De ortodoxos y olé

Leo en el semanario israelí Aurora que “cinco ultraortodoxos atacaron a una mujer de su comunidad religiosa y a un soldado por negarse a sentarse en asientos separados en un autobús que se dirigía a las afueras de Jerusalén”.

Advierto también, leyendo los comentarios enviados por los lectores, una santa indignación por el hecho. Mas, oh desocupados lectores, que diría el gran Cervantes, vive dios –y reconózcanme apropiada la expresión en Jerusalén, aunque no sepa muy bien cuál en este momento- que en absoluto os asiste la Verdad, y que no hay razón para rasgarse las vestiduras, máxime teniendo en cuenta que entre ustedes también hay damas, y al rasgarlas podría, indebidamente, asomar algo.

Es sin duda la Verdad la que asiste a los ultras cuando “empujaron e insultaron, así como al soldado que estaba a su lado”, y celestial es su coherencia cuando, deduciendo consecuencias, algo que ustedes no hacen, exigen “a la compañía de autobuses que abra líneas donde las mujeres y los hombres se sienten por separado”. Reparen ustedes, además, en lo poético de la petición, pues de esa separación caben lecturas diversas, y por tanto diversas líneas de actuación. Hete aquí algunas de ellas: ¿no se podrían amontonar a los hombres delante y a las mujeres detrás? ¿no se podría meter a todo el rebaño masculino dentro y mandar a todas mujeres fuera, al techo, por ejemplo? O mejor aún: ¿no se podrían poner unos autobuses masculinos y otros femeninos, que incluso circularan por rutas distintas y a horarios diversos?

La distinción en los autobuses cabría ser acentuada con nuevas medidas que no dejaran duda alguna al respecto: los femeninos podrían llevar cinco ruedas, mientras los masculinos ocho; o bien llevar todas las ruedas de un solo lado los de ellas, mientras se mantiene la actual mecánica equitativa en los de ellos; y, desde luego –sobre esto no hay discusión-, pintarse de verde, el color de Hamás y de Alá, los de las mujeres, pues seres tan impuros sólo pueden ser obra de un dios rival; los autobuses ultras, u ortodoxos, como también cabría denominarlos, irían en cambio pintados de otro color, más sobrio, o de negro-negro sin más, si se desea que vayan a tono con el alma de sus pasajeros (¡imaginemos su felicidad y contentamiento, y el de Hegel de paso, comprobando la veracidad de su tesis de que todo contenido tiene su específica forma! Seguro que ustedes, pérfidos lectores, están ya arrobados ante el espectáculo).

Yo, si me dejan darles mi opinión, optaría por esta última modalidad autobusera, la única segura a mi entender. Porque, vamos a ver, si se deja la situación como está, no hay salvación posible. Lo satánico de la misma es que, sentándose juntos –vértigo me da escribirlo-, nada menos que juntos -como quien dice, ella en un asiento y yo en el de al lado-, todo es posible: podrían, es otro ejemplo, rozarse las etiquetas de los vestidos si, en negligente descuido, los compradores olvidaron quitarlas de las prendas: ¡y ya está! Allí se perdió Roma, perdón, Jerusalén, porque una vez saltan chispas ya no hay quien detenga el incendio, pues todos sabemos hasta dónde se puede llegar cuando el cartoncito de ella y el cartoncito de él se tocan, por inadvertidamente que lo hagan.

El peligro no acaba ahí, no se hagan ilusiones. Que es que las chispas se buscan cualquier excusa para saltar. Otro ejemplo: imaginen, aunque se condenen al hacerlo, que una mujer –otra, para que no sea la misma la que viva siempre tan truculentas experiencias- se siente en un asiento hace poco ocupado por un hombre, del que se desprenda un cierto calor; y que éste, en lugar de viajar por la fría atmósfera para formar vapor de agua, sí forme vapor de agua, pero mediante otras reacciones: las que experimenta la infeliz pasajera cuando el aguerrido calor, al atacarla con alevosía aunque sin premeditación por la espalda, provoca en ella otro calor aún más intenso: pero involuntario, por supuesto. Aquí, antes de proseguir, cabe una salvedad: quizá la pasajera -también es casualidad, pero por qué no, sea Larisa Trimbobler, la esposa de Igal Amir, el asesino de Isaac Rabin, o una se su cuerda ideológica- sea también ultra, y entonces el calor, que quizá ya llevaba allí su tiempo anhelando femeninas posaderas, se extinga de aburrimiento antes de poder atravesar la tienda de ropa que suelen llevar puesta.

Ahora bien, ¿y si no es así, sino normal, una criatura de Alá más, según se dijo? Que va vestida con su faldita y -¡los tres dioses únicos no lo quieran!- su tanga. ¿Qué no sucederá cuando el calor se arremoline en las zonas prohibidas y produzca, si no un nuevo recalentamiento del planeta, sí al menos un soliviantarse de los muslos y demás productos de la región? ¡Imagínenla allí mismo, delante de un sinfín de narices ortodoxas, entrando en trance! Y repito: ante los mismísimos ortodoxos, encarnación de dios en la tierra, que sin duda tomarán el arrebato por lo que es: pura y desleal competencia mística.

O sea, y en conclusión, que para evitar esas y otras posibilidades, mejor autobuses separados. De ese modo, al menos evitaremos nuevas lecciones de esa tolerancia sui generis con la que tan celestiales sujetos sazonan sus horas terrenales.

