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Curas bailongos

Estaba paseándome por las redes sociales cuando, de pronto, apareció un cura bailando. El tipo se cimbreaba mientras enseñaba a hacer el signo de la cruz. Joder con el catecismo. “Un trastornado”, pensé. “Peor, un farsante, un impostor luciferino”. ¡Malandrín! No quedaba otra: me puse mi gorra orejera y encendí la pipa de investigar. Estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto.

No hay palabras para describir el horror que encontré. Monjas octogenarias hablando con voz de pitufo, hipsters ensotanados tocando la guitarrita, frailes maquillados, clérigos haciendo retos de TikTok. Exhausto, creyendo haberlo visto todo, me topé con un dominico que bailoteaba agitando la capa del hábito. ¡Los fulanos encargados de la inquisición meneando las caderas!

Me santigüé y bajé a por las sales. Qué sofoco, qué irritación. ¿Cuándo renunciamos al martillo de herejes y nos convertimos en una cueva de rumberos? Pedí papel y pluma y escribí, con mi mejor caligrafía cancilleresca, una carta a la nunciatura apostólica. “Beatísimo padre, ignoro si su excelencia estará al tanto de la depravación que asola el clero. Perrean, se agitan y, para colmo de iniquidades, son cursis y ridículos. Adjunto un informe detallado para que lo remita al Santo Oficio. Suyo, afectísimo,…”.

Con la conciencia tranquila y el ánimo sosegado, seguí a mis cosas. Unas semanas más tarde, un heraldo trajo la respuesta. “Amadísimo hermano: lamento comunicarle que ya no existe ese tribunal”. ¡Cómo! ¿Ya no tenemos Inquisición? Eso lo explicaba todo. Sin miedo no hay fe, ya lo decía el monje homicida de El nombre de la rosa. Dejas de chamuscar apóstatas y el personal empieza a tutear a Dios Altísimo. ¿Dónde quedó la gravitas y el santo temor a las llamas perpetuas, donde solo hay llanto y rechinar de dientes? Ese era el catolicismo bueno, el de las certezas y las cruzadas.

Si le quitas la solemnidad y el misterio, la Iglesia católica se te queda en los abusos sexuales, el desfalco de capitales y los comedores sociales

La catástrofe viene de lejos. Hace unos años, en misa, vi a un cura orondo agitar la hostia tras la consagración. “Este es Dios”, decía, mientras zarandeaba la oblea, “hecho pan por nosotros”. Mire, no, disculpe: al Dios de los ejércitos no se le puede sacudir por los aires, así que permítame que dude. ¡O lo uno, o lo otro! La mundanización de las costumbres le está viniendo fatal a la una, santa y católica. Puedo (si me empeño) aceptar que una divinidad perfecta y eterna se haya, por motivos insondables, encarnado entre nosotros para redimirnos; y que haya dispuesto sacramentos que, mediante gestos oscuros y palabras enigmáticas, nos permitan relacionarnos con ella. Puedo creerlo, digo, hasta que se canta el primer kumbayá.

Si le quitas la solemnidad y el misterio, la Iglesia católica se te queda en los abusos sexuales, el desfalco de capitales y los comedores sociales. Uno escucha una misa de réquiem comme il faut y puede quedar persuadido, al menos por un rato, de la inmortalidad del alma. No digo que vayamos a resucitar, ¡pero podemos fantasear con ello! Ahora bien, te viene un frailecillo bailongo y ves abrirse ante ti el abismo del sinsentido.

No me atreveré yo, un hereje medio descreído, a dar instrucciones a los venerables pastores del pueblo santo de Dios, pero sería precioso, aunque fuese como gira de despedida, un discretito auto de fe. Apenas una fogatilla, siquiera muy grande, y quitarles el polvo a unos cuantos sambenitos. Una soirée extraordinaria. ¡Una gran atracción turística!

Quedaría espléndido en las redes sociales. Un trending topic de esos.

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