Educación contra el machismo

Como profesor de la asignatura «Valores éticos», impartida desde 1º a 4º de ESO, me he encontrado con las resistencias y críticas de algunos alumnos (y alumnas, ¡ojo!) al tratar el tema del machismo. El otro día en clase, un alumno me pidió permiso para hablar con total sinceridad, y expuso, con sus palabras, lo que más de uno estaba pensando, a saber: 1) que la educación en igualdad de género es innecesaria; y 2) que la educación en igualdad de género es contraproducente. No me he podido resistir tomarme totalmente en serio sus críticas, y contestarle con el máximo de los respetos, además de en clase, en este foro público, pues sé que el suyo no es un pensamiento aislado, sino que es el reflejo de un runrún más o menos extendido en nuestra sociedad. Comenzaré con la segunda crítica: el alumno sostenía que hablar de violencia de género trazaba inmediatamente una línea imaginaria que partía en dos la clase, separando a hombres y mujeres, que desde ese momento eran considerados potenciales agresores y potenciales víctimas. Su queja defendía que el discurso feminista pone a los hombres bajo el foco, pues parecería que, a priori, y hasta que no se demuestre lo contrario, todos los hombres somos culpables. Esa separación, ese velo de sospecha, generaría, según su tesis, un efecto contraproducente, fuente de futuros rencores y odios.

Bien, si el alumno hubiese prestado atención a las anteriores clases, y si la sociedad en su conjunto se parase a considerar este tema de forma pausada, seria, abierta a escuchar a los expertos, y no a quedarse con el titular, el tweet, o el meme, habría entendido que lo que proponemos desde la educación en igualdad es trazar una línea que parta la clase (la sociedad) en dos: feministas (hombres y mujeres) y machistas (hombres y mujeres -que esperemos, quizás ingenuamente, sean la minoría-). Dentro del grupo feminista (recordemos que el feminismo es la lucha por la igualdad) habría hombres y mujeres, igual que dentro del grupo machista habría tanto hombres como mujeres, pues las ideologías no entienden de género. Es por ello que en la lucha por la igualdad necesitamos mujeres, y en la misma medida hombres, comprometidos con la causa, que entiendan que en la liberación de las cadenas del machismo también nos va nuestra liberación de las cargas del «macho».

Necesitamos chicos feministas, que pierdan el miedo a ser llamados por ello femeninos. Decía que la clase, o la sociedad, debería partirse en dos, y quizás esto sonase muy fuerte, pero no de otro modo se puede vencer al terrorismo. Igual que al final de los noventa toda la sociedad vasca salió a la calle y dijo «no» a la vía armada, cualesquiera que fuesen sus fines, aislando con ello a los violentos, del mismo modo, la sociedad en su conjunto debe aislar a los hombres y mujeres machistas, dejar de reír sus gracietas, sus gestos de colegueo, sus guiños de amor romántico. Sólo así, desde la base, implicando a la sociedad en su conjunto en la lucha contra el machismo, conseguiremos acabar con la lacra de la violencia de género.

La segunda crítica que lanzó el avispado alumno era un dardo al corazón mismo de la asignatura. Su argumento sostenía que no es necesaria la educación en valores. Esta idea la fundamentaba en un determinismo ciego: quien ha sido educado a priori, en su casa, desde la infancia, con unos valores (y sobre todo, con un ejemplo diario) machistas, no va a cambiar por cuatro lecciones del profesor de turno. Asimismo, por suerte, quien hubiera sido educado por su familia y su entorno con unos valores igualitarios, tampoco sucumbiría a la tentación machista si, pongamos por caso, nuestro sistema educativo aleccionase en la superioridad del hombre sobre la mujer. Ergo, mi asignatura no vale para nada: mejor dedicar esa hora a más inglés o más conocimientos técnicos.

Dejando a un lado el hecho de que la primera y la segunda crítica son contradictorias entre sí (si educar en valores es innecesario, pues no tiene ningún impacto en el alumnado, entonces no puede ser contraproducente), lo cierto es que su segunda crítica revela un pensamiento bastante extendido estos días, a saber: que lo importante en educación son los conocimientos prácticos. Supongamos que, siguiendo esa línea, entramos al juego de las estadísticas, los grandes números y cifras en el que nos tiene embebidos la OCDE (a saber quién le otorgó semejante prestigio para convertirse en la máxima autoridad del éxito de la educación, o si quizás se arrogó el privilegio y todos le seguimos sin rechistar). Supongamos también que la asignatura que yo imparto, «Valores Éticos» mostrase un índice de fracaso escolar del 99% (entendiendo por «fracaso escolar» un absoluto desaprovechamiento de los recursos invertidos –nótese el lenguaje deliberadamente economicista). Pues bien, aun en ese caso, habrá merecido la pena. Si uno sólo de los alumnos o alumnas ha conseguido, a través del contenido de esta asignatura, subvertir los valores machistas con los que posiblemente venía de casa, habrá merecido la pena, pues quizás con ello se habrá salvado una vida.

Francisco Javier Rubio es socio de Valencia Laica

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