Balance laico

La visita papal acabó con tormenta literal, de la real, de la del cielo. Una tormenta que empapó, sin atisbos de miramientos divinos, a miles de “peregrinos” que durmieron en la gran explanada sobre la que el pontífice haría su última prédica, y que no era un “bautizo” celestial, como algunos pretendieron, sino un fenómeno atmosférico que derrumbó varias balizas e hirió de diversa consideración a varios devotos fieles. Al parecer, la divinidad se abstuvo de tener en cuenta tanto rezo y tanto halago a la hora de dejar caer un verdadero aguacero, con truenos y rayos incluidos, y que, de no ser por los daños físicos ocasionados, algunos fervientes cristianos hubieran interpretado como un milagro que corroboraba su fe.

Y tras la tormenta, la calma, o quizás no tanto. En cualquier caso, es el momento de hacer balance sin las estridencias de los ánimos crispados, tanto de peregrinos en sus éxtasis ideológicos y emocionales, como de los ciudadanos que no vieron con buenos ojos tanta algazara y tanto dispendio sacro en un país, por obra y gracia neoliberal, en situación precaria. Intentando ser objetivos, si es que se puede, creo que conviene resumir algunos puntos que han quedado claros y evidentes de cara a la opinión pública, creyente o increyente.

Por un lado queda claro que la aconfesionalidad que se estipula en la Constitución española ha sido vulnerada una y mil veces desde diversas instancias. Ha sido una visita financiada, apoyada, refrendada por lo público en todos los aspectos, incluidos algunos impensables para cualquier otro colectivo, como la cesión de espacios públicos y centros educativos para alojamiento de los peregrinos.

Por más que algunos lo nieguen y les tilden de “víctimas”, los peregrinos, la mayoría jóvenes procedentes de sectas y/o colegios católicos, aparecieron el miércoles 17 con actitud desafiante en la manifestación legal y pacífica de los miles de ciudadanos que se echaron a la calle para expresar su disconformidad con el carácter público de tal majestuoso evento. Ningún laico (demócratas de todo tipo de creencia o ideología que rechazan el confesionalismo en las órbitas de lo público) hizo acto de presencia en los actos, confesiones, vía crucis, misas que inundaron Madrid durante toda una semana.

Los peregrinos de la JMJ tuvieron todo tipo de facilidades y apoyo oficial en su viaje, repito, privado y confesional; los “laicos” no reciben un solo euro de las arcas del Estado, no sólo para financiar sus encuentros o reuniones sino tampoco para financiar sus propias asociaciones; ¿Dónde está el respeto al pluralismo y a la libertad de conciencia por parte de las instituciones públicas en este país?, ¿Actuarían igual los gobernantes ante un congreso mundial de científicos, ateos, librepensadores o racionalistas?

Vídeos grabados, testimonios directos, tanto gráficos como personales, demuestran que la supuesta agresividad que algunos sectores atribuyen a los manifestantes laicos no sólo es una mentira, sino todo lo contrario. Sufrieron una actitud irrespetuosa, desafiante y en muchos casos agresiva por parte de unos chicos de edad y apariencia inocentes.

Queda claro también que la policía seguía órdenes de arremeter contra los laicos, como si de delincuentes se tratara, y de defender a capa y espada a los peregrinos, aunque fueran ellos los que mostraron actitud de intolerancia o de irrespeto.

Numerosos testimonios gráficos dejan, igualmente, en evidencia que el supuesto “radicalismo” que se atribuye desde las órbitas clericales al laicismo para desprestigiarle no es otra cosa que, siguiendo sus palabras, “viga en el ojo propio”. Banderas con el águila franquista, saludos nazis, símbolos fascistas abundaban en los grupos de esos chicos abducidos por ideas de irracionalidad e intolerancia, chicos que están sufriendo una educación basada en el pensamiento único, contrario al pluralismo democrático; que les aleja de la capacidad de crítica y de análisis racional de la realidad, lo cual puede hacer de ellos personas integristas o intolerantes, además de ignorantes. Porque el dogmatismo es el polo opuesto al conocimiento y a la sabiduría.

En esta tesitura cobran vida unas contundentes palabras de Saramago: “En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta las religiones han servido para que los hombres se acerquen los unos a los otros, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en Dios, no lo necesito y éso me libra al menos de ser un intolerante, y además soy una buena persona”.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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