Santo chumino

Hay abanderados de causas religiosas cuyos actos parecen alejarse de los mandamientos de Dios.

Acaba de terminar, y ya está visto para sentencia, el juicio contra una manifestante que participó en las protestas contra el intento de reforma de la ley del aborto de Ruiz Gallardón, una propuesta que recortaba derechos que nos trasladaban a estados pretéritos y que supuso la tumba política del exalcalde de Madrid. Aquello ocurrió en marzo de 2013 (de la velocidad de la justicia hablaremos otro día) y uno de los momentos álgidos de aquellas protestas fue la ‘Gran Procesión del Santo Chumino Rebelde’, promovida por la ficticia ‘Hermandad del coño insumiso’ y que era en realidad una ‘performance’ gobernada por una enorme vagina de látex dirigida con actitud procesional, una blasfemia como otra cualquiera que tiene al componente político en sus intenciones y a la libre expresión en su forma de relacionarse con el contexto.

No ha sido la Iglesia, sino una asociación de abogados cristianos que, con más papismo que el Papa, entiende que esta marcha tenía como objetivo ofender mediante la mofa de símbolos sagrados, y aseguran que ellos mismos se sintieron fatal, afirmando que recibieron llamadas de gente dolida. Esta divina congregación promulga la piel fina, ya que desde ella se han interpuesto denuncias contra clínicas, políticos, artistas y en general contra todo lo que se mueva con sospecha libertaria o con una crítica explícita a valores supuestamente religiosos.

En este juicio, que seguro que tuvo momentos divertidísimos, se acusa a una mujer que participó en la manifestación como una más, a veces agarrando el megáfono, otras vociferando con la excitación propia de toda protesta, y este hecho forma parte indivisible de este trance procesal: ni siquiera fueron las manos de la denunciada las que confeccionaron el chumino de látex que, por cierto, después de su actuación en Málaga, emprendió una gira nacional con desiguales consecuencias, transformada en una especie de estrella plástica del pop. En el juicio se acusa a una persona, pero en la base está la penitencia de toda la manifestación; quiero decir con esto que lo más probable es que no hubiera habido ninguna acusación formal si, en lugar de una manifestación contra el aborto, esta procesión se hubiera celebrado en la despedida de soltera de una lesbiana de Teruel, dicho sea con todo mi respeto y admiración al movimiento lésbico turolense que si bien podría sentirse ofendido por esta mención y abrir un proceso judicial contra mí, algo que seguramente no harán ya que saben que tampoco se puede ir por la vida denunciando a los demás por sentirnos ofendidos por cualquier cosa, por más soez u ordinaria que pueda parecernos. Por eso la propuesta de defenderse de nuestras ofensas por vías judiciales resulta al mismo tiempo patética y peligrosa. Hay abanderados de causas religiosas cuyos actos parecen alejarse de los mandamientos de Dios.

Txema Martín

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