Contradicciones evangélicas relacionadas con Jesús

2.3. Contradicciones evangélicas relacionadas con Jesús.

2.3.1. En los evangelios se argumenta que Jesús fue hijo de Dios porque fue hijo de José, pero a la vez se niega que Jesús fuera hijo de José.

Se trata de otro ejemplo de contradicción, de ésas a las que los dirigentes católicos llaman “misterios”.

Dice el evangelio atribuido a Mateo que Jesús era hijo de Dios porque, tras analizar su ascendencia de manera exhaustiva, pudo concluir en que ésta, comenzando por José, el esposo de María, se remontaba hasta Abraham. Aunque el argumento no era concluyente por cerrar las bases argumentativas en Abraham, parece fácil suponer que quien lo escribió utilizó como premisa implícita la de que Abraham era hijo de Adán y como Adán era hijo de Dios, Jesús era hijo de Dios. De manera que Jesús era hijo de Dios porque era hijo de José. Así lo dice –o parece decirlo- este evangelio, que, tras enumerar a toda una serie de descendientes de Abraham, finalmente dice:

“Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías”1.

Lo curioso del caso es que, después de haberse servido de José para demostrar que Jesús era hijo de Dios, casi a continuación en este mismo evangelio se diga que María

“había concebido por la acción del Espíritu Santo”2.

Así que, si lo que quería quien escribió este relato era demostrar que Jesús era hijo de Dios, podía haberse ahorrado esta contradicción de afirmar primero y de negar después que Jesús fuera hijo de José, quedándose o bien con el argumento de que Jesús era hijo de Dios porque su ascendencia, pasando por José, se remontaba hasta Abra-ham, y éste era descendiente de Adán, el cual era hijo de Dios, o bien con el de que era hijo de María, que le había concebido “por la acción del Espíritu Santo”. Así que lo más grave de este planteamiento es precisamente que la afirmación simultánea de esos dos argumentos determina la aparición de una nueva contradicción, ya que cada uno de ellos es incompatible con el otro. Es decir, si Jesús era hijo de Dios por ser hijo de José, que era hijo de Abraham, que era hijo de Dios, entonces no tenía sentido considerar que fuera hijo de Dios porque María lo hubiera concebido por obra del Espíritu Santo, mientras que, si era hijo de Dios por este último motivo, entonces no tenía sentido devaluar “la labor” del Espíritu Santo, añadiendo a ella la que se relacionaba con su ascendencia hasta Abraham a partir de la línea “paterna” representada por José. Además, mediante esta última demostración, todos seríamos tan hijos de Dios o más que el propio Jesús.

El evangelio atribuido a Lucas incurre en la misma contradicción en cuanto, por una parte, afirma que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y, por otra, lo considera igualmente como si fuera hijo de José y en la exposición de su genealogía se remonta desde José hasta Dios.

En efecto, por lo que se refiere a la primera tesis y según dice este evangelio, el ángel Gabriel le dice a María que concebirá a un hijo y ella le responde:

“¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”3.

Y entonces Gabriel le responde:

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios”4

Pero, por otra parte, el escritor de ese relato dice que Jesús “en opinión de la gente era hijo de José” y, según parece, concedió una importancia especial a esta opinión de “la gente”, pues a continuación y tomándola en cuenta, enumera la ascendencia de Jesús a partir de José, para remontarse en esta ocasión hasta el mismo Adán, que era hijo de Dios, por lo que Jesús también lo era. En efecto, escribe en este sentido:

“en opinión de la gente, [Jesús] era hijo de José. Estos eran sus ascendientes: Helí, Matat, Leví […] Set, Adán, y Dios”5.

Pero, ¡oh, curioso y anecdótico misterio!, a pesar de que, según los dirigentes católicos, los evangelios están inspirados por el mismo Dios, ninguno de los diez ascendientes más próximos a José que aparecen en la lista de Lucas coincide con los de la del evangelio de Mateo.   

