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“Anima in ferum”

EN enero de 1990, el papa Juan Pablo II hizo unas declaraciones reveladoras: los animales tienen alma, dijo. Dios derramó también sobre ellos su divino aliento. Resultó divertido asistir después a la exégesis con la que ciertos teólogos intentaban buscar acomodo a semejante afirmación en la doctrina de la Iglesia, que si el Santo Padre había dicho esto pero no lo otro, hasta casi acuñar una nueva disciplina que hubiera podido llamarse zooteología; se trataba de evitar la conclusión de que el Papa había incurrido en el panenteísmo por el que se condenó Spinoza, el judío. Wojtyla no concretó que el alma de las criaturas hocicadas fuese eterna, pero si hablamos del hálito divino debía serlo sin remedio; de cualquier forma, millones de niños de todo el mundo encontraron consuelo cuando sus mascotas morían temprana e irremediablemente: ya volverían a verlas en la otra vida. Toda esta diatriba habría merecido un latinajo apostólico en toda regla, una pronunciación papal en la mismísima silla de San Pedro: anima in ferum, el alma en la fiera. Hoy, al papa Francisco le corresponde otra misión no menos peliaguda: demostrar que son sus prelados y ministros los que tienen alma, por más que a veces vivan como derrochadoras estrellas del rock o cometan pecados peores.

Estos días ya no se habla tanto del alma, esencialmente porque casi todo el mundo ha vendido la suya al demonio. Y este nuevo paisaje ha abierto algunas posibilidades interesantes. Marine Le Pen, por ejemplo, asegura tener la solución para Melilla: negar la asistencia sanitaria a los africanos que logren saltar la valla. Mientras, Juan Rossell señala que desde que estalló la crisis han llegado a España seis millones de inmigrantes, cifra que curiosamente coincide con la de desempleados, y el buen señor lo deja caer así, sin más, aquí huele a muerto, pues yo no he sido: despejada la incógnita, resulta que si usted quiere trabajar y no puede, pues ya sabe quién tiene la culpa. Por si fuera poco, todavía hace falta organizar campañas para recordar que las mujeres no son bestias a las que uno puede apalear cuando le dé la gana, que son personas cuyas aspiraciones de igualdad respecto a los varones son legítimas y necesarias. Y así vamos, en un siglo tan hipertecnológico como desalmado.

Y digo desalmado porque todavía son demasiados quienes ven a las personas como algo menos que animales, criaturas sin alma, sobre las que uno puede hacer política social y familiar mediante el abuso. Los perros, como soñó Hitler, podrán tener alma y ser merecedores de atención; negros, mujeres, viejos y niños, pidan clemencia al Papa.

Juan Pablo II

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