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Villancicos, ese invento granadino

Fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, creó en el siglo XV la tradición de la canción navideña con la idea de atraer a los fieles

ESTÁN por todas partes y suenan en los centros comerciales, en las calles y plazas. Junto al belén y al árbol son el símbolo de la Navidad, pero sonoro: los villancicos, ese invento granadino. La idea inicial de tan tradicional actividad parte de Fray Hernando de Talavera (Talavera de la Reina, 1428- Granada, 1507), eclesiástico muy conocido por ser el confesor de Isabel la Católica. Pensó -como tantos humanistas que defendían en aquella época las lenguas romances- que las misas y maitines, con sus salmos, antífonas, lecciones y responsorios en latín, como prescribía la liturgia, resultaban demasiado farragosos cuando se podrían hacer en castellano. Sobre todo de cara a sus feligreses, que nunca entendían, valga la expresión, de la misa, la media.

Más aún cuando el que fuera el primer arzobispo de Granada tras la toma de la ciudad por los Reyes Católicos, debía difundir la fe entre una gran población morisca. En 1493 la población nazarí debía convertirse al cristianismo, aunque no fue lo inicialmente pactado en las Capitulaciones.

Pero los villancicos eran una especie de representación litúrgica más que las canciones que en la actualidad se conocen. Fray Hernando decidió incorporar al repertorio eclesiástico aquellas piezas que eran cantadas por los trovadores y romances de ciego. En definitiva, elevó a los altares a la copla popular con tal de extender y divulgar la fe católica entre la población morisca.

El biógrafo de Fray Hernando de Talavera cuenta que «en lugar de responsos hacía cantar algunas coplas devotísimas. De esta manera atraía el santo varón a la gente a los maitines como a la misa. Otras veces hacía hacer algunas devotas representaciones, tan devotas que eran más duros que piedras los que no echaban lágrimas de devoción».

Gran éxito popular

La propuesta, de gran éxito popular, fue rápidamente sancionada y prohibida por las autoridades eclesiásticas, que no lograron impedir, finalmente, su restringida expansión en la liturgia de las fiestas más importantes, es decir, Navidad, Reyes, Corpus, Asunción, y algunas otras de carácter fuertemente local.

Pero la iniciativa musical de Fray Hernando de Talavera así como su actitud tolerante respecto a musulmanes y judíos le hizo sufrir la persecución de la Inquisición, aunque finalmente fue rehabilitado por el papa Julio II.

El Santo Oficio no pudo acabar con la propaganda de la fe ideada por el arzobispo de Granada, un sistema que se extendió por todo el reino. Llegó a tal la importancia de contar con unos buenos villancicos, que las oposiciones a maestro de capilla de una iglesia o catedral consistían en musicar una serie de textos de villancicos dados al compositor. Además, una vez admitido el opositor, se le dispensaba de obligaciones eclesiásticas durante meses, e incluso la ausencia absoluta con tal que tuviera el tiempo y concentración suficiente para lograr unos lucidos villancicos.

Poco a poco, las catedrales ricas comenzaron a costear la impresión de los textos de sus villancicos, En un principio lo hicieron meramente como recuerdo de la fiesta, pero después, ya pasada la segunda mitad del siglo, con objeto de que el público asistente a las festividades pudiera seguir y comprender lo que se estaba cantando. Se repartían a las autoridades por medio de unos monaguillos vistosamente ataviados, aunque el resto podía comprarlos a los ciegos encargados de los célebres romances: «Y de aquí, por las calles vayan los ciegos / a vender villancicos / del Nacimiento.»

Llenazos en las iglesias

Por otra parte, el fenómeno social de estas fiestas litúrgicas era inimaginable para espíritus modernos. Se sabe que la aglomeración de gentes de todo tipo abarrotaba catedrales y parroquias hasta el punto de invadir el coro en el que se cantaban y representaban los villancicos. Un moralista contemporáneo describe uno de estos conciertos eclesiásticos de la siguiente manera: «Hállanse personas tan indevotas, que, por modo de hablar, no entran en la iglesia una vez el año, y las cuales, quizá, muchas veces pierden misa los días de precepto, sólo por pereza, por no levantarse de la cama; y sabiendo que hay villancicos, no hay personas más devotas en todo el lugar, ni más vigilantes que éstas, pues no dejan iglesia, oratorio ni humilladero que no anden, ni les pesa el levantarse a media noche, por mucho frío que haga, sólo para oírlos».

Sin lugar a dudas el ámbito social y festivo en que estos acontecimientos se realizaban va a cargar las tintas literarias y llenarlas de toda la imaginería popular sobre todo hijo de vecino, sobre todo tema candente de la calle, sobre todas las personalidades, personajes de la vida y vía pública, sobre todas las clases sociales, los marginados, los extranjeros, las profesiones y las procedencias. Cabe en estos villancicos toda la vida nacional, la viveza de sus gentes, la expresión de un mundo y una época vista con aire de fiesta, de jácara, de burla, entre las que conviven verdades, mentiras, y el buen humor.

Testigos de la creación de villancicos son las partituras existentes en la Capilla Real de la Catedral de Granada, ya que Fray Hernando de Talavera no sólo incorporó las canciones navideñas como forma de promocionar a la Iglesia católica sino que trajo a Granada a una serie de impresores alemanes, que pudieron publicar algunas de aquellas canciones.

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