Mucho me temo, con todo, que la cosa no acabe ahí. Pues mucho me temo que grey semejante no arruine sólo a Gillette and companies, sino la entera convivencia. Son la misma bestia de la intolerancia desatada sobre las vidas de los demás impidiendo que los demás, aun respetuosamente, podamos llevar un modo de vida acorde a nuestras convicciones y creencias, la misma a la que cabalmente se dirige quien no está en sus cabales, como la esposa antes mencionada, cuando justifica el magnicidio heroificando al criminal con frases como la de que “se sacrificó por su pueblo”, y que puntualmente cada año por estas fechas pide la absolución del delincuente, el olvido de un crimen que se jactó de cometer, del que jamás se ha arrepentido, y para el que no debe haber, nunca, perdón.

Son esos seguidores de la ley de dios, que ejercen su apostolado obedeciendo ciegamente las iluminadas palabras de sus sórdidos rabinos, y que ensucian al judaísmo y al Estado que los representa guiándose por la máxima de que el fin justifica los medios, vale decir, de nuevo como émulos de preclaros estadistas del pasado, tanto de Occidente como de Oriente, al que quizá alguno de ellos invoque en secreto, en pleno aquelarre de sus plegarias; son ellos, digo, el verdadero caballo de Troya que Israel tiene para convivir en democracia: una amenaza similar a la representada para su simple existencia presente por ese pirata iraní que gusta de mapas con ciertas partes en blanco, o por el galopante desequilibrio demográfico en relación con los palestinos en particular, y con los árabes en general, para su simple existencia futura. Son los mismos que, por un simple error de sintaxis, sacrifican a su pueblo cuando afirman sacrificarse por él; en efecto, podían haberse sacrificado, pero de verdad, aunque sólo por sí mismos; o, puesto que nadie les pidió tamaña gesta, no haberse sacrificado en absoluto, pese al sacrificio que eso representa para los demás.

Pero ya que hablamos de sacrificios y de héroes, quizá si hay algo que lamentar en esto, es que el ejemplo no cunda y que el heroísmo no haya sido llevado hasta el final. Personalmente les incito, pues, a un sacrificio colectivo, pero como dios manda. O sea, no ajeno, sino propio.

Eso sí, por una sola vez y sin que sirva de precedente.

 

REPRODUCIÓN DE LOS TEXTOS PUBLICADOS EN AURORA

 

Ortodoxos golpearon a una mujer en un autobús por no querer cambiar de asiento

Cinco ultraortodoxos atacaron a una mujer de su comunidad religiosa y a un soldado por negarse a sentarse en asientos separados en un autobús que se dirigía a las afueras de Jerusalén.

El incidente se produjo cuando los cinco ultraortodoxos pidieron a la mujer que cambiara de asiento, pues estaba sentada junto a un hombre, a lo que ella se negó según explicó el portavoz policial, Micky Rosenfeld.

Entonces, los hombres la sacudieron, empujaron e insultaron, así como al soldado que estaba a su lado, aunque ninguno sufrió heridas que precisaran atención médica.

Cuando el vehículo llegó a su destino, la localidad de Beit Shemesh, al oeste de Jerusalén, entre cuarenta y cincuenta ultraortodoxos increparon a los agentes de Policía que allí se habían desplazado e incluso pincharon algunas ruedas de sus coches.

Aunque Beit Shemesh no es una ciudad de mayoría ultraortodoxa, los miembros de esta comunidad han protagonizado diversos incidentes para pedir a la compañía de autobuses que abra líneas donde las mujeres y los hombres se sienten por separado.

Muestran un video en el que Igal Amir no se arrepiente de haber matado a Rabin

Igal Amir, el asesino del ex primer ministro Itzjak Rabin, aparece en un vídeo en el que el que dice no sentir ningún tipo de arrepentimiento de su crimen, en vísperas de que se cumpla el aniversario del magnicidio.

"Decidí matarlo y no me arrepiento de ello", afirmó serenamente Amir durante el interrogatorio policial que siguió a su arresto hace unos 12 años.

El inspector de Policía encargado del caso le entregó a la hija de Rabin, Dalia, la cinta con las declaraciones del asesino. Se trata de la primera vez que se hace pública la confesión de Amir desde el asesinato de Rabin a manos del entonces estudiante de abogacía, el 4 de noviembre de 1995, cuando el primer ministro comparecía en un mitin público a favor de la paz con los palestinos.

Por otra parte, la esposa de Amir, Larisa Trimbobler, quien se encuentra en estado avanzado de embarazo, declaró que piensa explicar a su futuro hijo que su padre "se sacrificó por su pueblo".

Amir, quien cumple cadena perpetua en prisión, no ha sido autorizado por el Servicio de Prisiones de Israel a participar en la ceremonia de circuncisión de su futuro hijo, o a que ésta se pueda celebrar en la cárcel de Rimonim, donde cumple su pena.

Además, se ha conocido que los seguidores de Amir, del ala ultranacionalista y que rechazan cualquier tipo de acercamiento a los palestinos, han lanzado una campaña en la que piden que se exonere su pena y salga de prisión.

"Estoy contenta de que la gente haya tenido el coraje de enfrentarse al lavado de cerebro", declaró Trimbobler  al referirse a lo que calificó de campaña por la que "una generación entera ha crecido en los colegios educada con mentiras" sobre su esposo y los sucesos que envuelven a la muerte de Rabin.

Trimbobler, inmigrante de la ex Unión Soviética y Amir se casaron por intermediarios pues el Servicio de Prisiones les prohibió la celebración de la ceremonia de la boda en la prisión.

En una encuesta publicada recientemente por el diario "Maariv" se recogía que el 26 por ciento de los israelíes está a favor de que Amir reciba un indulto cuando cumpla veinte años en prisión, mientras que el 59 por ciento considera, por el contrario, que debe terminar sus días en la cárcel.

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