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300.000 abusados, suma y sigue

*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

El mismísimo Vatican News ha reconocido que es un demoledor informe” el que acaba de publicar la Iglesia francesa sobre abusosa menores en los últimos setenta años: casi 330.000 niños y niñas, chicos y chicas violados o abusados de distintas formas en instituciones de la Iglesia en Francia entre 1950 y 2020; sus autores reconocen que esta cifra es mínima y pueden ser muchas más las víctimas. Y eso en la laica Francia, la antigua “hija predilecta de la Iglesia” pero donde su peso es desde hace décadas mucho menor que en otros países. Entre otros España, donde hay muchos más colegios católicos e iglesias en activo, por lo que las cifras parece que podrían ser mayores. Aquí, los mismos obispos siguen sin saber cuántas víctimas y pederastas hay en la Iglesia española. Pero, al parecer, no están muy preocupados de saberlo: la española y la italiana, son las únicas de las grandes iglesias europeas que no ha realizado ni permitido una investigación global sobre los abusos a menores. Nos es de extrañar que una de las víctimas de estos abusos –Miguel Ángel Hurtado– haya llegado a decir para Religión Digital : “Ahora sabemos por qué los obispos españoles se niegan a hacer una investigación o indemnizar a las víctimas. Si en Francia las víctimas de abusos son 330.000, ¿cuántas hay en España? ¿Medio millón?”.

El tema ha salido repetidamente, ciento y cientos de veces, en los últimos años en estas páginas de RD y en todos los medios de comunicación; de manera reiterada, con datos, análisis, juicios y propuestas. Tanto que no me he animado en estos tiempos a sumar nuevas páginas a ello, con el sentimiento de que ya estaba todo dicho. Casi cansa volver sobre el tema; pero es necesario, porque la voz de la víctimas sigue clamando al cielo y a la tierra, exigiendo verdad, justicia y reparación, apoyo y ayuda, como todas las víctimas de injusticias y abusos, que exigen que esa verdad salga a la luz y una memoria histórica de lo acontecido. Particularmente, en este país frente al “altanero negacionismo de la mayor parte de los obispos españoles”, como decía con razón –en el mismo artículo de RD– Juan Cuatrecasas, el “padre coraje” del caso Gaztelueta.

Lo más grave es que este informe manifiesta que ya no se trata de excepciones; no se puede ya decir que el número es pequeño frente a una mayoría de buenos clérigos, respetuosos y entregados a la labor evangelizadora, que evidentemente los hay. El altísimo número de víctimas y de curas pederastas –entre 2.900 y 3.200 en Francia, dijo Jean-Marc Sauvé, el presidente de la CIASE (Comisión Independiente sobre los Abusos Sexuales en la Iglesia), añadiendo que es una “estimación mínima”– manifiesta que esta práctica atroz ha sido algo sistémico. Y más de la mitad de las agresiones y actos pedófilos identificados han sido entre 1950 y 1969; es decir, antes del Vaticano II o inmediatamente después. Pero Sauvé denunció “la cruel indiferencia” de la Iglesia católica hacia las víctimas hasta principios de 2000.

Y –como es bien sabido- el de Francia no es un caso aislado; se le suman los cientos miles de abusados por eclesiásticos hechos públicos en Irlanda, Alemania, Estados Unidos, Canadá, Chile, Australia, países de África, etc. esperando que vean la luz los de Italia y España, que no serán menos.

“Abusaron de nosotros todo lo que quisieron. A unos los cogían para tirárselos, porque eran guapos. A otros para ahostiarlos como ejemplo, delante de los demás –decía con un lenguaje popular y contundente un comentario en uno de los post de RD-. Les arreaban de lo lindo. Los humillaban. Los rompían a trozos. Con el placet de la familia además: ‘Si le han dado, algo habrá hecho’. Si además abusaban sexualmente, lo mejor era no decir una palabra. Hubiese sido aún peor”.

Pero ante esta verdadera hecatombe, que debía obligar a la Iglesia a cambiar, entre otras, normas obsoletas como el celibato para que sus sacerdotes pudieran vivir sanamente la afectividad y la sexualidad, y que la misma comisión católica francesa (CIASE) animase a su Iglesia a aceptar curas casados y ordenar sacerdotes a casados, se encontraron con la empecinada oposición del episcopado galo; como ocurre con el episcopado español. Para ellos, parece que lo más peligroso para la vida de la Iglesia son los curas casados que ejercen y las mujeres católicas que han decidido ser también como curas, se han ordenado presbíteras y ejercen pacífica y dignamente su ministerio. A este respecto, escribía recientemente un conocido blogger ultracatólico: “Hay ignorantes que podrían creerse que su folklore se trata de algo católico, no siendo más que un penoso simulacro”. Lo hacía al albur de un artículo que le había enviado alguien conocido para el que esto escribe, alguien que no ha hecho nada bueno y responsable en su vida, saltando de una pareja a otra y de una iglesia a otra, ya católico ya protestante según los intereses particulares del momento, y que, no habiendo hecho ni el bachillerato, se permitía llamarme ignorante, diciendo que “quien lea su currículum deberá pensar que es un señor inteligente, si bien tener uno o dos doctorados no siempre es sinónimo de ello”.

¿Quién insulta la grandeza de la eucaristía? ¿El cura casado que la sigue celebrando lo más dignamente que puede con su comunidad, y la mujer presbítera ordenada que lo hace igualmente con suma preparación y respetuoso amor; o bien el sacerdote “con los papeles en regla”, e incluso con mandato de la jerarquía, que lacelebra con las manos y el alma manchados, inmediatamente después de haber abusado de niños/as inocentes, como si no hubiera pasado nada y la disculpa de su obispo? He aquí la verdadera cuestión de todo esto; he aquí el verdadero dilema que debe plantearse la Iglesia, y que le exige un rotundo cambio de rumbo. ¿Qué es lo que realmente daña al cuerpo de Cristo y la imagen de la Iglesia en el mundo, los curas casados y las mujeres curas o los curas y frailes pederastas y abusadores? Esto es lo que deben plantearse los obispos españoles, los franceses y el resto del episcopado, junto con el mismo papa Francisco, si quieren realmente “restaurar la Iglesia”. Creo que la sociedad a la que dicen servir lo tiene meridianamente claro desde hace tiempo, como hemos oído ya tantas veces en entrevistas y conversaciones, formales e informales. ¿Y ellos?

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