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Cuando la utopía es la familia, la raza o la nación

Zygmunt Bauman dice que estamos en la era de la nostalgia. Ya no buscamos esperanza en lo que pueda venir, ni soluciones que miren hacia el futuro. Volvemos la cabeza a un pasado, por fuerza, imaginado.

El discurso de la escritora Ana Iris Simón en la Moncloa ha tenido la virtud de abrir un debate. Eso sí, cuando se alaba a la familia mientras se dice que los inmigrantes están mejor en sus países y se reivindica la soberanía, el discurso tiene aroma reaccionario. Esta vez no ha sido distinto. Hoy resulta peligroso que determinadas izquierdas reproduzcan la crítica conservadora del capitalismo que hacen las extremas derechas.

El marco habitual en el tratamiento de estas cuestiones es el del “invierno demográfico”: “Estamos abocados a la catástrofe porque no tenemos suficientes hijos” –léase “nacionales”, claro, basta ver cómo tratamos a los niños que cruzan la frontera sur–. Las extremas derechas empujan estos argumentos natalistas más allá y culpan al aborto y al feminismo –responsable de que las mujeres no queramos tener hijos–, mientras relacionan migraciones con pérdida de “nuestros valores”, violencia, o directamente, invasiones. Esta es la marea de fondo. Lo que es importante aquí es que cuando oigamos “crisis demográfica”, sepamos que este ya es un marco netamente conservador. ¿Para quién es un problema que haya pocos niños –siempre “nuestros”–? ¿Para pagar las pensiones cuando tenemos un 40% de paro juvenil? Los problemas de fondo son mucho más complejos que las soluciones apuntadas en el discurso de Simón. 

No, no hay ninguna crisis demográfica, a menos que pienses que es un problema que sigan viniendo personas de fuera. Parece que algunas izquierdas reaccionarias se apuntan a esta tesis. Se dice que estarían mejor en sus países, pero la realidad es que están aquí. Han decidido migrar por algo. A menos que no te atrevas a expresar directamente que los inmigrantes “nos roban el trabajo” y necesites la cobertura de “qué duro es migrar” o del “tendrán que pagar las pensiones en sus países”. ¿Qué pensiones hay en la mayoría de los países de los que recibimos migraciones? ¿Cómo son las de Senegal, donde la esperanza de vida es más o menos la de nuestra edad de jubilación? Si queremos que aumente la natalidad hay que dejar entrar a más personas y reconocer más derechos y ofrecer mejores condiciones de vida, no legitimar su expulsión.

Lo que nos enseña la historia de las “crisis reproductivas” es que, en la práctica, habitualmente suponen una revalorización del papel de cuidadoras de las mujeres, algo que, de una u otra forma, siempre está inscrito en la familia, por más que intentemos evitarlo. Juntar “crisis demográfica”, migrantes, y mujeres en un mismo discurso también apunta precisamente al reforzamiento de dos formas de producir la estratificación del mercado de trabajo –de creación de mano obra barata– a partir del género y la raza u origen migratorio.

Nostalgia como emoción política

“Voy a ser muy clara” –dijo Simón–: “Me da envidia la vida que vivieron mis padres a mi edad”. Zygmunt Bauman dice que estamos en la era de la nostalgia, que está plagada de retrotopías. Ya no buscamos esperanza en lo que pueda venir, ni soluciones que miren hacia el futuro con los materiales que nos da el presente, si no que volvemos la cabeza al pasado, a un pasado siempre, por fuerza, imaginado. 

Pero la nostalgia es peligrosa, porque selecciona lo que quiere de ese pasado y se deja fuera lo que no encaja. La frase: “pueblo chico, infierno grande” recoge también realidades que no tienen nada que ver con la idealización de lo rural. La comunidad es la que cuida pero también puede ser la que controla –como sucede con la familia–. Y lo rural también ha sido y es trabajo de la tierra que todavía se realiza en condiciones muy duras. Hay realidades que se pueden idealizar desde la lejanía, pero que la gente escape de los pueblos no solo tiene que ver con que no hay trabajo, sino con que no hay otros tipos de trabajos. Y da igual cuantos hijos españoles tengamos, se van a seguir yendo de los pueblos en busca de cosas que no les van a poder dar los pueblos aunque se invierta en ellos.

Deberíamos de ser capaces de imaginar una mejor organización y subsidio del trabajo de cuidado que no reinscriba la identificación abrumadora entre mujer y cuidado 

No todo fue mejor en el pasado, sobre todo para las mujeres. Las expectativas de nuestras madres y abuelas –nacidas entre las primeras décadas del S.XXI y las revueltas feministas de los setenta– estaban centradas o eran empujadas al papel de buenas esposas y madres, lo demás era secundario. A muchas, el deseo encapsulado por los roles de género, la falta de derechos, la dependencia de los hombres, la represión sexual y vital que tuvieron que vivir no nos produce nada de envidia. Por cada historia de familia feliz en el pueblo –como la que Simón retrata en su libro Feria–, podemos encontrar por lo menos otra dura, terrible o triste –también con los niveles de violencia que la acompaña–, trabajo de sol a sol, odios enquistados y una sociedad modelada por el orden franquista y el exterminio que este supuso para las ideas de cambio de las jerarquías políticas, económicas o igualitarias. Utopías estas que sí miraban al futuro.

