Carta al arzobispo de Tarragona ante las beatificaciones de los «522 mártires»

Respetuosamente quiero decirle que considero este acto de carácter político porque pretende hacer aparecer su institución como víctima de la guerra civil cuando también fue verdugo.

Excmo. y Rvdmo. Sr. Jaume Pujol Balcells

Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

Pla de Palau, 2

43003 – Tarragona

Estimado Sr. Pujol,

Deseo agradecerle el ejemplar del opúsculo Los mártires, testigos supremos del amor a Cristo, que me ha hecho llegar junto con una amable carta del 19 de septiembre, en la que me decía que en esta obra encontraré la respuesta a muchas de las cuestiones que me he planteado estos días en relación a la beatificación de 522 mártires.

Respetuosamente quiero decirle que considero este acto de carácter político porque pretende hacer aparecer su institución como víctima de la guerra civil cuando también fue verdugo.

La iglesia, como usted sabe, antes de la llegada de la democracia republicana dio apoyo a la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y, una vez establecida la II República, el cardenal Segura publicó en el boletín de la diócesis de Toledo una pastoral condenando el nuevo sistema político, señalando que los católicos no podían permanecer inactivos contra los enemigos de Cristo. Por tanto, no habían pasado más que dos semanas después de la proclamación de la República y prácticamente todavía no había empezado a caminar cuando, al amparo de la pastoral, un amplísimo sector del clero se lanzó a la conspiración abierta, siguiendo la tradición de los curas trabucaires del siglo XIX.  El sucesor del cardenal Segura fue el cardenal Gomá, impulsor de la Carta Colectiva de los Obispos ( l/XII/1937). El texto contiene varias falsedades de gran calado, como que la iglesia no hacía política, que no estaba al lado de la oligarquía, que en las elecciones de febrero de 1936 la izquierda había dado un pucherazo, entre otras…, todas con la finalidad de justificar el golpe de Estado. Pero la iglesia hacía y hace política: el cura de Arnes en el año 1936, mosén Matías, dijo desde el púlpito: «¡Azaña, Azaña, que Dios tiene una caña y si no te pega hoy te pegará mañana!»

La carta colectiva decía también que los rojos representaban la antipatria, abriendo el camino para su exterminio. Igualmente se señalaba que » El Movimiento ha garantizado el orden en el territorio por él dominado». Era el orden de los cementerios, como escribió el católico conservador Georges Bernanos (Les grands cimetières sous la lune, 1938). Pio Baroja también explicó (Guerra Civil en la frontera, 2005) cómo los curas se lanzaron el campo con el Santo Cristo grande y detrás iban reclutando voluntarios para «limpiar de indeseables Navarra». En este sentido, también en su diócesis pasó lo mismo. En el año 1936 la conspiración contó con la participación de sacerdotes y gente de iglesia como, entre otros, la de los fejocistas de Falset[1] . Otros testimonios de gente que huyó de la zona rebelde estremecida por la represión corroboran estos extremos: por ejemplo Antonio Bahamonde en su libro Un año con Queipo (1938) o Antonio Ruíz en Doy Fe. Un año de actuación en la España nacionalista, (1937).

Igualmente se ha de matizar que la persecución religiosa sólo afectó a la religión católica, ya que continuaron abiertos los centros de culto protestantes y las sinagogas de Madrid y Barcelona, porque estas confesiones no fueron vistas como un peligro para el gobierno legítimo.

En la zona republicana el grueso de la persecución religiosa se produjo en los tres primeros meses de la sublevación militar cuando, precisamente a causa de ella, el Estado se hundió.

De hecho, esto marca una abismal distancia entre lo que ocurrió en la zona franquista, donde el poder no se rompió y los militares, con el apoyo de los eclesiásticos, pusieron en marcha la máquina represora y la zona republicana donde la persecución a la iglesia fue consecuencia del vacío de poder. La barbarie franquista se alargó en el tiempo y se efectuó conforme a leyes establecidas por el Estado católico-falangista, mientras que en la zona leal, un vez se recuperó el Estado central en mayo de 1937, no sólo cesó la persecución sino que Negrín trató de restablecer el culto católico, pero franquistas laicos y religiosos lo impidieron (Irujo, M. Un vasco en el ministerio de Justicia. Memorias. La cuestión religiosa, 1978, vol. II).

Una vez que la guerra terminó la revancha de los ganadores continuó con la contundencia de siempre. Existe el testimonio elocuente del conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini, que en julio de 1939 visitó España y escribió: «Sería inútil negar (…) que sobre España pesa todavía un sombrío aire de tragedia. Las ejecuciones son aún muy numerosas; sólo en Madrid de 200 a 250 diarias, en Barcelona 150, y 80 en Sevilla, que nunca estuvo en manos de los rojos». (Diarios 1937-1943, 2003).

