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¿Cuánta ignominia puede soportar la educación pública?

Recientemente hemos venido sufriendo el enésimo ejercicio de mercadeo político a cuenta de la educación pública en nuestra Región de Murcia por “la loable” razón de mantenerse, algunos, en el poder político.

Pero partamos de la intención del título y es que, para hacer la pregunta debida es necesario entender tanto el horizonte como lo límites de la misma. Pues en el arte de preguntar se encuentra implícito el escuchar y poner al descubierto la verdadera fuerza de su respuesta. Una buena pregunta no se lanza para tener razón, sino para encontrar y llegar al logos (conocimiento). Sócrates fue de los primeros en darse cuenta de ello.

La pregunta debe nacer del asombro y estarán ustedes que algo asombrados nos encontremos, sobremanera los que nos dedicamos a la docencia, desde lo público. Extrañeza… de quien no puede someterse más, pues… ¿qué queremos ser? Todos sabemos o deberíamos saber que la escuela transmite y transforma, problema y solución, a la postre, de todo lo que venimos a tratar. De ahí, que el supuesto interés por parte de sectores conservadores políticos de nuestra cultura con propuesta (léase “pin parental”) para acabar con el adoctrinamiento en la escuela no sea más que la excusa para terminar consiguiendo que prevalezcan sus propias doctrinas.

Pero la educación no puede ser tratada como algo instrumental o con meros fines extrínsecos. Su valor está en sí misma. Lo que viene a significar que tiene un valor moral y, por ende, perspectiva ética, redundando en lo anteriormente señalado. Lo que la hace, si cabe más… sospechosa. Pero, ¿sospechosa de qué? Ya dio algo de luz Platón en su carta VII y parafraseando: “Solo a partir de la educación es posible distinguir lo que es justo, tanto en el terreno de la vida pública como en la privada”. Pues a pocos profesionales de la educación se nos escapa que las posiciones conservadoras son las que van tomando protagonismo en nuestra institución pública. Y no debemos asumir que nuestro laborar trate sobre ello, de una ideología u otra, sino que nuestro trabajo está suficientemente motivado y con sentido propio como para no tener que andar con prebendas de intercambios ideológicos.

Por ello, no podemos callar, pues la escuela pública es el lugar donde se vive y se habla de democracia, donde se defienden los derechos humanos y que conlleva dignificación de las personas, justicia social, respeto y tolerancia a lo diferente y por supuesto igualdad. Lugar donde pueden generarse espacios para el debate y la libre confrontación de ideas con el fin de que nuestro alumnado pueda formar su propio juicio crítico y donde todos/as tengan su oportunidad para ser… Ser lo que quieran ser. Base y sustento de todo sistema democrático. Y es que una educación crítica con su entorno, reflexiva y comprometida es justamente lo contrario del adoctrinamiento. Y nos refuerza como ser docentes.

El lenguaje hace y Wittgenstein sabía de ello cuando afirmaba que lo importante son los usos e intenciones y de intenciones ellos saben, así como de adueñarse desde determinados sectores ideológicos de un lenguaje donde poner bajo sospecha nuestro trabajo, adueñándose de unos términos, así como de unos contenidos que ni se ajustan a la realidad y mucho menos se aproximan a la verdad, pero han conseguido, como denunciaba Lakoff, que sigamos hablando del elefante que ellos quieren.

Mientras, la realidad en nuestros centros públicos es otra y vamos observando, no sin rubor, como se han ido sometiendo y ha ido penetrando un fundamentalismo individual y competitivo, junto a trabas cada vez mayores que se le pone a todo docente, que, con pocas ganas y algún que otro miedo o preocupación, tratan en sus clases valores por la igualdad de género o afectivo-sexual que vienen recogida y exigida por Ley. Y no es casualidad que esto ocurra cuando más recortes sociales se están dando, aumento de la pobreza y desigualdad social, y la escuela pública pierde poder económico en favor de la escuela privada-concertada. Hablamos de un modelo, cada vez menos soterrado, menos disimulado y más declarado.

Anunciaba Bauman, tiempos líquidos, acelerados y sobreexpuestos a la inmediatez, faltos de rigor y nula crítica reflexiva, imposible así conocer y vivir la realidad. Tiempos de desmemoria, añado y estupidez supina, dictadura de la ignorancia, donde lo único que prevalece es una sobrevalorada tecnocracia instrumental que viene a conformar “la nueva escuela”, la pseudo-educación del esfuerzo individual y del trabajo infinito. Y no es que uno se posicione o esté en contra del esfuerzo como logro a transmitir y valorar desde la escuela, sino que de lo que se trata es evitar que Orfeo sea siervo de Prometeo y que el homo-faber tecnológico, domine al homo-sapiens erótico.

No, no puedo, no podemos soportar más ignominia ni aceptaremos nos tachen de adoctrinadores, por decir e intentar hacer lo que aquí presento. Pues ya toca empezar a definirnos como profesionales críticos, responsables, competentes y libres a la vez que comprometidos con la vida pública, la comunidad y la responsabilidad moral. Porque… ¿qué, otra cosa es la educación que política? Pero todos sabemos que mostrarnos como promotores de pensamiento, les preocupa y les ocupa. Porque en toda dictadura pensar es peligroso. Y si se nos acusa a unas maestras/os de adoctrinar es porque hablamos de cosas que son importantes.

Señalaba al principio que uno de los dos pilares fundamentales en los que se sustenta la escuela en el de transformar y ¿qué función transformadora cumple la escuela hoy? Que menos que liberar la imaginación para proponer y proponerse un mundo mejor, pero no es menos cierto y en relación al título que no solo el sistema educativo educa, la deriva se encuentra perfectamente conectada y entrelazada con las políticas sociales, económicas, urbanísticas y mediáticas. Y nosotros como jóvenes olvidadizos, negamos a Rousseau y huimos de la voluntad de poder que nos otorga nuestra digna profesión (EDUCAR). Pues… ¿es el “pin parental” el problema de nuestro sistema educativo? ¿No sería momento de priorizar cuestiones que den respuestas comprensibles, viables a los problemas de tantas docentes comprometidas y dejarse de falsos dilemas que no se dan? Qué lejos nos queda el maestro Don Gregorio, el de “Las lenguas de las mariposas” y que cercanos estamos de su final. Pues eso… cuánta ignominia.

José Turpín Saorín. Antropólogo y profesor asociado UMU. Profesor de Filosofía en el IES “Alquipir” de Cehegín (Murcia).

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