Días de hipocresía

No deja de ser desconcertante la aparente facilidad con que los españoles congeniamos actitudes completamente contrapuestas frente a la religión católica.Por un lado, pretendemos expulsar de nuestros usos y costumbres cualquier tipo de influencia religiosa, quebrantando para ello y sin ningún rubor, las firmes directrices de la Iglesia en no pocos asuntos (matrimonio, aborto, educación…) y por otro lado, nos mostramos, en ocasiones puntuales, como los más fervorosos creyentes, los devotos más incombustibles y los cristianos más fundamentalistas, al punto de dar la impresión de que aún continuamos siendo la reserva espiritual de Occidente.

Quizá sea la Semana Santa el momento cumbre de ésta mutación, pasamos, en cuestión de horas, de "Dr. Jekyll" a "Mr. Hyde" (o viceversa, eso lo dejo a gusto del lector) y durante siete días dejamos de lado nuestra habitual repulsa por lo sagrado para rememorar el agitado final de Jesucristo con la misma emoción que si fuese uno de nuestra familia. Podría argumentarse, en contra de esta afirmación, el hecho de que estamos en un país libre y, por tanto, es perfectamente coherente que los ciudadanos católicos celebren a su manera la Pasión de Cristo, pero lo que no resulta tan congruente es que el número de "participantes" en éstas ceremonias religiosas supere con mucho al de los que habitualmente ejercen de "católicos practicantes" y que el seguimiento mediático de estos acontecimientos sea masivo, en "prime time" y con la misma categoría de los acontecimientos deportivos (Canal Sur publicita su programa "La Pasión según Canal Sur radio", lamentando el hecho imposible de no haber podido tener un reportero "in situ" para captar el "ambiente" de los aledaños del Calvario) en lugar de estar limitado, como sería de esperar, a la COPE y poco más. Pero, con todo, lo más asombroso es que los mismos políticos que defienden a capa y espada la laicidad del Estado, los mismos que se oponen a que la religión se enseñe en las escuelas y los mismos que ofician de "párrocos" en las ceremonias matrimoniales de personas del mismo sexo, son los que, bastón en mano, presiden con solemnidad los desfiles procesionales de las cofradías de las que, en no pocas ocasiones, son hermanos distinguidos.

No se me ocurre mejor explicación para tan extraño fenómeno que la de considerar que la hipocresía corre, en estos días, por nuestras calles con tanta prodigalidad como la religiosidad. No sería justo, sin embargo, denunciar el fariseísmo en una sola dirección, esto es, en la de los que manifiestan un sentimiento religioso que sus actos contradicen, sino que mucha culpa de la existencia de este "show business" cuyos protagonistas estelares son las imágenes de cristos y vírgenes, la tiene la propia Iglesia que ya en el concilio de Trento consintió la representación iconográfica de lo sagrado como "una forma de hacer llegar las verdades de la fe al pueblo iletrado". Uno se extraña de que los verdaderos cristianos no reivindiquen el espíritu revolucionario de Jesucristo, el mismo que prendó a Martín Lutero y le hizo, escandalizado ante los chanchullos que los eclesiásticos se traían con las indulgencias, colgar en la puerta de la capilla del castillo de Wittenberg las noventa y cinco tesis en las que argumentaba su rechazo a la manipulación de los fieles por el "establishment" católico. Lutero preconizaba una religión sin intermediarios, sin imágenes ni bullicios, un diálogo íntimo entre Dios y el creyente que presumo más sincero y provechoso que los aparatosos golpes de pecho que provocan los pasos.

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