Por su parte, el evangelio atribuido a Marcos no dice nada relacionado con el nacimiento ni con la ascendencia de Jesús: Simplemente afirma que era “Hijo de Dios”6. Y el evangelio de Juan tampoco dice nada acerca de los orígenes de Jesús.

Parece que Mateo y Lucas –o quienes escribieron los evangelios que se les atribuyen- estaban tan interesados en demostrar que Jesús era el Hijo de Dios que, con tal de acumular pruebas, no les importó contradecirse –cada uno en su propio escrito-, afirmando la paternidad de José respecto a Jesús cuando quisieron utilizar el argumento basado en la ascendencia humana de Jesús para llegar hasta el propio Dios, y negando de forma implícita tal paternidad cuando quisieron utilizar el argumento de que Jesús fue engendrado directamente por el Espíritu Santo.

Por otra parte, la prueba basada en la ascendencia de Jesús resulta extremadamente machista en cuanto ni a Mateo ni a Lucas se les ocurrió buscar los ascendientes de Jesús por línea materna sino sólo por la paterna. Pero, ¿qué importancia podía tener esa línea paterna si José no hubiera sido realmente el padre de Jesús? Además, si lo hubiera sido y si para considerar a Jesús hijo de Dios tenían que remontarse hasta Adán, como hace Lucas, en tal caso nos encontraríamos ante una estúpida redundancia, en cuanto si la Biblia considera que toda la Humanidad desciende de Adán,

1) sería innecesario buscar ninguna línea de ascendientes para llegar hasta Adán;

2) todos los seres humanos podrían considerarse hijos de Dios en la misma medida que el propio Jesús, en cuanto todos serían descendientes de Adán, aunque desconocieran la línea ascendente que les llevase hasta él; y

3) teniendo en cuenta la genealogía de Jesús, los judíos y los testigos de Jehová podrían tener razón en calcular que el mundo fue creado hace menos de 6.000 años, y, por ello, sería lógico y coherente con sus planteamientos que negasen el largo proceso temporal que implica la teoría evolucionista. Así que una de dos: O bien la teoría del evolucionismo es falsa o bien son falsos los evangelios de Mateo y de Lucas cuando consideran que el mundo sólo tendría un pasado de 5.800 años aproximadamente. Por ello, quienes consideren que la teoría evolucionista es verdadera, tendrían que negar el valor de estos evangelios y quienes consideren que estos evangelios son verdaderos tendrían que negar el valor del evolucionismo. Pero que nadie se preocupe: Todo esto sólo será así en cuanto se acepte el valor del principio de contradicción en lugar de aceptar los misterios que los dirigentes católicos proclaman para ser creídos y no razonados, en cuanto ¡tales misterios están por encima de dicho principio!  

Por desgracia, lo más asombroso del caso no son las contradicciones tan patentes aquí mostradas -que todo el mundo podría comprobar con su propia capacidad de razonar-, lo más asombroso es la actitud de los ciegos que lo son no por otra causa sino por la de que no quieren ver o porque no les importan las mentiras que les cuenten con tal de que les resulten confortadoras.

Lo más lamentable de este argumento es que es contradictorio con las interpretaciones de los dirigentes cristianos según los cuales Jesús no fue hijo de José, en cuanto fue engendrado en María por el Espíritu Santo –sin petición previa de su consentimiento y sólo mediante un comunicado de lo que iba a sucederle-. Por ello, quienes escribieron los evangelios habrían tenido más fácil demostrar que Jesús era hijo de Dios si hubieran dicho que lo era porque el propio Dios lo había engendrado en María o porque María descendía de Adán y Adán era hijo de Dios, pero, al considerarlo hijo de José, niegan la labor del Espíritu Santo, y, al afirmar que fue engendrado por el Espíritu Santo, niegan la de José.

