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2013 o qué hacer cuando el apocalipsis no llegue

La creencia de que se aproxima el fin de mundo como lo conocemos puede parecer comprensible para quienes estamos viviendo en la primera década del siglo XXI, pero una mirada a la historia muestra que ha sido parte de la psicología occidental desde s

ary Lachman es el autor de Turn Off Your Mind: The Mystic Sixties and the Dark Side of the Age of Aquarius (Apaga tu Mente: Los místicos sesenta y el lado oscuro de la Era de Acuario) y de otros libros sobre conciencia, cultura, y la historia del esoterismo occidental.  Su libro más reciente es Politics and the Occult: The Left, the Right, and the Radically Unseen (La política y lo que no se ve: La izquierda, la derecha y lo radicalmente oculto).

La figura central de la religión occidental, Jesucristo, dijo a sus seguidores que el fin estaba cerca y mucha gente que aceptaba a Jesús creyó que la última llamada cósmica ocurriría durante su tiempo de vida.  Sin embargo, Jesús trabajó dentro de la tradición de la era de oro judía, que esperaba la llegada del Mesías, un líder político religioso que arreglaría el mundo y que , incidentalmente, liberaría al Pueblo Elegido de quien quiera que lo hubiera conquistado en ese momento.  Como Jesús no liberó a los judíos de los romanos – ni fue aparentemente capaz de liberarse a sí mismo de ellos- los judíos que lo negaron parecen estar justificados en su incredulidad. Para ellos, y para los romanos, los cristianos que predicaban la llegada del Día del Juicio eran como los profetas urbanos que habitan la mayoría de las ciudades actualmente, vociferando en las esquinas y persiguiendo a los paseantes para que se arrepientan.

Después de Jesús, los judíos no abandonaron su anticipación del Mesías. Tan sólo postergaron la fecha de su llegada. Una táctica que los cristianos adoptaron muy pronto cuando la Segunda Venida de Jesús – después de su crucifixión y resurrección- fue pospuesta. El último postulante importante fue el judío turco Sabbati Zevi quien, después de haber reunido una enorme cantidad de seguidores, abandonó ignominiosamente su llamado en 1666 al ser amenazado por el Sultán Mehmet IV de morir atravesado por lanzas.

Tal como hicieron los posteriores estudiantes de escatología (el estudio del fin de los tiempos), los primeros teóricos cristianos eran adeptos a  manipular los escritos  y explicar por qué su propia cortina final no había bajado aún. Sin embargo, contra toda evidencia, la creencia en un final de una vez y para siempre permaneció siendo fuerte. En el año 156 DC por ejemplo, un frigio llamado Montanus declaró que era la encarnación del Espíritu Santo y que, de acuerdo con el Cuarto Evangelio, él revelaría lo que vendría, tal como la inminente llegada del reino de Cristo, quien descendería físicamente de los cielos y transformaría a Frigia en al tierra de los santos. Comprensiblemente, miles de cristianos se reunieron en Frigia para esperar la Segunda Venida. Nuevamente el fracaso de la llegada del esperado reino no hizo mucho para hundir la creencia de que eventualmente aparecería. Después de Montanus hubo varias otras falsas alarmas y todas terminaron de manera similar.

Irónicamente, la propia Iglesia se convirtió en un fuerte inhibidor del pensamiento apocalíptico. Para cuando llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano, con el emperador Constantino a comienzos del Siglo IX, la idea de la venida del Apocalipsis era más una amenaza que una promesa. La Iglesia era la segunda organización más poderosa del Imperio y podía perder su estatus debido a que el fin del mundo no era atractivo.  Inspirada en el trabajo del teólogo Origen, del Siglo III, cambió el énfasis del Apocalipsis histórico al espiritual y desarrolló una escatología del alma individual. Esta idea fue muy bien aceptada por los cristianos más educados y de mejor situación. Pero el tema -más impresionante- del Apocalipsis en “la vida real”, permaneció como parte de la  visión de mundo de la gente común  y ha continuado siéndolo desde entonces; como bien se sabe  cualquiera que sepa de la enorme popularidad de las series de novelas apocalípticas, como Left Behind (Dejado atrás) basadas en una lectura selectiva del Libro de las Revelaciones. Títulos como The Rapture (El Extasis), Tribulation Force (Fuerza de Tribulaciones) y The Mark (La Marca) no aparecen en la lista de más vendidos del New York Times, pero millones de lectores con un gusto por el fundamentalismo cristiano compran y leen estos libros religiosamente, como páginas que guían hacia la llegada del fin de los tiempos.

