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«Almas, dioses y espíritus son creación de la mente humana»

Fue subsecretario de Asuntos Exteriores y embajador. Acaba de publicar el libro Vivir en la realidad. Sobre mitos, dogmas e ideologías, que aborda la oposición del pensamiento científico al modo de pensar trascendental.

DIAGONAL: El integrismo católico, ¿es síntoma de fortaleza o de debilidad?

GONZALO PUENTE OJEA: Vivimos momentos difíciles, y lo serán aún más, pero sin duda alguna el integrismo católico y en general el cristiano están en una profunda crisis; cada vez más ciudadanos se desentienden de sus verdades y sus dogmas. La fortaleza de la Iglesia se quedará en nada en cuanto se le prive de la financiación pública.

D.: ¿Cuál es la diferencia entre laicismo y laicidad?

G.P.O.: Laicidad designa prioritariamente, en el ámbito de los laicos en la Iglesia católica, a aquéllos que, sin poseer la consagración sacerdotal, ejercen la predicación. No tiene nada que ver con laicismo, que se define por dos conceptos. El principio de no discriminación e igualdad formal de todas las conciencias individuales y su protección pública en cuanto a asociaciones de creyentes sometidas a la ley civil, que rechaza cualquier estatuto de derecho público o que conceda privilegios o derechos especiales a las iglesias y confesiones religiosas. Y el principio de no interferencia de lo público en lo privado y viceversa, así como la absoluta prohibición de utilizar medios públicos (jurídicos, institucionales, económicos, simbólicos, mediáticos) en favor de unas conciencias frente a otras; las conciencias pueden asociarse para elevar sus desideratos a través de los gobiernos y demás poderes públicos por la vía democrática.

D.: ¿Sigue vigente el Concordato de 1953?

G.P.O.: No ha habido ningún intento de derogarlo. Los cuatro acuerdos de 1979 son una renovación y actualización que acepta la vigencia del Concordato franquista nacional católico de 1953, se consideran parte del mismo y suponen una revisión sustancial del texto constitucional: son incompatibles con los artículos 14 y 16 de la Constitución de 1978, por los que el Estado es aconfesional. El Concordato es un tratado internacional que sólo cesa en su vigencia mediante dos fórmulas: la primera, efectiva desde que se comunica a la otra parte la denuncia del tratado porque las circunstancias han cambiado, y la segunda, con una ley interna que se promulga y declara nulo el Concordato. No se ha seguido ninguna, consecuencia de una situación lastrada por la Monarquía y la Iglesia, que tienen secuestrada parte de la soberanía del pueblo, y de un partido, el PSOE, desnaturalizado y lleno de mentiras y simulaciones.

D.: ¿Cómo defines el hecho religioso y sus características?

D.: Como algo sobrenatural, metafísico, metaempírico. Hay dos vías del pensamiento, la trascendental, propia de lo religioso desde la lógica u ontoteología, y la empírica, que se apoya en la física y la cosmología. Para la trascendental el principio del conocimiento es el ser en cuanto es, noción tautológica que le condena a ser un ente de razón autocontradictorio y abstracto; presenta un dualismo de entes corporales y anímicos, posibilita la disyunción de naturaleza y sobrenaturaleza, de física y metafísica, e instala una jerarquía ontológica de los seres a partir del ser aristotélico. Para la vía empírica, en cambio, el universo es el conjunto existente, contingente y real; la unidad de todo lo que existe tiene un referente existencial definible en términos de energía-materia; y la energía, fundamento físico de lo referenciable, desde la materia hasta el pensamiento, no es algo inmaterial o íntimo, sino energía física registrable con un contador Geiger [medidor de radioactividad]. El argumento religioso para demostrar la existencia de Dios como causa primera y necesaria, causa de sí mismo y sin determinaciones, opera en un plano esencialista y analítico propio de lo trascendente; la aproximación empírica a la religión sitúa el debate sobre el plano de las existencias reales. Los argumentos causales o espirituales, como las revelaciones o comunicaciones directas con Dios o los espíritus, tropiezan con insuperables dificultades lógicas: el paso de las esencias o entes de razón a las existencias o realidades observacionales no puede superar el problema de la demostración de la existencia de almas, espíritus o dioses que sólo obedecen a un mundo trasnatural y metaempírico, obligando a buscar argumentos o extracausas que introducen la existencia en la esencia y destruyen los atributos de infinitud e indeterminación que definen la noción de Ser Supremo. El argumento ontológico imposibilita la existencia de un Dios “extracausas”, a menos que se recurra a la noción suicida de causa de sí, artificio del lenguaje sin referente posible que niega la causación (causa-efecto).

D.: ¿Quién ha creado a Dios?

G.P.O.: Las almas, los dioses, son una creación de la capacidad abstractiva de la mente humana trabajando sobre la imaginación para crear mundos fantasmagóricos, imposibles, que desvían peligrosamente la capacidad cognoscitiva del ser humano como instrumento para construir un mundo racional y coherente en el cual instalar un edificio institucional al servicio de la ciencia y de la información que aspire a hacer posible un mundo feliz.

D.: En el Concilio Ateo subrayaste el criterio de falsabilidad

N.K.: El criterio clásico de falsabilidad (Karl Popper), definible como demarcación entre lo cognoscible científicamente y lo que no lo es, refuta la religión y arruina todo intento de prolongar la vigencia de ese mundo irracional y fantástico: ningún enunciado puede reclamar pretensiones científicas si no es, por la naturaleza de sus propios referentes, refutable o falseable mediante la observación empírica o la experimentación. Lo que no es refutable, y los enunciados teológicos no lo son, se sitúa más allá de la mente humana y no pertenece al área del conocimiento.

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