Pero, además, el hecho de que recurrieran a la genealogía de Jesús para llegar a Adán y a continuación a Dios para afirmar que Jesús era hijo de Dios implicaría además que Jesús habría tenido un comienzo temporal, que se habría iniciado en el momento en que fue engendrado, y no sería eterno como el “Padre”, lo cual representa una nueva contradicción en relación con el dogma católico de la eternidad del hijo de Dios, al que, por cierto, ni siquiera se nombra en el Antiguo Testamento donde no hay más Dios que Yahvé, mientras que los dirigentes católicos proclaman de modo contradictorio que el Hijo es tan Dios como el Padre y coeterno con él.

2.3.2. En los evangelios se niega de modo implícito que Jesús fuera Dios.

Por otra parte y a pesar de que los evangelios proclaman que Jesús era el Hijo de Dios, también lo niegan de manera implícita al considerar que fue un profeta, un enviado o un siervo de Dios, pues tales calificativos –especialmente el de siervo- excluyen que Jesús fuera hijo de Dios y mucho más que se identificase con él. Así puede comprobarse a través de los siguientes pasajes:

a) Estando ya crucificado, Jesús exclama:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”7,

palabras que evidentemente no tendrían sentido si Jesús se identificase con el propio Dios y que además parecen implicar por parte de Jesús un desengaño respecto a ese Dios por haberle abandonado.

b) Igualmente, en el evangelio de Mateo se dice:

“Jesús se acercó y se dirigió a ellos con estas palabras:

Dios me ha dado autoridad plena sobre el cielo y la tierra”8.

Resulta evidente que, el hecho de que Dios le haya dado autoridad sólo tiene sentido en cuanto el propio Jesús no se identifique con Dios, pues no tendría sentido afirmar que Dios ha dado autoridad a Dios, mientras que sí lo tiene afirmar que Dios ha dado autoridad a Jesús en cuanto Jesús sea distinto de Dios.

c) Del mismo modo en el evangelio de Marcos se dice:

“el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios”9,

frase en la que, por una parte, se niega el dogma de la ascensión, ya que en ella no se afirma que Jesús ascendiera al cielo por su propio poder sino que “fue elevado”, y, por otra, se dice que se sentó a la diestra de Dios, lo cual no podría suceder si Jesús fuera Dios, pues afirmar que alguien se siente a su propia diestra no tiene sentido.

d) En el evangelio de Juan se afirma igualmente:

-“La doctrina que yo enseño no es mía, sino de aquél que me ha enviado”10,

pero es evidente que si Jesús fuera Dios la doctrina de Dios sería idéntica a la doctrina de Jesús.

En este mismo evangelio se dice:

-“Porque yo no hablo en virtud de mi propia autoridad; es el Padre, que me ha enviado, quien me ordenó lo que debo decir y enseñar. Y sé que sus mandamientos llevan a la vida eterna. Por eso, yo enseño lo que he oído al Padre11.

Es decir, Jesús dice que él no tiene autoridad por sí mismo sino por el Padre, que le ha enviado, pero, si Jesús se hubiera identificado con Dios, no habría tenido sentido la subordinación de Jesús al Padre en cuanto éste le hubiera enviado, pues Dios no puede estar subordinado a nada, y considerar que Dios (Hijo) estuviera subordinado a Dios (Padre) es igualmente absurdo, como lo es también la afirmación según la cual él no hablaba en virtud de su propia autoridad, pues, en cuanto fuera Dios, no podía existir una autoridad superior a la suya. Además, dice que fue el Padre quien le ordenó lo que debía decir, lo cual sería igualmente absurdo teniendo en cuenta que, desde la propia dogmática de la jerarquía católica, tanto el Padre como el Hijo serían Dios y, por ello, sería totalmente inadmisible que Dios (Padre) diese órdenes a Dios (Hijo). Igualmente, cuando dice “yo enseño lo que he oído al Padre” Jesús está reconociendo que él es sólo un mandado, que ni siquiera tiene criterio propio para saber qué tiene que decir, lo cual no encaja para nada con la idea de que Jesús fuera Dios en cuanto se considere que Dios es omnisapiente –y no sólo Dios Padre-.