El tema predominante de Left Behind es el destino de aquellos que no están bien con el Señor y que enfrentan un horroroso castigo al llegar el fin del mundo. El milenio es una puerta al paraíso para los pocos fieles y la peor pesadilla para los muchos no creyentes.

Como argumenta el historiador Norman Cohn en The Pursuit of The Millennium (En busca del milenio), los escenarios del milenio comparten algunas ideas básicas. La salvación es colectiva, los incluye a todos aunque no todos serán salvados; es para ser experimentada aquí en la Tierra, no después de la vida; está en camino y llegará repentinamente; será total, produciendo una completa transformación de la vida como la conocemos; tiene que ser lograda a través de fuerzas sobrenaturales. Como dice Cohn, en la Edad Media las expectativas del milenio eran descontroladas. Con una Iglesia corrupta, el individuo común buscaba la salvación a través de un Apocalipsis purificador.  Esto condujo a algunos desarrollos extraordinarios como la comunidad de Brethren of the Free Spirit (La Hermandad del Espíritu Libre) en el año 1200 aproximadamente que, debido a la venida del fin del mundo, creyó que habían quedado libres de pecado y actuaron en concordancia.  Deambulando de aldea en aldea rechazaron la propiedad privada – lo que implicaba que se apropiaban de lo que querían – y se dedicaron a los placeres hedonistas, incluyendo el amor libre y el embriagarse; algo así como hippies medievales. Menos determinados por la teología, éstas y otras sectas milenarias buscaron escapar a las privaciones de sus vidas visualizando la llegada de una reversión cósmica que pusiera lo común y corriente a la cabecera de la mesa dejando lo mundanamente poderoso recibiendo las sobras, en el mejor de los casos.

Para muchas de estas sectas, la motivación no es muy difícil de entender. Siendo social y económicamente menoscabados, resentían la vida refinada de muchos monjes y sacerdotes y comprensiblemente la querían para ellos. Si era necesario un Apocalipsis para conseguir esto, que así fuera entonces. Este aspecto de lo milenario educó a las diversidades seculares comunes al período moderno y mientras la revolución Francesa y la Rusa carecían de las fuerzas sobrenaturales comunes a la mayoría de los movimientos milenarios, ambas compartían el otro criterio de manera admirable.  La toma de la bastilla inauguró la “Era de la Razón” y el asesinato Bolchevique de los Romanov anunció la dictadura del proletariado. El Nacional Socialismo de Hitler fue tal vez el mayor movimiento moderno milenario; celebrando el tercer Reich que, según declaraba, duraría miles de años. (Afortunadamente sólo logró llegar a 12).

Sin embargo, del mismo modo como lo hiciera la Iglesia, los líderes de este Apocalipsis secular pronto reprimieron a cualquiera que no sintiera que estos eventos no eran lo suficientemente apocalípticos y, en los tres casos, para muchos el fin de los tiempos sólo trajo nueva opresión.

Otro ejemplo de creencia secular milenaria fue el sensacionalismo publicitario que acompañó en Europa al inicio de la Primera Guerra Mundial. Muchos creyeron que para fines del Siglo IXX la civilización occidental se había podrido y vieron la guerra como un modo de remover lo viejo en preparación para lo nuevo. No fue sino hasta que vieron la realidad de la batalla en las trincheras que esas expectativas se opacaron y la guerra fue vista como un ejemplo más de lo mismo que se suponía que iba a eliminar.

