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Ceremonias político religiosas del fascismo español: la Reposición de Crucifijos

La presencia simultanea de curas párrocos y maestros en las ceremonias de reposición sirvió para evidenciar públicamente el final del enfrentamiento que entre las dos instituciones se produjo durante la época republicana.

La primera reposición pública de crucifijos durante la Guerra Civil tiene lugar en Navarra. La orden dada el 21 de julio de 1936 parte de Diputación Foral. De su cumplimiento quedan encargados los alcaldes. En la misma orden se recogía el restablecimiento de la enseñanza católica en todos los centros escolares, la reapertura de colegios y escuelas dirigidas por órdenes religiosas, la prohibición de la coeducación, y además se decretaba la revisión de todos los nombramientos de maestros. En el texto aprobado por la diputación se relataba cómo la iniciativa había surgido a propuesta de los ayuntamientos: «muchos ayuntamientos se han apresurado a colocar en las escuelas la imagen del Cristo Redentor, expresando así sus deseos de que la enseñanza de sus hijos sólo ha de fundamentarse en los sanos principios de la moral católica.”

El proceso de reposición -a pesar de producirse en varias provincias de la retaguardia- no obedece a ninguna orden de implantación nacional. En cada provincia la colocación del crucifijo en las aulas escolares es patrocinada por un organismo distinto: diputaciones, autoridades educativas de distrito universitario y ayuntamientos. La única disposición legal del Gobierno franquista se dará cuando la guerra esté a punto de finalizar, dos días antes de que se hiciese la proclamación oficial del final de la guerra: la Orden del 30 de marzo de 1939 dictada por el Ministerio de Educación Nacional: “instaurando el santo crucifijo” (B.O.E del 4 de abril de 1939), obligaba a los directores de Instituto y Rectores de universidad que aun no lo hubiesen hecho a “instaurar en el lugar preferente de cada una de las aulas y salas de trabajo el Santo Crucifijo”.

Las reposiciones celebradas durante la Guerra siguen un mismo esquema celebratorio, que con distintas variantes se repite en todas las poblaciones. Los actos comienzan con la bendición religiosa de los crucifijos en la iglesia. Después de la bendición, frecuentemente se organizaba un desfile de las milicias, acompañando a una procesión en la que participaba toda la población portando las imágenes de los crucifijos. En ocasiones, a éstos se añadían sagrados corazones y banderas nacionales. En algunas de estas celebraciones la comitiva aprovechaba para dirigirse a los cementerios y reestablecer oficialmente la cruz que había sido retirada en cumplimiento de la legislación republicana, Los actos se completaban con un Te Deum. Los actos de reposición se convierten también en una oportunidad para desplegar un conjunto de ceremonias religiosas añadidas que intensifican su efecto de totalitarismo ceremonial : reposición de cruces en los cementerios, funerales de mártires, entronización de sagrados corazones y celebraciones en honor de la Virgen. Las celebraciones religiosas fueron un espectáculo urbano en el que intervienen todos los estamentos sociales ciudadanos, ofreciendo así una demostración de mayoritaria adhesión social al nuevo estado.

La presencia simultanea de curas párrocos y maestros en las ceremonias de reposición sirvió para evidenciar públicamente el final del enfrentamiento que entre las dos instituciones se produjo durante la época republicana. La recatolización de la Escuela se convirtió en un acto público de hermanamiento de ambas instituciones, una oportunidad para que los maestros evidencien públicamente su aceptación de los nuevos fundamentos nacional católicos de la escuela franquista, y de paso, demostrar su adhesión a las nuevas autoridades franquistas. Nadie quería quedarse fuera de los actos y perder la ocasión de manifestar públicamente su patriotismo y religiosidad. No asistir a las ceremonias, o lo que es lo mismo hacer una demostración pública de indiferencia, era un riesgo que pocos estaban dispuestos a correr. Nadie podía asumir el estigma de quedar socialmente marcado como desafecto al nuevo estado de cosas. Las ceremonias fueron un mecanismo de creación de consenso social, un aglutinante de voluntades colectivas.

Los masivos actos religiosos se convirtieron en un instrumento muy eficaz para modificar el comportamiento laico de una buena parte de la población que empezó a sentirse presionada por el efecto propagandístico y su aparatoso despliegue. Si la presión ejercida en las ciudades resulta evidente, en las localidades más pequeñas, nadie podía asumir el riesgo de quedar socialmente marcado como desafecto al nuevo estado de cosas. No asistir a los ceremonias, o lo que es lo mismo, hacer una demostración pública de indiferencia era un riesgo que pocos estaban dispuestos a correr. No pasar por patriota, valía por pasar por lo contrario.

La cuestión de la retirada del crucifijo de las escuelas durante la etapa republicana se convirtió en un asunto fundamental en los informes que, los curas párrocos, en cumplimiento de la normativa franquista relativa a la depuración de docentes, mandaban a las Comisiones Depuradoras Provinciales del Magisterio sobre el comportamiento de los maestros durante la etapa de gobierno de la República. Su participación en la obligada retirada de los crucifijos había sido entendida como una manifestación de blasfema irreligiosidad, tal y como se recoge en los informes redactados por esos curas párrocos, y su no participación en la reposición posterior era entendida como una confirmación de esa irreligiosidad anti patriótica. Numerosos maestros fueron duramente sancionados incluso con años de pérdida de empleo y sueldo y traslados forzosos fuera de su provincia, por no participar en los actos de reposición de crucifijos.

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