunca querrían tener que hacer quienes se han apresurado a eliminar la única materia, Educación para la Ciudadanía, que en ausencia de verdadera transversalidad procuraba esa dimensión.

¡Es el rendimiento, imbécil!

Pero para que semejante debate ocupe siquiera una línea en la agenda pública era preciso que involucrara efectos educativos tangibles: ¡Ah, pero es que cuando se separa a los niños de la niñas en clase mejora mucho el rendimiento!, proclaman los defensores de la “educación diferenciada” y entre ellos la profesora María Calvo Charro. Ella sólo ve ventajas y asegura que el “éxito académico” no es sólo de “niños pijos de colegios privados, sino de color, de Harlem, condenados al fracaso escolar”. En España no hay datos relevantes, porque se trata de tan sólo de un 1% del total, pero en Estados Unidos los 25 primeros de la lista de los colegios con mejores calificaciones (colegios, no alumnos), son “diferenciados”. Las “league table” inglesas apuntan a lo mismo.

El problema de esos rankings es que miden el rendimiento de los colegios bajo parámetros que nada tienen que ver con el aprendizaje de la convivencia. Jamás consideran los resultados en “ciudadanía”, es decir, en respeto a la igualdad de género, lenguaje inclusivo, tratamiento de las emociones, aceptación de la diferencia y tolerancia. Tampoco se ocupan del desarrollo de modelos  igualitarios de feminidad, masculinidad u homosexualidad o los nuevos modelos familiares. Es decir, se deja fuera de la medición aquello que es justamente más relevante y que, casualmente, suele ser obviado o incluso expresamente combatido en los colegios de inspiración religiosa.

Más que medir el colegio, que indudablemente tenderá a “seleccionar” a su alumnado, habría que mirar el rendimiento de los alumnos. Y ahí encontramos datos preocupantes sobre chicas que se inhiben en matemáticas y chicos que flojean en lengua. La segregación, aseguran, resuelve estos déficits. El problema es que también estos estudios han sido seriamente cuestionados, por su parcialidad, hasta el punto de que la revista Science los califica de “pseudociencia”. En primer lugar, se ha señalado que en los países donde están implantados, los colegios segregados atraen a padres altamente interesados en la educación y normalmente de un elevado nivel formativo y socioeconómico. Son “esas” condiciones familiares las que favorecen “aquellos” resultados escolares, no la segregación en sí. Hay, pues, un factor “selección”, reconocido incluso por autores favorables a ese modelo, como el mismo F.A. Mael, tan citado por los separadores. Diane Halpern, quien fuera presidenta de la Asociación Americana de Psicología (APA), asegura que no hay pruebas de que la segregación mejore los rendimientos, pero sí, en cambio, de que incrementa el sexismo.

 ¿Pero quién quiere la segregación?

Los argumentos en pro de la segregación rara vez se presentan en su forma más fundamentalista o religiosa, en nombre del Opus Dei o los Legionarios de Cristo, propietarios del 80% de los centros segregados en nuestro país. Al contrario, intentan presentarse de modo respetable y como pasado por la izquierda: desde un medio tan extremado como Interconomía envuelven su apuesta con un sorprendente “¡Viva la différence!”. Esta corriente presenta el asunto como una modernización ya implantada en Gran Bretaña y sobre todo en América. Nunca olvidan mencionar que Hillary Clinton estudió en uno de los 84 colleges diferenciados. Como una opción por la pluralidad, sin intención ideológica, frente al fracaso de la coeducación en la igualación escolar de las chicas.

Ese fracaso no es tal, si hemos de creer a Daniel Gabrarró, quien asegura que es precisamente el éxito de escolarización y resultados de las chicas desde la implantación de la escuela mixta el que hemos de exportar a los sectores afectados de “fracaso escolar”, que tienen un sesgo más social que de género.

Hay también argumentos aparentemente neutros y de un carácter más técnico, que proponen centrarse en una mejor medición de resultados antes de descartar la segregación. Es el caso del catedrático de la Carlos III, Antonio Cabrales que, desde un apoyo matizado a la LOMCE, se apunta a una suerte de “laissez faire” para permitir experiencias de este tipo a la espera de evaluar sus ventajas. Pero esa perspectiva olvida que hacerlo con fondos públicos no es otra cosa que favorecer una diferenciación social en la educación que ya demostró en el pasado sus efectos. No es algo que una sociedad democrática pueda “laissez passer”.

Existe, incluso, una corriente que se reclama del “feminismo de la diferencia”, para nada asimilable a aquel conservadurismo, que apoya la segregación para facilitar las condiciones de ausencia de presión sobre las jóvenes que les permitan su máxima expansión. Sin embargo hay un problema de lógica en todas estas posiciones y es la propia pretensión de igualar separando, lo que no deja de ser un contrasentido. Quizá convenga recordar que la segregación racial de escuelas en la Sudáfrica del apartheid se justificaba, ¡oh, sorpresa! con argumentos como la diferente maduración y rendimiento y las distintas necesidades culturales de blancos y negros.

discriminación racial

Aún la escuela mixta

No puede ser casual que este debate emerja justamente en medio de la mayor ofensiva conservadora contra la escuela pública y el estado del bienestar. Es la señal de ataque para varias cofradías confesionales y lobbies del negocio educativo.

¿Cómo afrontar en la escuela los conflictos de género? ¿cómo abordar fenómenos emergentes como la violencia o el acoso, la sexualidad temprana, las identidades de sexo/género, los modelos familiares? Si la escuela mixta no tiene aún resuelta la ecuación ¿qué decir de la segregada?

La coeducación es una conquista para la igualdad pero no es la conquista de la igualdad. El camino sigue empedrado de prejuicios, estereotipos y barreras mentales o estructurales, como demuestra, por ejemplo, la baja proporción de mujeres que escogen carreras técnicas o las diferencias de “empleabilidad” entre hombres y mujeres con equivalente nivel de estudios. La escuela mixta no ha hecho desaparecer el sexismo, perceptible aún en la propia interacción dentro del aula, donde subsisten pautas de tratamiento diferenciado y escalas de protagonismo, que no se explican en razón de características personales.

La coeducación empezó como inclusión de las niñas en el modelo educativo masculino, pero debe alcanzar un nuevo estadio que Marina Subirats define como “fusión de las pautas culturales que anteriormente se consideraban como específicas de cada uno de los géneros”. Ello puede implicar la introducción del propio género y los roles en el currículo, la educación de las emociones y la igualdad. Parece que ese es, precisamente, el paso que no se quiere dar por aquellos que, bajo ropajes renovados, querrían volver a la escuela segregada para enseñar de forma distinta a unos y otras. Conviene no olvidar que enseñar distinto fue siempre la manera de mantener desiguales.

Para saber más:

* Foro de Sevilla 2013. Manifiesto por otra política educativa. 

* Calvo Chaparro, María.(2009) Guía para una educación diferenciada. Ed. Toromítico. 

* Observatorio de Igualdad de Género CCOO. (2012) Una educación diferenciada para la diferencia entre los sexos. 

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