e) En Hechos de los apóstoles se señala también la diferencia entre Jesús y Dios, cuando se dice:

“A este Jesús Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos todos nosotros”12,

pues la frase Dios ha resucitado a Jesús sólo parece tener sentido en cuanto Dios y Jesús sean distintos.

f) Más adelante se insiste en esta misma diferencia entre Jesús y Dios, y en la consideración de que Dios resucitó a Jesús:

“Pedro y los apóstoles respondieron:

-Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros antepasados ha resucitado a Jesús […] Dios lo ha exaltado a su derecha como Príncipe y Salvador”13.

g) Igualmente, momentos antes de morir, Esteban dice:

“-Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios14,

frase en la que se diferencian claramente las figuras de Jesús –Hijo del hombre- y Dios de un modo jerárquico: Dios como figura principal y Jesús como figura secundaria, aunque importante. Tiene importancia insistir en este detalle porque, si no se hubiera querido reflejar esta diferencia entre Dios y Jesús, el autor de ese escrito habría podido escribir que Esteban veía a Jesús sentado a la diestra del Padre, lo cual hubiera podido ser más verosímil o menos incompatible con el reconocimiento implícito de que tanto el Padre como Jesús eran Dios, pero no “a la diestra de Dios”, pues en ese caso se está diferenciando inevitablemente entre Jesús, por un parte, y Dios, por otra.

h) En esta misma obra se llega incluso a considerar que Jesús sólo es un siervo de Dios, que, por lo tanto, no se identificaría con el propio Dios ni sería siquiera su hijo. En efecto, se dice en el correspondiente pasaje:

“El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha manifestado la gloria de su siervo Jesús…”15.

i) Más adelante se insiste en esta misma consideración de Jesús como “siervo de Dios”, obediente a sus decisiones:

“En esta ciudad, en efecto, se han aliado Herodes y Poncio Pilato, junto con extranjeros y gentes de Israel, contra tu siervo Jesús, al que ungiste, para hacer lo que tu poder y tu voluntad habían decidido de antemano que sucediera […] Manifiesta tu poder para que se realicen curaciones, señales y prodigios en el nombre de tu santo siervo Jesús16,

de manera que, si Jesús era “siervo de Dios”, difícilmente podía ser “Dios”.

j) A continuación se diferencia entre Jesús y el Señor, identificando a ese “Señor” con Dios, el cual habría enviado al Mesías como un profeta semejante en el mejor de los casos al propio Moisés, pero no superior a él, un profeta “suscitado entre vuestros hermanos”, es decir, procedente del propio pueblo judío:

“Llegarán así tiempos de consuelo de parte del Señor, que os enviará de nuevo a Jesús, el Mesías que os estaba destinado […] Moisés, en efecto, dijo: el Señor Dios vuestro suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo; escuchad todo lo que os diga; y el que no escuche a este profeta será excluido del pueblo17.

k) En el evangelio atribuido a Mateo se insiste en la diferencia entre Jesús y Dios cuando se pone en boca del propio Jesús la frase:

“No juzguéis, para que Dios no os juzgue”18,

frase en el narrador de este escrito está entendiendo que Jesús no es Dios, pues en caso contrario hubiera podido escribir “para que yo no os juzgue” y, si en su lugar escribió la otra expresión, debió de ser porque, al menos en este pasaje el narrador no identificaba a Jesús con Dios.

l) Igualmente, en Hechos de los apóstoles se afirma con absoluta claridad la diferencia entre Dios, por una parte, y Jesús, por otra, considerando a Jesús como “ungido” y “resucitado”, y como “juez” designado por el propio Dios:

[Pedro tomó la palabra y dijo:] “me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu santo y poder […] Dios lo resucitó el tercer día […] Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”19.

