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RECOMENDADO: Si no crees, respeta · por Alicia Ramos

En estos días, millones de personas podrían estar conmemorando un evento natural catastrófico, clave en la evolución política de las culturas del Bronce Tardío en el Mediterráneo Oriental

“Si no crees, respeta” reza el rótulo sobre la foto de un hombre barbado que se lleva el dedo índice de una velludísima mano derecha a los labios ordenando el silencio. En algún momento de mi infancia me explicaron que el respeto no se impone ni se exige, se gana. ¿Y cómo puede ser entonces que tantas y tantas veces se exija respeto en virtud de oscuros códigos de conducta? Porque soy tu padre, porque siempre se ha hecho así, porque forma parte de las raíces de Europa… ¿Y si no estuvieran en realidad hablando de respeto, sino de acatamiento, de sumisión? “No me importa que no creas pero no ridiculices mis rituales porque si lo haces te tengo reservado un castigo que lo vas a flipar”.

Llevo un rato dándole vueltas a ver si recuerdo de quién era la idea de que las mujeres tememos que los hombres nos maten mientras que los hombres temen que nos riamos de ellos. Pero donde estoy no tengo internet y recurro a la infinita sabiduría de la compañera que escribe a mi lado. Y me ilustra: la frase es de Margaret Atwood y dice así: Men are afraid that women will laugh at them. Women are afraid that men will kill them.

En este marasmo de reacción tradicionalista que estamos viviendo y que al propio Burke le parecería desproporcionado, se acaba exigiendo respeto, que me sigue pareciendo una contradicción en los términos, no por no menoscabar la solemnidad de los rituales o ni siquiera para que no desluzcan las procesiones, sino para que no se hagan chistes, para que nadie se ría.

Si aceptamos eso de que el respeto hay que ganárselo y que lo que se exige no es respeto sino otra cosa, algo así como acatamiento, acabamos volviendo al mismo sitio. Si quieres obligar a quien no piensa como tú a que acate tus órdenes, tienes que tener poder o autoridad, o ambas cosas, que casos se han dado. Los antiguos, a los que por lo visto hay que respetar porque son antiguos, distinguían entre potestas y auctoritas. Pero estamos en la misma encrucijada: si tienes potestas no se va a reír ni el Tato, y si tienes auctoritas mucho menos. Así que tampoco vale.

Entonces ya solo se me ocurren dos posibles interpretaciones: a) ponerse la venda antes de la herida, e incluso provocar la herida para ahondar en un rentable victimismo que presente a los católicos como víctimas de una sociedad anticristiana e impía que los persigue aunque todos sus rituales caigan en festivo (como decía alguien muy ingenioso en Twitter, a quien no cito por falta de memoria y de conexión: es muy curioso que todos los hechos importantes en la vida de Jesús le ocurrieran en periodo vacacional), o b), se trata de una audaz ofensiva apostólica que busca evangelizar a una sociedad que está pidiendo a gritos que la obliguen a respetar cosas. Esto es muy posible que sea así, sobre todo porque a mí me parece descabellado y yo siempre me equivoco. Imagínate que, cuando empezó a hablarse del gas argelino como la gran apuesta estratégica europea ante la escasez de gas ruso, pensé “esta es la gran oportunidad histórica del pueblo saharaui” y no tardó Pedro Sánchez ni cinco minutos en salir con una pata de banco. Y lo mismo con la invasión de Ucrania, que yo pensé que no se iba a producir nunca, hasta que un jueves que tocaba Chano Domínguez en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional me desayuné con los blindados avanzando en caravana por las llanuras del preciado chernozem.

Pero algo de cierto hay en lo de que a Jesús de Nazaret le ocurrían las cosas en festivo, porque la Semana Santa para la que se invoca este respeto coincide todavía con la Pesaj, la Pascua Judía, y se rige por el calendario lunar, por eso cae en días diferentes cada año. ¿Y qué conmemoran los judíos en su Pascua? El comienzo del éxodo, la salida de Egipto que se narra en el segundo libro del Pentateuco.

Recientes estudios proponen que la ciudad de Pi-Ramsés, la Ramesés del Éxodo, cuyos primeros restos fueron encontrados a kilómetros del ramal del delta del Nilo en el que se hallaron sus cimientos, fue arrasada por un tsunami que, proveniente de algún punto del Mediterráneo central, penetró por el delta y, desviando los cauces de los ramales, desplazó material de Pi-Ramsés hacia el este. El origen de esta ola destructiva, por la cronología, pudo ser la erupción y el posterior colapso del volcán de la isla de Thera, la actual Santorini, que significó el comienzo del fin de la cultura minoica, con la que Egipto comerciaba de forma fluida y a la que en sus textos se refiere como Keftiu. Si es que Keftiu no es otro lugar, que a saber.

Así que, en estos días, millones de personas conmemoran, sin ser muy conscientes de ello, un evento natural catastrófico clave en la evolución política de las culturas del Bronce Tardío en el Mediterráneo Oriental, llevando en procesión figuras que representan poderes tal cual lo hubieran hecho los babilonios mucho antes de que los padres de Ramsés se conocieran.

Puede que esta no sea la explicación definitiva de la decadencia de Pi-Ramsés, puede que haya formas menos espectaculares de explicar el abandono de la ciudad y la colmatación del ramal que la sustentaba, pero, si no crees, ya sabes: respeta.

Alicia Ramos

Alicia Ramos (Canarias, 1969) es una cantautora de carácter eminentemente político. Tras Ganas de quemar cosas acaba de editar ‘Lumpenprekariat’. Su propuesta es bastante ácida, directa y demoledora, pero la gente lo interpreta como humor y se ríe mucho. Todavía no ha tenido ningún problema con la Audiencia Nacional ni con la Asociación Española de Abogados Cristianos. Todo bien.

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