Al mismo tiempo que he sido lo suficientemente afortunado como para no vivir algo como la Revolución Rusa o la Francesa, mi propio tiempo de vida ha estado salpicado con unas cuantas expectativas milenarias. Habiendo crecido en los años 60, a través de los medios, yo estaba al tanto de la moderna Brethren of the Free Spirit (La Hermandad del Espíritu Libre) en lugares como Greenwich Village y Height-Ashbury. También sabía que algo llamado la Era de Acuario estaba en camino o ya había llegado (el jurado aún está deliberando al respecto). Junto a eso estaba la legendaria idea de que el continente perdido de Atlantis –acerca de lo cual leía en comics y novelas de fantasía – saldría a la superficie en algún momento de 1969.

Ambos anunciaban la llegada de una era dorada en la que “la paz guiará los planetas y el amor hará girar a las estrellas”. Para comienzos de los años 70, tales anticipaciones habían fracasado, pero en 1974 revivieron brevemente cuando el cometa Kohoutek disparó un nuevo interés en creencias apocalípticas. Un grupo cristiano llamado “Los Niños de Dios” – quienes incidentalmente   promovían, “hacer el amor revolucionario“(léase: promiscuidad) – distribuían panfletos anunciando el día del juicio final para enero de ese año; los cuales mis amigos y yo leíamos con interés.

Predeciblemente, Kohoutek fracasó también. El mismo año, los escritores de ciencia John Gribbin y Stephen Placeman publicaron “ The Jupiter Effect”  ( El efecto Júpiter), un best seller prediciendo resultados  devastadores (terremotos, olas sísmicas, etcétera) de un curioso alineamiento de planetas en un lado del sol. Cuando pasó el alineamiento y nada sucedió, ellos escribieron un segundo libro: The Jupiter Effect Reconsidered. (El efecto Júpiter Reconsiderado) explicando qué fue lo que no funcionó. Esta secuela no se vendió tan bien como la primera.
Ha habido otros datos de milenio también. Recuerden el eclipse solar de 1998 y el Y2K, ¿el insecto milenio? Pero la fecha “milenial”  más significativa hasta ahora en mi vida fue sin duda 1987, el año de la Convergencia Armónica – otro alineamiento planetario- que fue visto como el lanzamiento del mayor evento apocalíptico anticipado en los años recientes, el año 2012.

Para los que no saben, los proponentes del 2012 argumentan que un antiguo calendario Maya – combinado con variaciones del I Ching – predice que ocurrirían unos cambios tremendos en ese año y que, como uno de sus promotores lo expresa, una “singularidad”, un evento de carácter ontológico sin precedentes sucederá y transformará la vida como la conocemos.  Recordando el criterio de Norman Cohn para la creencia del milenio, de todo lo que he oído acerca de 2012, calza justo. Escuché de la Convergencia Armónica por primera vez en 1987 cuando estaba trabajando en una muy conocida librería New Age en Los Ángeles. Aunque ítems como cristales y otros accesorios espirituales ya eran un best seller, estaba intrigado por el torrente de gente coleccionando parafernalia metafísica como preparación para algún gran evento. Me informaron de  que tal como lo hizo Kohoutek, Atlantis y  la Era de Acuario, la Convergencia Armónica marcaba el fin del antiguo mundo y el comienzo del nuevo. Los Convergentes Armónicos con quienes hablé me informaron de que por supuesto habría algo de conmoción; el cambio a un nuevo tiempo no sería suave pero no tenía que preocuparme.  Aparentemente la librería era uno de los lugares más seguros en el planeta y yo estaría protegido. Admito que fue un alivio y como mi departamento estaba sólo a una cuadra de la tienda, me preguntaba cuan lejos alcanzaría la protección.

La fuente de este evento que venía era “el Factor Maya”, de José Argüelles, y después los escritos de Terence McKeena acerca de su teoría de la onda del Tiempo  en el libro The Archaic Revival (El renacer arcaico) y otros libros. Leí a Argüelles pero no quedé impresionado y cuando apareció un libro posterior, Surfers of the Zuvuya (Surfistas de Zuvuya), me pareció tonto. Tampoco me interesó su aparente adopción del rol de avatar, una identidad que otros proponentes de 2012 parecen abrazar fácilmente. (Hallé sin embargo que un libro anterior, The Transformative Vision (La visión transformadora) era un beneficioso estudio de filosofía cultural).