m) Poco después en este mismo escrito se considera a Jesús como “hombre” designado por Dios:

“[Dios] ha establecido un día, en el que va a juzgar al universo con justicia por medio de un hombre designado por él, a quien ha acreditado ante todos resucitándolo de entre los muertos”20,

pero, si Jesús fuera Dios, no tendría sentido alguno escribir que Dios había designado a Dios para juzgar a los hombres; y, además, aquí se habla claramente de un hombre designado por Dios, lo cual no tendría sentido si ese hombre fuera el propio Dios, pues, aunque el narrador pudiera entender que Dios podía ser hombre, al mismo tiempo que Dios, a la hora de hablar de él su esencia más propia era la divina, por lo que hablar de él simplemente como de “un hombre” y olvidar que se trataba del mismo Dios hubiera sido realmente absurdo.

n) Por su parte Pablo de Tarso califica a Jesús como alguien que se “somete” al poder de Dios:

“Y cuando le estén sometidas todas las cosas, entonces el mismo hijo se someterá también al que le sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas”21,

pero esta frase no tendría sentido si el propio Jesús se identificase con Dios, ya que decir que Dios se sometió al poder de Dios carece de sentido.

ñ) Una prueba indirecta, pero muy interesante, de que Jesús no se presentaba ante sus discípulos más directos como Dios, aparece en el evangelio de Lucas, donde en unas pocas líneas se muestra a un Jesús dispuesto para luchar con la espada contra quienes iban a ir a prenderlo, lo cual no encaja para nada con la idea de un Dios omnipotente que hubiera podido lograr sus objetivos sin dificultad de ningún tipo ni con el Dios pacífico no opone violencia contra violencia. Dice así este pasaje:

“Jesús añadió:

-pues ahora, el que tenga bolsa, que la tome, y lo mismo el que tenga alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y se la compre […]

Ellos le dijeron:

-Señor, aquí hay dos espadas.

Jesús dijo:

-¡Es suficiente!”22.

Al parecer, quien escribió este pasaje o quien permitió que figurase entre los textos canónicos del catolicismo no se dio cuenta de que se trataba de un texto especialmente incongruente con aquellos otros en los que Jesús había estado predicando la paz y el amor al prójimo, pues aquí Jesús parece haber adoptado la línea dura de los zelotas, la de la lucha armada contra el imperio romano, que era la seguida por Judas, a pesar de que resulte chocante que en el pasaje citado Jesús exhorte inicialmente a que “el que no tenga espada, que venda su manto y se la compre”, que a continuación, cuando se le dice que tienen dos, diga “¡Es suficiente!”, y que finalmente, cuando los soldados llegan al “Huerto de los olivos” para prender a Jesús, sólo “uno de los que estaban con Jesús” recurra a ella cortando la oreja a uno de los que venían a prenderle23, acción que es reprobada por Jesús diciendo

“-Guarda tu espada, que todos los que empuñan la espada perecerán a espada”24.

Tal actitud representaba una nueva contradicción en relación con su anterior exhortación para que comprasen espadas: ¿Para qué tenían que comprarlas si luego iba a desautorizar a quienes se sirvieran de ellas?

En cualquier caso parece que en el último momento Jesús pensó que no tenía escapatoria y que por ese motivo desistió de emplear las armas, a pesar de que, según el evangelio de Juan25, Pedro intentó defenderle utilizando su espada.

Todo esto tiene sentido desde el supuesto de que Jesús, a pesar de que parece que fue un esenio, grupo que tenía una ideología más de tipo religioso que de tipo político, en algún momento pudo haber estado bastante próximo al movimiento de los “zelotes”, al que pertenecía Judas Iscariote, aunque sin llegar a decidirse por completo a integrarse en la organización.