Rezar a un orden reproductivo del pasado

La familia es ambivalente, no es una institución neutra: todavía se sostiene sobre relaciones jerárquicas de subordinación de género-edad. Todavía es una institución que delega la mayor parte del trabajo de cuidados a las mujeres. Reforzar la familia hoy implica a pesar de todo, reforzar esa realidad persistente. Las enormes cifras de violencia machista o contra jóvenes y niños en su seno son un recordatorio de esa subordinación.

Por mucho que se intente, pues, no se puede hablar de familia sin recordar su papel en nuestro orden reproductivo. No dudo que haya mujeres que prefieren quedarse en casa cuidando. No somos nadie para decirles cómo tienen que vivir. Lo único que podemos hacer es intentar que las políticas, en vez de pensarse a partir de la unidad familiar, sean de carácter universal y estén destinadas a cada uno de sus miembros, para generar la máxima autonomía en su seno. La renta básica universal sería una propuesta de este estilo. Pero hay cosas más inmediatas como que el IMV tendría que estar destinado a los individuos, no a la unidad familiar. ¿Qué piensan, que las familias son democráticas y lo que llega se reparte de forma equitativa? Por supuesto, las desgravaciones fiscales tampoco deberían estar asignadas por unidad matrimonial, serían mejor ayudas directas por hijo a cargo –las rentas más bajas no hacen declaración de renta– u otras de carácter más igualitario ya que cada vez hay menos personas casadas y más familias monomarentales. Creo que deberíamos de ser capaces de imaginar una mejor organización y subsidio del trabajo de cuidado que no reinscriba la identificación abrumadora entre mujer y cuidado y que no valorice a la familia como la forma institucional exclusiva en la que debe tener lugar.

En algo sí tiene razón Simón, los nacidos antes de los setenta en España han tenido mejores expectativas que sus hijos, y a partir de ahí, aunque en oleadas, todo ha empeorado para los nacidos después. Eso dificulta a los jóvenes fundar una familia propia y produce una relación de dependencia generacional que refuerza el papel disciplinador de los padres sobre sus hijos. La consecuencia es que en realidad las familias cobren más importancia –las propiedades con las que se cuenta, la herencia o cuánto están dispuestos a ayudarte tus padres–. Traté de explicarlo en una serie de artículos previos. Sin una redistribución completa de los ingresos, y en el contexto de una creciente desigualdad, todos estamos siendo empujados hacia estas formas familiares de subordinación. Como dice Sophie Lewis, la familia es al mismo tiempo “una fábrica antiqueer o anti formas de vida alternativas destinada a producir trabajadores, plagada de asimetrías de poder y violencia, y casi la única fuente de amor, cuidado y protección contra el brutalización del mercado, el trabajo o de experiencias como la del racismo”. La familia puede ser al mismo tiempo fuente de felicidad y de infelicidad –también para los hombres– y se resiste al análisis porque nos conforma y nos atraviesa completamente.

Así, para quitar el peso en la familia, para liberarnos de la familia como obligación y abrir paso a la familia como deseo, o incluso a la posibilidad de otras formas de vinculación que no pasen por la genética es necesario un gasto público generoso y explícitamente redistributivo –y hacer frente al problema de la vivienda–. No para reafirmar la familia, sino para disolverla. Ese gasto redistributivo de carácter universalista debería empezar por quitarle peso a la herencia, es decir por gravarla mucho más. Parece casi tabú decir esto hoy, precisamente cuando muchos cuentan con ella para su propio bienestar, pero desde el punto de vista de una sociedad igualitaria es ineludible abordarlo. Sin herencia, o sin políticas estatales, la familia sería otra cosa: menos fuerte, pero más libre, menos fundamental para la reproducción de las clases sociales. 

Los conservadores lo saben y apuestan por ella, por su papel en el mantenimiento de un orden dado de relaciones económicas y subjetivas que implica preservar privilegios económicos, de género y de raza/origen. Este orden es el de la nación. Mientras, las izquierdas conservadoras carecen de alternativa. En el fondo expresan que lo que está mal no es que el capitalismo genere y alimente todo tipo de desigualdades, sino que amenaza un orden del pasado: a la familia, la nación o la comunidad –donde al parecer esas desigualdades no eran relevantes–. Creen ilusoriamente que luchar por la preservación de esas instituciones es resistir al capitalismo y renuncian, mientras tanto, a pelear por destruir las jerarquías que se derivan hoy de la configuración de esas mismas instituciones. Se niegan a luchar por destruir las desigualdades de género o la falta de derechos de los migrantes a cambio de las migajas que les reportarán esos privilegios de género, raza o nacionalidad.

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