Encontré a McKeena más interesante y mejor escritor pero aún no me vendía la idea. Lo escuché hablar y sin duda que el hombre había besado la Piedra de la Elocuencia (una piedra en Irlanda que supone que da elocuencia quien la besa), pero después de unos entretenidos noventa minutos dejé la conferencia no más convencido que cuando llegué. El hecho de que él invirtiera una gran cantidad en alucinógenos también me hizo cuestionar su seriedad. Yo había tenido mi propia experiencia con psicodélicos y, así como fueron interesantes, la mayor parte del tiempo parecían más una distracción que otra cosa.

Se ha escrito mucho acerca de 2012, apuntando tanto al valor como a las falencias de las interpretaciones de Argüelles y de McKeena. No pretendo repetirlas aquí. La rareza de las ideas no me repele. Cuando me topé con ellas estaba leyendo a Rudolf Steiner, quien tenía sus propias profecías respecto del tercer milenio, las cuales para ser honesto, eran un tanto vagas. También había pasado algunos años con el trabajo de Gurdjieff, por lo que las ideas raras no eran una amenaza. Lo que me molestaba entonces, y también hoy, es lo que llamo “el gesto apocalíptico”, un punto que subí hace poco al sitio eeb, Reality Sandwich, la mayor parte del cual está dedicado al escenario del 2012.

El deseo de romper de una vez por todas con las condiciones de vida dadas parece, al menos para mí, estar profundamente enraizado en nuestra psiquis y es una forma histórica de impaciencia evolucionaria. Condiciones políticas, sociales o culturales pueden gatillarla, pero en esencia es la misma reacción que perder la paciencia con algún molesto negocio mundano y, en la frustración, hacerlo a un lado en un intento de hacer borrón y cuenta nueva. Mientras en nuestras vidas personales esto puede resultar en nada más que un continuo de falsos comienzos y una falta de estar en control, en un escala político social más amplia puede significar algo mucho más serio.

En ensayos como The Destructive Character (El carácter destructivo), Critique of Violence (Crítica de la Violencia) y Theological-Political Fragment (Fragmento teológico-político), el pensador cultural germano-judío Walter Benjamin, quien combinó un Marxismo idiosincrático con un igualmente excéntrico entendimiento de la Kabbalah, argumentó a favor de la necesidad de una violencia apocalíptica con el fin de producir La Era Mesiánica. Sea por la lucha de clases o la guerra moral de Jehová, Benjamin creía en la necesidad de algún evento final conclusivo que restauraría el mundo caído al paraíso.  La violencia de la intervención divina y un repentino cambio escatológico iluminan la visión de la historia de Benjamín, la cual él vio predominantemente como una “simple catástrofe que continúa acumulando ruinas sobre ruinas”. Esta hambre por acción, decisiva para remover la acumulación del mundo postlapsario, iluminó la vida personal de Benjamín también y, en 1940, tratando de escapar de los Nazis, cometió suicidio realizando él mismo una violencia apocalíptica que había contemplado largamente. Al mencionar a Benjamin no estoy sugiriendo que los creyentes en el 2012 promueven la violencia. Estoy diciendo que la anticipación de una singularidad asociada con 2012 es una manifestación de lo que puede muy bien ser un arquetipo junguiano, el arquetipo del Apocalipsis. Y mientras la violencia puede no ser parte de la profecía, puede fácilmente llegar a ser parte del anticlimax cuando el Apocalipsis no llega y el desencanto se instala. La historia reciente lo sugiere. El Verano del Amor, en 1967 – que en muchas versiones no fue tan maravilloso como se creyó – rápidamente se convirtió en el año del Hombre que Pelea en la Calle cuando la brecha generacional prometió convertirse en algo parecido una revolución y peligrosos slogans como “si no eres parte de la solución, eres parte del problema”, promoviendo un escenario simplista de nosotros o ellos. Incluso para 1969, las esperanzas de una Era de Acuario habían sido severamente golpeadas por los horrorosos asesinatos de Charles Manson y el desastroso concierto de los Rolling Stones en Altamont, cuando “Los Ángeles del Infierno” asesinaron a un hombre y aterrorizaron a cientos más, incluidos los Stones. Cuento la historia en: Turn off Your Mind: The Mystic Sixties and the Dark Side of Aquarius (Apaga tu mente: los místicos 60 y el lado oscuro de Acuario).

