Tradición, cultura y barbarie

Los seres humanos solemos usar distintas varas de medir según nos convenga. Entre los partidos políticos, la corrupción del conmilitón se considera menos grave que la que se perpetra en casa del rival. Así, el PP carga con su artillería mediática contra el PSOE por los ERE de Andalucía, y el PSOE arremete con su brigada de acólitos contra el PP por los casos Bárcenas, Gürtel o la Púnica. Y ambos exigen que los imputados del otro (bueno ahora se emplean eufemismos para designarlos) no vayan en las listas electorales, pero colocan sin el menor pudor a los suyos.

En esto del doble rasero, el personal de a pie no suele ser diferente a los políticos. En estos días de Semana Santa se ha visto a miles de fervorosos españoles, al parecer piadosos amantes de las tradiciones católicas, en procesión por las calles de toda España, vestidos de las maneras más curiosas, cubierta la cabeza con apuntados capirotes, el rostro tapado con máscaras de todo tipo y el cuerpo vestido con túnicas de todos los colores. También se ha visto a penitentes ensogados, con la carne y la piel cubiertas de hematomas, heridas y llagas. No han faltado los flagelantes, con la espalda en carne viva y la piel desollada por una dolorosa autoflagelación. Y han abundado los imitadores de Jesús de Nazaret, con coronas de espinas sobre la cabeza, derramando gotitas de sangre sobre la frente, o con argollas de hierro en los tobillos y los pies, tumefactos tras arrastrar unas cadenas y recorrer descalzos el largo trayecto de una procesión.

En los países de civilización católica, estas manifestaciones no solo se consideran tradiciones a conservar y fomentar, sino que se ensalzan en carteles, folletos y anuncios como reclamo para vacaciones, e incluso gozan de declaración oficial «de interés turístico nacional», y se definen como «cultura».

Pero cuando en otros países de mayoría musulmana, budista, taoísta o animista se hacen cosas similares, esas tradiciones extrañas se presentan como propias de civilizaciones inferiores, más retrasadas y menos cultas.

Algunos de los que se levantan la piel a tiras en recuerdo de la flagelación de Cristo o se crucifican en memoria de su pasión, suelen definir a los chiítas que se provocan pequeñas heridas en la cabeza y sangran mientras conmemoran el asesinato del califa Alí o el de su hijo Husayn como retrasados e incultos salvajes.

¡Ah, claro!, es que lo nuestro es tradición y lo de los otros barbarie. Cuestión de sentimientos.

José Luis Corral  Escritor e historiador

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