Del marxismo y el heliocentrismo… líbranos Señor

Oigo en Radio Euskadi que los vascos debemos estar felices porque el nuevo pontífice es un jesuita, un descendiente de la Compañía fundada por Ignacio de Loiola

A Francisco le enturbia su pasado. Nubarrones de cierta connivencia con la dictadura militar, que dio el golpe de Estado de 1976, se ciernen en torno a su figura.

El mio caro tocayo Federico Lombardi, portavoz del Vaticano, ha salido al paso de los rumores: «son acusaciones infundadas que proceden de la izquierda anticlerical». Es decir que las acusaciones no provienen ni de la derecha anticlerical ni de la izquierda pro clerical. Hay que ver qué jodidamente retorcidos resultan los de la izquierda anticlerical que acusan a la jerarquía eclesiástica argentina de mirar para otro lado con el tema de los desaparecidos. ¿Acaso no eran sacerdotes los que acompañaban reconfortando las almas de los cuerpos que iban a ser arrojados al mar desde las bodegas de aviones de las fuerzas aéreas? No hay duda de que salvaron cientos de almas que de otro modo a día de hoy estarían ardiendo en el infierno. ¿Quién daba alivio a los prisioneros en el ínterin entre interrogatorio e interrogatorio en la Escuela Mecánica de la Armada? Unos médicos vigilaban que los cuerpos de los interrogados no se quebrasen antes de tiempo, pero ¿y de las almas de esos pecadores? ¿no eran acaso los asotanados quienes procuraban de los condenados un último intento, de salvar el alma mediante confesión?

En acta de reunión de 15/IX/ 1976 que la Junta Militar mantuvo con la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina al objeto de aclarar la posición de la Iglesia, los Obispos dicen ser conscientes «que un fracaso llevaría, con mucha probabilidad, al marxismo, y, por lo mismo, acompañamos el actual proceso de re-organización del País emprendido y encabezado por las Fuerzas Armadas, lo acompañamos con comprensión, a su tiempo con adhesión y aceptación». No acabaron de «re-organizar» el país del todo; alguno se les escapó y son, precisamente, esos que por el bien de la reorganización debieran de haber sido desaparecidos, quienes, ahora, pretenden manchar el nombre del bueno de Bergoglio. Con los marxistas pasa como con los piojos, son duros de matar, no basta con exterminar a los adultos, pues, si no das cuenta de las liendres, estas no tardarán en eclosionar, encontrándonos con el mismo problema.

Oigo en Radio Euskadi que los vascos debemos estar felices porque el nuevo pontífice es un jesuita, un descendiente de la Compañía fundada por Ignacio de Loiola, al que el 20 de mayo de 1521, un obús de cañón disparado por un nabarro con poca fortuna que sólo partió las piernas del amigo de los castellanos. ¡Qué suerte, un jesuita! Como el inquisidor Roberto Belarmino apodado «el martillo de herejes», obispo y cardenal como Bergoglio, que mandó quemar vivo a un Giordano Bruno empecinado en hablar de la infinitud del Universo y, luego, hizo retractarse del heliocentrismo a Galileo Galilei.

El Papa jesuita también se enfrentó al gobierno de Cristina Fernández por la ley de matrimonio homesexual. «Una guerra de Dios», la denominó.

No jodás pibe, de nuevo otro boludo.

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