Las esperanzas exorbitantes pueden a menudo conducir a depresiones muy profundas y en un sentido microcósmico popular, dentro de unos pocos años de paz y amor abrazado sin reservas por la generación de las flores, llegó el “no futuro” de los punks. El cinismo, el cansancio y el pesimismo a menudo constituyen la resaca de la intoxicación de expectativas excesivamente altas. Nadie rechaza los ideales más vigorosamente que un romántico herido.

Nuevamente, al mencionar esto no estoy diciendo que las muchas crisis que conducen a algunos a mirar el 2012 como una solución no sean reales; claramente lo son. Todos las conocemos y sería tedioso para mí desenrollar una lista.  Pero anticipar un Apocalipsis o una singularidad es solamente una respuesta a la crisis. Hay otras y un cambio radical en la naturaleza de las cosas es solamente una posibilidad.

El filósofo Jean Gebser, quien argumentaba persuasivamente que estamos experimentando lo que el llamó un quiebre en nuestra “estructura de consciencia”, vio también cambios significativos en el horizonte histórico. Gebser, sin embargo, no se ató a sí mismo a un plazo límite y no anticipó una era dorada. “El mundo no será mucho mejor -escribió Gebser- solamente un poquito diferente y tal vez un poco más apreciativo de las cosas que realmente importan”. Para aquellos esperando alguna alteración sin precedentes en las condiciones de existencia, esto probablemente parezca un poco insípido. Para íi es una meta más que suficiente por la cual trabajar y si tan sólo un puñado de personas llegan a “ser más apreciativas de las cosas que realmente importan”, entonces la Fuerza de Vida, la evolución o como sea que quieran llamarlo, está logrando que se haga su trabajo.

En su Estudio de la Historia, una descripción del alza y caída de las civilizaciones, el historiador Arnold Toynbee dice que hay dos respuestas estereotípicas para lo que él llama tiempos de dificultades: “Los puntos de crisis que hacen o quiebran a una civilización”. Uno es el “arcaico”, un deseo de regresar a un tiempo feliz o edad dorada. El otro es el “futurista”, una urgencia por acelerar el tiempo y el salto a un futuro sorprendente.  Que ambas posiciones sean abrazadas hoy me parece claro. La creencia de que la gracia salvadora puede venir de la gente indígena no occidental, que no han sido tocadas por los pecados de la modernidad, es parte de una “renovación arcaica”.

Del mismo modo, el trans o post humanismo que ve la salvación como una forma de matrimonio tecnológico entre el hombre y el computador, tiene igualmente algo de moda. El escenario 2012 parece participar de ambos puntos: propone un retorno a las creencias de la civilización antigua para dar un salto hacia un futuro inimaginable. Lo que ambas estrategias comparten, sin embargo, es el deseo de escapar del presente. Dado nuestro propio “tiempo de dificultades”, esto parece bastante comprensible.

Toynbee también creía en lo que yo llamé Goldilocks theory of history (La teoría de la historia de Ricitos de Oro) y para mí tiene mucho sentido. Si una civilización tiene que enfrentar un desafío demasiado grande, se destruye, decía él. Si el desafío no es lo suficientemente grande, la civilización lo supera demasiado fácilmente, se pone decadente y se corrompe, se descompone. Pero si un desafío es “preciso” –ni demasiado grande, ni demasiado pequeño- obliga a la civilización a hacer el esfuerzo suficiente para avanzar creativamente. Tristemente, la mayoría de las civilizaciones que ha estudiado Toynbee han colapsado o se han ablandado. El veredicto aun no ha llegado a la nuestra y como todos saben, no hay garantías. Pero yo estoy dispuesto a hacer una apuesta. Todavía quedan algunos años y por supuesto que las cosas pueden cambiar, pero yo estoy dispuesto a arriesgarme a que, con algo de suerte, el 2013 mostrará que estábamos en lo cierto. Tratar de resolver nuestros desafíos exitosamente nos dará, al menos, algo que hacer cuando el Apocalipsis no llegue.

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