La iglesia, que se enorgullece de haberse forjado en el martirio, no tuvo compasión de los derrotados, ni había condenado los despiadados bombardeos sobre la población civil. Tampoco nunca levantó la voz contra las torturas salvajes ni las ejecuciones sumarias de posguerra, ni criticó las leyes represoras de la dictadura. No se quejó, salvo algunas loables excepciones, contra el fuego exterminador que cayó sobre Cataluña tanto en el ámbito político como en el cultural, ni alzó la voz para reclamar la presencia pública de nuestra lengua. Al contrario, fue cooperadora necesaria en la represión. Muchos informes de curas condujeron directamente a los denunciados a los pelotones de ejecución. Esto no quiere decir que no hubiera sacerdotes cristianos, en el sentido estricto del término, como el de Corbera d’Ebre, el suizo Luís Heinsez, que no quiso firmar ninguna denuncia, alegando que él no estaba en la población cuando se produjo la revolución. También fue modélica la actitud de padre Joan B. Manyà que, el 6 de agosto de 1936, cuando la ola anticatólica llegó a la cima más elevada, escribió: «Las iglesias son saqueadas y quemadas por antifascistas. Cada día caen sacerdotes asesinados. La consternación y el espanto han invadido nuestros corazones, cada noche nos preguntamos alarmados: ¿Mañana qué será de nosotros? Puede que los católicos y los sacerdotes hemos identificado demasiado la causa de la religión con los enemigos de la República y con los ricos de la tierra (…) Siempre me desagradó el fascismo y siempre he sido partidario de las reivindicaciones del proletariado bajo el signo de la justicia. No me pueden perseguir, pues, por estas causas. Si me encierran será precisamente porque soy sacerdote. En este sentido acepto cualquier persecución y, con la ayuda de la gracia, incluso la muerte.» (Massip, J., La Vozdel Ebro, 27/II/2004 , p.44) . Con todo, sin embargo, el de estos dos sacerdotes no fue el patrón dominante. Fueron más habituales comportamientos como los del cura de Batea, Antoni Mascaró que, de acuerdo con la Falange local y la Guardia Civil, impuso deportaciones y multas a los derrotados, empleando la fuerza cuando creyó que era necesario, aunque él no llegó a ese pueblo hasta terminada la guerra civil. Qué decir del comportamiento de los eclesiásticos en los campos de concentración, en los batallones de castigo, en las cárceles …?

Efectivamente, la iglesia fue víctima pero también verdugo. Mi madre, que en el cielo esté, ella era católica y esperaba ir allí, me dijo que cuando el comité de Flix quemó la iglesia fue el día más triste de su vida. Pero cuando le pregunté, ya de mayor, el por qué del odio a la iglesia me dijo: «Los curas sólo iban a las casas de los ricos». Creo, sinceramente, que la iglesia ha cambiado poco desde entonces. De hecho, el 23 de febrero de 1981 quedó muda ante el golpe de Tejero. Y, como entonces, sigue haciendo política y sólo se moviliza cuando gobierna la izquierda, para ir contra el aborto, el divorcio, el matrimonio homosexual. Pero, aunque leo lo que escribe, no recuerdo ni a usted ni a la Conferencia Episcopal preocuparse por las leyes lesivas contra los más pobres y débiles de nuestra sociedad: la reforma laboral, los desahucios, la corrupción gubernamental, los recortes, el abuso bancario, el hambre en colectivos de riesgo …, etc.

Excmo. y Rvdmo . Dr. Jaume Pujol las beatificaciones son una afrenta a la memoria de los derrotados en la guerra civil, las familias de los cuales -como no ignora- tienen muertos por dignificar y muchos impedimentos burocráticos para hacerlo. ¿Cómo puede ser que la iglesia que se opuso a la Ley de Memoria histórica general ahora la defienda para ella? Seguramente la iglesia de aquí a 300 años, como en el caso de Galileo, reconocerá que se ha equivocado.

De todas formas no quisiera concluir esta larga misiva sin agradecerle sinceramente que me haya escrito. Tenemos posiciones diferentes, pero a pesar de ello hemos podido colaborar en alguna ocasión, como cuando en febrero de 2009 organizamos conjuntamente el Archivo Archidiocesano y la URV, el Congreso Iglesia y Guerra Civil. El diálogo es el camino que hemos de seguir trabajando y de hecho, estos días, los papas Benedicto XVI y Francisco I han demostrado con Piergiorgio Odifreddi y con Scalfari, respectivamente, que la palabra es un elemento primordial para el entendimiento entre personas de buena voluntad.

La Coordinadora por la Laicidad y la Dignidad respeta, inequívocamente, la libertad religiosa que forma parte de los Derechos Humanos esenciales y sin los cuales la vida no tiene sentido, pero en el caso de las beatificaciones los derechos que la iglesia invoca lesionan los de las otras víctimas, más numerosas, menos reconocidas e, incluso, silenciadas por tantos años de tiranía. No pretendemos ni enfrentarnos a la iglesia ni destruirla. Exigimos, tan solo, como pide el Papa Francisco la separación entre el estado y la iglesia y que ésta sea financiada por las aportaciones de sus miembros, como yo financio las entidades a las que pertenezco. Sólo así el discurso de todos será más comprensible.

Por último, a los representantes de la Coordinadora por la Laicidad y la Dignidad nos gustaría entregarle personalmente el manifiesto y las firmas de adhesión que hemos recogido. Por eso le pedimos que nos reciba el jueves 10 de octubre a las 19 horas.

Esperamos su respuesta.

Cordialmente,

                      Josep Sánchez Cervelló    Catedrático de Historia Contemporánea- URV

Traducción para laicismo.org de Carmen Moreno Carmona

Original en catalán puede leerse en el archivo adjunto


[1] Miembros de una asociación católica juvenil llamada Federació de Joves Cristians de Catalunya.

Josep Sánchez Cervelló

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