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Un hombre con la bandera republicana en Madrid en un homenaje a los fusilados por el franquismo.

República federal laica · por Antonio Rivera

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Nuestras derechas tienden a ser demasiado conservadoras y su visión de una España unitaria y esencialista las lleva a una concepción estática, inmutable y jerárquica de un cuerpo político plural

Con clarividencia impostada y prestada, Isabel Díaz Ayuso acertó a identificar el sueño de los de enfrente y la pesadilla de los suyos. Ya no era tanto el comunismo como una República federal laica a la que el Gobierno nos estaría llevando de facto, sin que pudiéramos apreciarlo en sus calculados movimientos. El descubrimiento alegró a sus contrarios, que confirmaron lo preciso de su aserto, superior al que ellos mismos eran capaces de manejar como síntesis de sus anhelos políticos. La Federal, aquel mito decimonónico que aunaba un régimen republicano, autogobernado desde los territorios, separado de la Iglesia y, sobre todo, de pequeños propietarios y productores, equitativo en el reparto de los esfuerzos del trabajo, regresaba al presente después de decenios ocultado. La clarividente política del PP despejaba telarañas. Gracias, Isabel.

Obviamente, esa no era su intención. El objeto eran los suyos, despistados ante los embelecos del Ejecutivo y la pérfida precisión de su hoja de ruta. Al cabo de los años, Dios-Patria-Rey —Altar, Nación-Trono en su versión menos tradicionalista, la liberal-conservadora— sigue siendo el trinomio favorito y preciso de nuestras derechas patrias. Por eso, lo que suena a su contrario invoca los atávicos demonios de una cultura política instalada históricamente en el pasado. No se necesitan explicaciones; basta decir república-federal-laica y todos los suyos lo entienden.

¿Y por qué? Es cierto que, obviando contextos históricos y explicaciones más apuradas, las dos experiencias republicanas españolas no son lo más agradable para echarse al recuerdo. Adobar sus memorias de inestabilidad, tensión, amenazas e incluso violencia extrema no es difícil si se quiere hacer. Pero, posiblemente, tan negativa reminiscencia tiene que ver sobre todo con que, sin contar nuestra actual experiencia democrática, contiene los dos momentos más icónicos en que nuestras derechas fueron desalojadas del poder: el Sexenio Democrático y la Segunda República. Las derechas tienen un sentido patrimonial del poder político (y de los otros también), de manera que esas y otras experiencias en que estuvieron fuera de él las interpretan como contra natura o como producto de una celada de grandes proporciones (y lo mismo da el 14-M de 2004 que la moción de censura de 2018); en la interpretación más liviana, serían resultado de errores propios (el 28-O de 1982 y los 14 años de Ejecutivo socialista con Felipe González, o incluso el abrazo del dictador Primo de Rivera con el rey Alfonso XIII).

El resultado de no desasirse de lecturas en exceso historicistas es que nuestras derechas tienden a ser demasiado conservadoras. No solo apartan de su vista y como recurso soluciones de política práctica que en países vecinos son perfectamente compatibles con su naturaleza ideológica: las derechas francesas o alemanas son también indistintamente republicanas, laicas y federales, según los casos, igual que las americanas y las de medio mundo. Además, su tan compacta trilogía remite a una trinidad de aromas teológico-políticos impropios de un siglo XXI moderno (porque cabe la posibilidad conocida de otro reaccionario). Su visión de una España unitaria y esencialista, que lo es porque es católica (sin poder ser otra cosa sin perder su razón de ser y sin poder ser revisada su condición por el gusto de una generación), porque su objeto histórico trasciende la nimiedad de la política –en la mejor tradición de Donoso Cortés y luego de Menéndez Pelayo-, encuentra en la corona el cierre coherente de una concepción estática, inmutable, jerárquica, exclusivista y excluyente de ese cuerpo político plural que es y debe seguir siendo el Estado nación español.

Hasta 1978, la historia contemporánea española fue la de unas derechas que trataron y lograron por todos los medios apartar a sus oponentes de izquierdas del poder —47 años de dictaduras conservadoras en el siglo XX lo atestiguan—, además de satanizar algunos objetivos políticos neutrales —república, autogobierno territorial, separación Iglesia-Estado— hasta convertirlos en objetos de parte, cosa que con atravesar los Pirineos se aprecia que no lo son. Se privan así de posibilidades para ampliar su espacio político y limitan las del país, porque remiten estas a experiencias históricas nefastas, que se repetirían hoy con el mismo resultado final. Sin embargo, la realidad reciente está demostrando lo contrario, y el sano laicismo, la separación entre Iglesia y Estado, los autogobiernos regionales, la economía de mercado con responsabilidad social o la extensión de derechos y garantías ciudadanas prosperan, las más de las veces, a pesar suyo, tras vencer su inicial repugnancia (y la judicialización correspondiente de esos avances).

Nuestras derechas deberían hacer un esfuerzo de aggiornamento e incorporar otras posibilidades a su agenda, aunque a medio plazo no figuren entre sus elecciones favoritas. Nadie les obliga a ser republicanas, federalistas (o, al menos, federalizantes) y seculares, y ni tampoco liberales de convicción, pero el país y la política ganarían mucho si, al menos, contemplaran todo esto como posibilidad y no como clavo ardiendo para situaciones extremas.

Antonio Rivera es autor de Historia de las derechas en España (La Catarata).

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