Pero el hecho de que los evangelistas reflejen que Jesús animó a sus apóstoles a que comprasen espadas es, entre otras cosas, una prueba de su ineptitud para hacer un montaje coherente, al margen de que pudiera ser cierto que Jesús les animase a luchar, lo cual resulta difícilmente compatible con su supuesta mansedumbre, con su amor incondicional al pueblo de Israel, por encima de conflictos políticos y más allá de cualquier conducta violenta en relación con el prójimo a quien había que amar como a uno mismo.

o) En relación el dogma de la ascensión de Jesús, tiene cierto interés, comprobar la existencia de textos en los que en lugar de defenderse la idea de que Jesús ascendiera al cielo por su propio poder se afirma que “fue elevado”, es decir, llevado por el poder de alguien que no era él mismo. Así queda expresado en el evangelio de Marcos, en el de Lucas y en los Hechos de los apóstoles en pasajes como los siguientes:

– “…el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios”26,

– “…hasta el día en que fue elevado a los cielos”27,

– “…y mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén rebosantes de alegría”28,

lo cual no tendría sentido si el propio Jesús se identificase con Dios, ya que, en cuanto se considere que Dios es omnipotente, habría que considerar igualmente que Jesús lo era, pero eso queda negado desde el momento en que se dice que Jesús “fue elevado” al cielo, en cuanto tal expresión da a entender que Jesús era incapaz de ascender al cielo por su propio poder, por lo que no sería omnipotente y no sería Dios.

2.3.3. Jesús fue un seguidor del judaísmo y no pretendió crear una nueva religión.

Por otra parte y en relación con el último pasaje citado, tiene interés destacar que a continuación se dice que los discípulos de Jesús

estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios”29,

pues, evidentemente el templo en el que estaban era un templo judío, lo cual refuerza de manera muy importante la tesis según la cual Jesús, siendo muy probablemente un ese-nio, no había intentado crear una nueva religión alejada del judaísmo, sino predicar la práctica de dicha religión de un modo más auténtico y menos ligado a los rituales meramente formales y vacíos de espiritualidad.

En apoyo de esta tesis conviene recordar que en diversas ocasiones, tanto en su vida como en sus palabras, los escritores de los evangelios presentan a Jesús perfectamente integrado con la religión de su pueblo.

En este sentido, ya a los pocos días de nacer, según se cuenta en el evangelio de Lucas, Jesús fue circuncidado cumpliendo con el rito de la religión judía30. Y a los pocos días fue llevado a Jerusalén “para presentarlo al Señor”31 y, según se cuenta en ese mismo evangelio, a los doce años Jesús ya estaba en el templo de Jerusalén,

“sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas”32.

Posteriormente, durante los años de su predicación, según cuentan los evangelios,

“Jesús entró en el templo, e inmediatamente se puso a expulsar a los vendedores, diciéndoles:

-Está escrito: Mi casa ha de ser casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”33,

poniendo de manifiesto nuevamente su actitud de respeto hacia la religión judía, de manera que, si hubiera deseado fundar una nueva, se habría despreocupado de la que había recibido en lugar de indignarse y de rebelarse ante la actitud de quienes acudían al templo para fines nada religiosos.

Además y desde una perspectiva ya totalmente centrada en el terreno de lo doctrinal, en el evangelio de Mateo se dice:

“No penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la ley y los profetas; no he venid a abolirlas, sino a llevarlas hasta sus últimas consecuencias”34,

palabras que confirman claramente la actitud favorable de Jesús hacia la religión tradicional judía y no la necesidad de crear una nueva.

