Ateismo y cultura de la muerte

Hace unos días, el obispo Juan Antonio Reig, miembro de la Conferencia Episcopal, aseguraba que «existe una conjura sistemática contra la vida humana». Una conjura procedente del Gobierno español y que, según el purpurado, ha llevado a la sociedad a instalarse en una «cultura de la muerte».

Para este obispo, esta «cultura de la muerte» se manifiesta de tres modos distintos, aunque con una finalidad verdadera, la negación de Dios: primero, «la sociedad evita a Dios y por eso está perdiendo la posibilidad de conocer el misterio de la persona»; segundo, «el concepto perverso de libertad que se está intentando imponer, un término totalmente desconectado de la verdad»; y tercero, «la censura de Dios que sufre la sociedad actual». Para terminar, este ilustre casullas aseguraba en la universidad navarra del Opus Dei que «la Iglesia está siempre dispuesta al diálogo con el Gobierno, pero desde el diálogo auténtico».

  Uno se pregunta, ¿cómo se puede dialogar con una institución que a priori se manifiesta estar en posesión de la única y verdadera noción de persona, de libertad, de diálogo, y, por supuesto, de Dios? ¿Cómo entablar una mínima conversación con unos obispos que consideran que sólo ellos defienden la vida?

Por un lado, parece justo que la Iglesia rechace el ateísmo, pero que trate a los ateos como si fuéramos disminuídos cerebrales, humanos demediados y cultivadores de lo que llama «cultura de la muerte», es un insulto a la inteligencia. Por otro, que la Iglesia siga emperrada en considerar el ateísmo como «una consecuencia delas pasiones y de los vicios contra los que se dirige la Ley de Dios», indica el verdadero alcance de sus cínicas llamadas al diálogo. La Iglesia se mantiene en el dique seco del fanatismo doctrinal considerando todavía que los ateos somos enemigos de Dios, cuando en realidad lo único que hacemos es vivir sin tenerlo en cuenta para nada en nuestras alegrías y en nuestras desgracias. Si de alguien puede estar tranquilo Dios, es, precisamente, del ateo. Mientras la Iglesia permanezca amarrada al pesebre de sus dogmas, tan viejos como irracionales, ja- más entenderá que ateísmo y religión son dos instancias vitales dignísimas al alcance del ser humano. La vida, caso de que tenga un sentido, puede obtenerse del comodín bíblico o de su ausencia. Vivir sin Dios no conduce a un desierto de hielo, ni de angustia, sino que, como decía Freud,  se trata de una posibilidad más de enriquecer la civilización. Y, desde luego, estaría bien que algunos obispos, entre ellos Sebastián, dejen de considerar a los ateos como a esos degenerados que viven desorientados y entre nieblas. Tal lugar común apesta.

Un ateo no es un caso patológico del espíritu, ni una anomalía de la naturaleza, ni su filosofía nace de una degeneración congénita. El ateo es un sujeto como todos los demás. Al igual que el hombre religioso, propone y promueve una determinada concepción de la persona y de la sociedad. Con una diferencia importante: sin referentes transcendentales.

La diferencia entre un creyente y un ateo es ésa. Mientras que uno apuesta por el más allá; el otro lo hace por el más acá. Uno por la transcendencia; el otro por la inmanencia. Uno por la heteronomía; el otro por la autonomía. Uno por la metafísica; el otro por el materialismo. Uno por el Catecismo; el otro por el Código Civil. Si el creyente oculta su fe en lo infinito y en lo transcendente, el ateo hace lo propio con la finitud, pues no necesita pedir cobijo a ningún ser supremo ni a una fe transcendental. En definitiva, el ateo apuesta por la razón frente a la revelación, por los acuerdos y pactos frente a los dogmas, por la satisfacción del cuerpo frente a la penitencia del alma, por lo relativo y probable frente a lo absoluto y nunca visto. Ciertamente, esta actitud es revolucionaria, porque trastoca por completo lo que ha sido el orden vigente moral durante tantos siglos en nuestra sociedad.

Pero el ateo no es sólo un ser pegado a un adverbio de negación. Su semántica no se reduce a regir un verbo o negar un nombre metafísico. El ateo asume el mundo como finitud. No espera nada del más allá. Ni mientras vive, ni cuando muera. La resurrección de la carne o del alma le parece un camelo, una tomadura de pelo, un soborno.

Con su actitud, el ateo lo único que hace es afirmar el fondo positivo de un humanismo radical en el que cree. De ahí que el ateo, al rechazar toda huida del mundo hacia postulados de transcendencia, sea el único sujeto existencial que defiende seriamente la vida y la dimensión humana de ésta.

El ateo sabe que lo criminal no es la heterodoxia, sino las persecuciones, las guerras, santas o laicas, que han pisoteado precisamente las leyes que se dan los hombres a sí mismos. Leyes que, en ningún momento, sacraliza ni eleva a monumentos eternos, como sí hace la religión con sus dogmas. Porque el ateo sabe que las leyes son, en ocasiones, injustas. Pero también sabe que las leyes están hechas para el hombre; cosa que no sucede con los dogmas religiosos, eternamente valorados por encima del ser humano. Si hoy día no nos encontramos en un grado cero de la moral, eso se debe a quienes lucharon a favor de un consenso social en torno a unos valores básicos y democráticos. Valores que en todas las épocas fueron defendidos por heterodoxos, ateos, blasfemos, también creyentes, perseguidos por el poder religioso y político: los derechos del hombre, la tolerancia, el respeto de las libertades y de la individualidad, el pluralismo y la diferencia. El ateísmo no significa un retroceso del humanismo ético. Al contrario, es su consagración sociohistórica. La aceptación tranquila del ateísmo en la sociedad actual sería la marca de una sociedad democrática, liberada del peso de la tradición, así como de la religión institucional.

Un estado es liberal cuando se halla organizado de tal forma que se respeta el pluralismo de las concepciones del bien moral, entre las cuales figura el ateísmo. Mientras no se acepte el ateísmo como una opción ética tan válida como lo pueda ser la del creyente, algo sustancial no funciona en la sociedad.

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