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El obispo de la Diócesis de Córdoba, Demetrio Fernández MADERO CUBERO

Vacaciones (y gracias)

El obispo de Córdoba (como otros obispos del orbe) come al menos tres veces al día. También trabaja a todas horas, porque es pastor y esa es una misión que no entiende de horas ni de días ni de noches, ni de inviernos o veranos.

El obispo de Córdoba nos insta a tomar vacaciones. Gracias. Porque el ansia de trabajar sin cesar nos puede convertir en avariciosos.

La avaricia es un pecado y el trabajo, una condena (eso lo dice la Biblia que es, digamos, el BOE con el que se rigen los obispos).

Don Demetrio, obispo de Córdoba, nos recomienda tener vacaciones y alejarnos, por un momento, del trabajo y la avaricia y el sudor que provoca.

Agradezco la carta semanal del obispo que nos recuerda que “Dios hizo su obra durante seis días y al séptimo, descansó”. Dios estaría agotado, supongo, e hizo bien y se reguló así la semana. Dios debió irse a Fuengirola, si Fuengirola y los apartamentos de Sofico aparecieran en el Antiguo Evangelio y Manuel Fraga fuera ya ministro. Que no me extraña.

Dios se aprovechó de las residencias de verano en los apartamentos de La Línea de la Concepción del Sindicato Vertical (puede que Dios fuese sindicalista y vertical, no horizontal). Y así vio el mar y caminó sobre las aguas de la playa de El Rinconcillo hacia la orilla y hasta el kiosco para pedirse una mirinda, zampársela de dos tragos y eruptar con una sonrisa de satisfacción. Dios llevaba un bañador meyba de cuadritos que tardaba en secarse.

Como yo.

Hace unos años me encontré al obispo de Córdoba en Vera, en Almería, de vacaciones, en un hotel nudista que hay allí muy confortable. Fue una casualidad.

Mis respetos, monseñor, le dije. Te bendigo, hijo mío, me dijo él al borde de la piscina.

Recuerdo que, como yo, como todos allí, estaba desnudo y se estaba tomando un bloodymary en un cáliz dorado. Qué mejor. La sangre.

Yo me zampé un güisqui de malta. También dorado por la luz del Mediterráneo.

Estábamos de vacaciones. Y sin ropas talares, ni otras.

Parecíamos dos hombres hablando de tú a tú. Dos iguales.

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