De conformidad con lo anterior, se cuenta más adelante en este mismo evangelio que Jesús concedió a una extranjera el favor de una curación, pero diciéndole primero: “Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”, lo cual era una clara muestra de que el propio Jesús –o, más exactamente, quien escribió este relato- consideró que su misión religiosa se debía centrar en su propio pueblo, en Israel, que tenía su propio Dios, Yahvé, y no en otros pueblos ni, por supuesto, en la humanidad en general. Conviene observar en este sentido la comparación que, según el narrador de este pasaje, hace Jesús entre los hijos y el pueblo judío, y los perrillos y los otros pueblos, pues es una clara muestra de la actitud particularista de Jesús frente a la posterior universalista de Pablo de Tarso, que no sólo defenderá la nueva religión, sino también su carácter católico o universal. Dice el pasaje mencionado:

“Jesús se marchó de allí y se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto, una mujer cananea y venida de aquellos contornos se puso a gritar:

-Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David; mi hija vive maltratada por un demonio.

Jesús no le respondió nada. Pero sus discípulos se acercaron y le decían:

-Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros.

Él respondió:

-Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

Pero ella fue, se postró ante Jesús y le suplicó:

-¡Señor, socórreme!

Él respondió:

-No está bien tomar el pan de los hijos para echarselo a los perrillos.

Ella replicó:

-Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Entones Jesús le dijo:

-¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides.

Y desde ese momento quedó curada su hija”35.

Todas estas consideraciones demuestran que Jesús no pretendía fundar una nueva religión sino depurar la que él mismo había recibido durante su infancia… y durante su probable formación como esenio.

1 Mateo 1:16.

2 Mateo 1:18.

3 Lucas 1:34.

4 Lucas 1:35.

5 Lucas 3:23-38.

6 Marcos 1:1.

7 Mateo 27:46. Tales palabras –al igual que algunas otras supuestamente pronunciadas por Jesús- aparecen ya en Salmos 22:2. Parece que los redactores de los evangelios sinópticos se esmeraron en presentar como “profecías” algunos textos del Antiguo Testamento que en realidad inspiraron sus propios escritos con los que trataron de provocar la admiración de sus lectores al ver en las narraciones evangélicas una confirmación milagrosa de lo que se decía en diversos pasajes bíblicos. Otros pasajes del Antiguo Testamento que luego reaparecen en los evangelios son, por ejemplo, “no sólo de pan vive el hombre sino de todo lo que sale de la boca del Señor”, que aparece en Deuteronomio 8:3; “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, que aparece en Levítico 19:18, aunque referida sólo a “los hijos de tu pueblo”, es decir, a los judíos; “taladran mis manos y pies, puedo contar todos mis huesos […] se reparten mis vestiduras, echan a suerte mis ropas”, que aparece en Salmos 22:17-19; “en tus manos encomiendo mi espíritu”, que aparece en Salmos 31:6.

8 Mateo 28:18. La cursiva es mía.

9 Marcos 16:19.

10 Jn 7:16.

11 Jn 12:49. La cursiva es mía.

12 Hechos de los apóstoles 2: 32.

13 Hechos 5: 29-32. La cursiva es mía.

14 Hechos 7:56. La cursiva es mía.

15 Hechos 3:13. La cursiva es mía.

16 Hechos 4:27. La cursiva es mía.

17 Hechos 3:20-22. La cursiva es mía.

18 Mateo 7:1.

19 Hechos 10:38-42. La cursiva es mía.

20 Hechos 17:31. La cursiva es mía.

21 Pablo: Corintios 1 15:28. La cursiva es mía.

22 Lc 22:36.

23 Jn 18:10-11. También en Lucas 22:49.

24 Mateo 26:52.

25 Juan 18:10. En los otros evangelios se dice que uno de los que estaban con Jesús se enfrentó con la espada a quienes venían a prender a Jesús cortando la oreja de uno, pero no se menciona a Pedro.

26 Marcos 16:19.

27 Marcos 1:22. La cursiva es mía.

28 Lucas 24:51-52. La cursiva es mía.

29 Lucas 24:53.

30 “A los ocho días, cuando lo circuncidaron, le pusieron el nombre de Jesús” (Lucas 2:21).

31 Lucas 2:22.

32 Lucas 2:46.

33 Lucas 19:45-46.

34 Mateo 5:17

35 Mt 15:21-28.

 

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