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¿Dices que no es por religión?

Hay quien dice que este no es un asunto de religión. Y se equivoca. Claro que es un asunto de religión. Otra cosa sería decir que la religión es un medio y no un fin, como lo ha sido siempre.

Me paso casi tanto tiempo intentando comprender a los demás como a mí mismo. Y no como una pose o de cara a la galería, sino como una consecuencia. Porque intentándolo me he equivocado tantas veces que el no hacerlo sería el colmo de la necedad y la irresponsabilidad. Además me parece un proceso inseparable del yo. También me ocurre cuando trato de entender a los creyentes de cualquier religión y, en este caso además, todo hay que decirlo, lo convierto en una actividad de riesgo: haciendo malabares de fuego con mis neuronas suelo perder unos cuantos millones cada vez y cuanto más lo intento más tonto me quedo.

El caso es que con los años he conseguido algo que no es baladí. Ahora respeto mucho más a alguna gente que incluso desde el seno de las propias iglesias lleva a cabo una labor social con un compromiso tal que me permite comprender su fe en lo espiritual. Si uno puede creer tanto en una sociedad que muchas veces no da motivos para ello, también tiene derecho a creer en la santísima trinidad o en el monstruo del espagueti volador.

Así que sí, los respeto, y no solo por eso, sino porque cada uno tiene un carácter, y el mío es muy puñetero y me fuerza a no creer en lo no comprobable. Y a veces ni así. Y supongo que eso tampoco es lo más sano.

Pero todo tiene un límite. Mi apertura también.

Bien está creer en algo que sin influencia exógena probablemente la mayoría no se plantearía más que como una curiosidad natural, humana. Bien está poner en duda la lógica. Bien está incluso saltársela a la torera. Pero lo que ya no tiene disculpa es convertir un constructo infantil humano en la guía de nuestra existencia.

Hoy sin ir más lejos hemos publicado la carta abierta de un ciudadano israelí, y creo que intentando dar respuesta a su pregunta principal será más fácil aclarar lo que intento exponer.

Esta persona, Nadi Bar, se pregunta qué tienen que ver ellos, que son judíos no sionistas y que están comprometidos con la paz, con todo lo que está ocurriendo en lo que él llama el conflicto palestino-israelí. Y generaliza preguntando por qué los odiamos.

Para empezar y terminar, le preguntaría la razón por la que residen en Israel.

Si me dice que ellos ya vivían en un kibbutz en el territorio de Palestina antes de 1946, le preguntaría si sus familiares eran de aquellos que compraban terrenos. En cuyo caso sí eran sionistas. De cualquier forma le diría que si él no lo es, no tiene responsabilidad sobre lo que han hecho sus antepasados, pero que debe tomar sus propias decisiones hoy.

Si me dice que es porque a su familia le prometieron unas condiciones de vida impensables en cualquier otro lugar (que es lo que hacen los sucesivos gobiernos de Israel con todos los judíos del mundo), le diría que me lo pone difícil para contestarle. Le diría que, dependiendo de la situación de origen, puedo llegar a comprender el motivo para trasladarse, pero que sabiendo lo que ha estado haciendo el Estado de Israel especialmente desde finales de los 40 en esa tierra que no les pertenece –atendiendo a la ética y a la lógica– excepto en su querencia, hay que estar muy necesitado o ser muy insensible, o ser muy ignorante para aceptar la propuesta. O hay que ser tremendamente irracional y egoísta.

Si se trata de un motivo religioso, le diría que a nadie debiera importarle las vueltas que dé una cuchara en una olla a la hora de cocinar en su casa de Villamarchante, de Boston o de Palermo. Cada uno en su círculo social o íntimo hace lo que le parezca bien porque eso no afecta a los demás: como si alguien quiere ponerse un traje de buzo y bailar en familia el cancán. Pero que el hecho de llevar las creencias místicas hasta el punto de secundar invadir un país, aceptando primero el ‘regalo’ de quien no era su dueño, y aceptando y fomentando después la colonización a base de premios, crímenes y asentamientos, es rozar la demencia del fanático.

Comprendo que alguien no quiera verse relacionado con aquello que no comparte, pero si ese alguien lo tiene difícil es un judío israelí. Primero porque lo que se está haciendo choca frontalmente con sus propias presuntas convicciones y escrituras. Pero especialmente si uno atiende a esta información:

Una abrumadora mayoría de judíos israelíes apoya la ofensiva de su país en la Franja de Gaza: el respaldo a la ofensiva aérea alcanza el 98,5%, mientras la operación terrestre es apoyada por el 91,2%, señala una encuesta de la Universidad de Haifa publicada este jueves.
Fuente: El Universo

¿Y de los palestinos qué decimos?

Pues decimos que es gente que ya vivía ahí. Que los hay más y menos influenciados por la religión, como en el resto del mundo. Que hay quien opone el pompis a La Meca, y quien solo intenta vivir su vida. Y que no sería extraño que radicalizasen mucho más su defensa tras haberse visto sometidos a tanta injusticia y barbarie.

Habrá que decir que no es lo mismo ser invasor que invadido. Y que a partir de ahí mueren las justificaciones del fuerte y la condena al débil.

Hay quien dice que este no es un asunto de religión. Y se equivoca. Claro que es un asunto de religión. Otra cosa sería decir que la religión es un medio y no un fin, como lo ha sido siempre. Que los auténticos promotores y cómplices de la barbarie en realidad no creen en nada más que en ellos mismos y utilizan a esa otra población dogmática, claro. Que rinden culto al poder, sí. Pero sin el trampantojo de símbolos y liturgias y el sectarismo aparejado a ellas, tendrían que buscar otra herramienta. La religión no es el opio del pueblo, es un veneno más, que en pequeñas dosis no es letal, pero del que aún hoy estamos saturados.

El sistema mundial sigue inoculando religión por los cuatro costados. El resultado del dominio de la cultura por milenios no desaparece por arte de magia. Hoy la religión puede aparentar que no está presente, que está en un segundo plano, pero por poner dos ejemplos de actualidad: el primer viaje oficial del actual Jefe de Estado español fue al Vaticano, y si se tira de la manta en el caso Pujol puede que alguna mitra tiemble con el inquieto pulso de su portador, y con ella todos los que están más cerca del cielo.

Quiero acabar con una pregunta simplona. Decís: soy judío, soy musulmán, soy católico, soy… ¿sabes qué serías si al nacer te hubiera adoptado otra familia?

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