Arabia Saudí da un giro y busca estrechar lazos con el gobierno chií de Irak

El heredero saudí, príncipe Mohamed, junto al clérigo chií iraquí Muqtada al Sader, el 30 de julio en Yeda (Arabia Saudí). SPA

Esas normales relaciones de vecindad han estado bloqueadas hasta ahora por el factor confesional.

Arabia Saudí ha reabierto este verano su frontera con Irak por primera vez desde hace 27 años, cuando Sadam Husein invadió el vecino Kuwait. La medida, que las autoridades han presentado como parte de sus “esfuerzos para reforzar las relaciones bilaterales”, sigue a una serie de visitas oficiales de alto nivel en los últimos meses. Es un giro de 180º en la política que Riad venía manteniendo hacia Bagdad desde la intervención estadounidense de 2003 y que dejó Irak en manos de Irán. De consolidarse, la normalización ayudaría a reducir la brecha chií-suní en la región, pero algunos analistas temen que sólo busque aislar a Teherán.

El potencial es enorme. El paso fronterizo de Arar, que hasta ahora sólo funcionaba una vez al año para el cruce de los peregrinos a La Meca durante el Haj, y un segundo pendiente de inauguración en Jamima, un poco más al sureste, van a permitir los viajes de negocios y el comercio. Además, los saudíes han sugerido planes para abrir sendos consulados en Basora y Nayaf, vuelos directos, lazos ferroviarios y, lo que es más importante para Irak, el acceso al oleoducto que le conecta con el mar Rojo y que Riad le confiscó como parte de las reparaciones por la guerra de Kuwait.

Esas normales relaciones de vecindad han estado bloqueadas hasta ahora por el factor confesional. A pesar de su recelo hacia el régimen de Sadam, la familia real saudí (erigida en cabeza del islam suní) vio el derribo de ese dictador por EE UU como un regalo a Irán (faro del islam chií), su principal rival en la región, ya que dio el poder a los chiíes también mayoritarios en Irak. Al cierre de la frontera, se sumó entonces la clausura de la Embajada saudí en Bagdad y un desentendimiento que le impidió ejercer un contrapeso constructivo a la influencia iraní justo cuando estallaba una guerra sectaria que se ha extendido a todo Oriente Próximo.

El acercamiento entre Riad y Bagdad da esperanzas de que ayude a cerrar esa herida. Sin embargo, aunque hay consenso sobre el deseo iraquí de ganar una mayor aceptación en el mundo árabe (suní) y sanear su economía tras la sangría de la guerra contra el Estado Islámico (ISIS), existen divergencias sobre los motivos saudíes. El semanario británico The Economist lo atribuía en un reciente artículo a un cambio de estrategia animado por un eventual entendimiento con Irán. No todo el mundo está de acuerdo.

“Ahora que Irak empieza a recobrar la normalidad política, los saudíes se enfrentan a la realidad y, con gran presión de Estados Unidos, están restaurando cierto nivel de cooperación”, interpreta Abbas Kadhim, investigador del Instituto de Política Exterior de la Universidad Johns Hopkins, sin ocultar su escepticismo. “Las políticas de Arabia Saudí no se adoptan en un marco institucional sino que dependen del capricho de un hombre y puede cambiar de la noche a la mañana”, añade en una entrevista por correo electrónico.

El recelo tiene fundamento, ya que durante décadas el Reino del Desierto ha sido la fuente del dogma antichií del islam suní. Además, desde la llegada al poder del rey Salmán, y su hijo, ministro de Defensa y heredero, el príncipe Mohamed, optaron por plantar cara a Irán y a sus aliados en la región. Este año, sin embargo, la visita de su ministro de Exteriores a Bagdad, y las del jefe del Gobierno iraquí, Haider al Abadi, y varios de sus ministros a Arabia Saudí, señalan otra cosa. Pero la mayor sorpresa ha sido la inusual imagen del príncipe Mohamed junto al clérigo chií iraquí Muqtada al Sadr, un controvertido político que defiende un nacionalismo que supere las divisiones confesionales, a quien recibió el pasado julio.

Para Madawi al Rasheed, profesora visitante del Middle East Center de la London School of Economics, el hecho de tender puentes de forma simultánea a Al Abadi y a uno de sus mayores críticos indica que Riad busca poner pie en el país vecino. “El reino intenta usar Irak como vía de acceso a Teherán”, señala. Y sin embargo, el jefe de la diplomacia saudí, Adel al Jubeir, ha rechazado con firmeza las especulaciones sobre un deshielo con Irán después de un par de declaraciones iraníes en ese sentido.

La motivación saudí es fácil de adivinar: alejar a Bagdad de Teherán, o al menos debilitar el vínculo”, opina por su parte Simon Henderson, director del Programa de Política Energética y del Golfo en el Washington Institute.

Sin duda, el acercamiento de Riad hacia las comunidades chiíes que se muestran más críticas hacia la dominación iraní es una forma de aislar a su rival. En el caso de los sadristas iraquíes, llega además en un momento especialmente delicado tanto por la necesidad de que la mayoría chií tienda puentes hacia la minoría suní tras la derrota del ISIS, como por el debate interchií sobre la excesiva influencia de Teherán. El riesgo, como ha apuntado Maya Yang de la consultora Gulf State Analytics, es que ese intento termine intensificando las divisiones que en apariencia busca superar. Al recelo de los más radicales en ambas confesiones, se une el escepticismo de quienes atribuyen la decisión saudí a mero oportunismo por razones geoestratégicas.

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