Una de obispos

La raíz etimológica de obispo está emparentada con la palabra microscopio. ¿Quién fuera a decirlo, verdad? Ambos términos derivan del griego skopein, cuyo significado es observar, mirar, supervisar y vigilar con atención.

Tradicionalmente, el episcopus, el obispo, ha sido siempre “aquel que observa desde arriba”. Y, si es arzobispo, desde la estratosfera.

Por tanto, no extrañará que, dada esta naturaleza mirona y voyeur de la palabra, la casta episcopal esté muy preparada para interpretar lo que sucede en este mundo, aunque se trate de mundanos resultados de unas elecciones políticas.

Desde luego, el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, es uno de esos sujetos privilegiados, cuya mirada sobre la realidad sobrepasa con creces la de los mortales rasos que se mueven como las lombrices, siguiendo el reguero de los hechos sonantes y contantes.

La pregunta que se hizo casi todo el mundo -excepto los socialistas de Andalucía-, es por qué estos perdieron las elecciones aunque Gusanita Díaz aún siga pensando que las ganaron. La respuesta de los politólogos fue la que cabría esperar de una mente materialista: por la nefasta política del PSOE en estos últimos años en la tierra de los califas y la corrupción, nada eremita, de algunos de sus dirigentes.

En cambio, para el obispo de Córdoba, la causa del triunfo de las derechas estaría en el olvido de Dios con que los socialistas han sumido a Andalucía en estas décadas. El purpurado lo explicó así: «No se puede estar contradiciendo la sensibilidad de un pueblo religioso y cristiano, un pueblo que pide respeto para sus tradiciones religiosas y está dispuesto a respetar a los demás”.

Lo dicho. Demetrio Fernández, al ser obispo, ve más que los demás. Donde solo vemos la caída de una hoja de un árbol y, como mucho, un signo evidente de la teoría de la gravedad, él contempla la grandiosa mano de la Providencia.

Sé que la explicación del obispo se la habrá inspirado el Espíritu Santo o alguno de sus dobles. Por eso, aunque se trate de una osadía por mi parte, me atrevería a preguntar: ¿cuándo a los políticos de izquierdas andaluces, socialistas incluidos, se les ha oído decir una palabra de más contra las procesiones y sus tradiciones religiosas?

¡Joder, señor obispo, si hasta el alcalde de Cádiz, un tal Kichi, impone medallas del mérito no sé qué a la Virgen no sé cuál!  Para colmo, los podemitas Monedero Iglesias aplaudieron el hecho de su compadre como lo haría un cardenal de Roma.

¿Cuándo ha visto su eminencia a los dirigentes socialistas de la Junta negarse a celebrar un evento religioso, vestidos en cuerpo de ciudad? ¿La Junta de Andalucía en contra de las tradiciones religiosas? No me suena. Sobre todo, cuando dicha Junta conoce de primera mano, como también lo sabe la Iglesia, que sus arcas aumentan gracias al turismo religioso que generan dichas procesiones y romerías.

Por si fuera poco, Andalucía, señor obispo, es una de las comunidades de España donde más se conculca el principio de aconfesionalidad que marca la Constitución en su artículo 16. 3. No hay político andaluz que se precie, de derecha y de izquierda, que no asista a una procesión representando a la ciudadanía, o que no sea miembro de alguna cofradía del Nazareno o de la Dolorosa.

Es un hecho. La aconfesionalidad constitucional sigue sin estrenarse en Andalucía.

Y, si no fuera como sugiero, entonces, sí. Entonces, cabría decir que los andaluces están de enhorabuena, porque, gracias a estas elecciones y, según el verbo doctrinal del obispo de Córdoba, “Andalucía ha vuelto a su ser, al Dios que ha configurado nuestra historia”.

Como lo leen. Para este obispo, y no es el único, existe un Dios que ha conformado y dispuesto nuestra Historia, la única, la grande y libre que debe figurar en los anales de la Historia. La Historia que han conformado heterodoxos, herejes, librepensadores, ateos, comunistas, socialistas y republicanos es una mierda, con perdón, aunque ya saben que, como decía Roland Barthes, la mierda escrita no huele.

Y bien, supongo que, ustedes como yo, se preguntarán en qué Dios de nuestra historia más reciente y del pasado estaría pensando este obispo al referirse a Dios como tal Configurador Universal.

No es difícil imaginarlo, desde luego. Este Dios no es otro que el Dios de la santa Cruzada de 1936, el mismo que sacaron con fórceps de la Suma Teológica de santo Tomás de Aquino los obispos golpistas. Es el Dios del cardenal primado Gomá y de su sucesor en el cargo Pla y Deniel, y de tantos obispos que apoyaron el golpe de Estado militarista, Olaechea o Domenech -este con calle dedicada todavía en Zaragoza-, y varias decenas más.

Y, si se trata de este Dios, algo que yo no dudaría, ya podemos ir haciendo las maletas y pensando en marcharnos al desierto de Gobi. Este obispo es capaz de coger a “los sin Dios” por los cuernos y quemarlos en la plaza del pueblo.

A no ser que algún juez envíe un exordio a este obispo de Córdoba manifestándole que suspirar por ese Dios, que configuró el Nacionalcatolicismo franquista, está en contra de la Constitución y de la más elemental libertad religiosa. Y, ya de paso, aconsejarle a que, en lugar de dedicarse a dar homilías políticas centrifugadas por la roña de su integrismo religioso, invierta su tiempo libre en labores agrícolas, haciendo honor a su nombre, Demetrio, seguidor de Deméter, diosa de la agricultura.

Lamentablemente, no creo que caiga semejante breva; demasiado verde. Pero, por sugerirlo, que no quede.

Víctor Moreno

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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