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¿Qué laicidad para España? · por José-Luis Rubio

​Descargo de responsabilidad

Esta publicación expresa la posición de su autor o del medio del que la recolectamos, sin que suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan lo expresado en la misma. Europa Laica expresa sus posiciones a través de sus:

El Observatorio recoge toda la documentación que detecta relacionada con el laicismo, independientemente de la posición o puntos de vista que refleje. Es parte de nuestra labor observar todos los debates y lo que se defiende por las diferentes partes que intervengan en los mismos.

La historia de la laicidad en España es corta, muy corta. No podré contarla, pero sí puedo ir marcando hitos que nos permitan llegar a obtener lo que no pudo obtenerse aun. Ahí va

Empieza la laicidad en España con un intento fallido, el proyecto de ley sobre la libertad de culto y que no fue más allá al quedar el proyecto en…proyecto y que la Primera República Española (1873) duró 10 escasos meses. Tuvo que esperar el país a que se proclamase la II República el 14 de abril de 1931 y fue en el mes de diciembre cuando se publicó la Constitución Republicana donde se estipula en su artículo 3: “El estado español no tiene religión oficial” . En los artículos 26 y 27 se fijan los criterios del Estado sobre la cuestión religiosa. El artículo 26 recoge la prohibición de mantener, favorecer o auxiliar a las instituciones religiosas por parte de las administraciones públicas de entonces. Y disolver las órdenes religiosas que tuvieran, aparte de los tres votos canónicos (pobreza,obediencia y castidad) un cuarto de especial obediencia a “autoridad distinta de la legítima del Estado”. Basándose en ese artículo se procedió por enésima vez a la expulsión de los jesuitas de España. El resto del artículo pormenoriza sobre el tratamiento que debía darse a las órdenes religiosas. El artículo 27 reconoce la libertad de conciencia, la laicidad de los cementerios, el reconocimiento a la libertad de celebrar el culto privado, en cuanto a las manifestaciones públicas, se remite a la autoridad gubernativa. Finalmente se señala en el mismo artículo que nadie puede ser obligado a manifestar públicamente sus creencias, así como las mismas no podían ser “circunstancias modificativas de la personalidad civil ni política”. Y eso es, en sustancia, toda la Historia de la laicidad en España.

El año 1978 será el que nos “descubra” la nueva Constitución democrática aprobada por los Diputados el 31 de octubre de 1978 y publicada el 6 de diciembre de ese año, donde se dice lo que debe ser el estatuto religioso del país en su artículo 16. Más adelante daré buena cuenta de lo que de constitucional y laico tienen ese gobierno y los que le han seguido hasta hoy en materia de religión frente al Estado de derecho. Y desde luego, señalar que ni se ha intentado el más paqueño amago para pronunciar una laicidad en buena y debida forma y mucho menos meterse en camisas de once varas en cuanto a la separación del Estado y las instituciones religiosas. La laicidad es un concepto que España se niega rotundamente a enfrentar. La iglesia católica tiene tanta potencia en el país que resulta casi iluso imaginar tal separación. Bien es cierto que el país ni está dotado intelectualmente para alcanzar tales simas, ni se tiene la voluntad de hacerlo desde un punto de vista político. Resulta delicado enfrentarse a la Iglesia aun omnipotente. En cierta ocasión señalé la impericia del país en esas lides por la cruel falta de intelectuales de alto nivel y sobre todo de filósofos como los tuvo y tiene Francia, por ejemplo. Aunque, intelectuales, hoy, haberlos, hailos. ¿Alguno de aquellos, leyó alguna vez a Voltaire o a Diderot?

Sin embargo intentaré dar algunos pasos sobre lo sucedido en esta Piel de Toro desde tiempos remotos y que constituyen cierto acercamiento a la laicidad, aunque tímidamente; y que se hubiera podido conseguir algo si España no hubiera adolecido del desierto intectual aludido más arriba además de la falta evidente de voluntad. Un redicho español dice que “el miedo guarda la viña” y es precísamente del miedo que de siempre han hechado mano los gobiernos monárquicos desde tiempos inmemorables, para alcanzar su paz y tranquilidad. Así como las dictaduras habidas en el país.

Desde el Emperador Teodosio I° (343-395), nacido en Hispania, hasta la fecha, con los cortos paréntesis republicanos, las relaciones del Estado español con la iglesia católica han sido de una unión hipostática, osea la unión de esencias divinas.

Tres cuestiones han dividido históricamente a los españoles desde el siglo 19 :

1 -La forma de Estado (monarquía o república)

2 – La articulación interna del Estado (centralismo o federalismo)

3 – La identidad del mismo (confesionalismo o laicismo)

Vayamos por la opción laica.

Lo querramos o no, la dicotomía trinitaria estuvo siempre presente y hoy es omnipresente.

Hora es de entablar el diálogo, tener presentes la razón, la firmeza democrática y sobre todo por lo que desde le Renacimiento, se ha venido a llamar la Modernidad.

El laicismo es una actitud ante la institucionalización de la religión sea ésta la que sea. Considera que la opción personal por lo extra-empírico, como son las bases de toda fe religiosa, se inscribe en el terreno de lo privado, de la conciencia de cada ciudadano. En España el debate está truncado por el tira y afloya de las filias y las fobias., Tanto es así que en España desde hace más de 5 siglos la religión se ha ido tornando más en un asunto de fe supersticiosa que en una fe más o menos razonada.

El cristianismo primitivo se desarrolla muy lentamente por el Imperio Romano, lo cual no impedirá que marque profundamente la organización de la futura iglesia católica.

Desde el papado y sus diversas denominaciones hasta el Sacro Colegio Cardenalicio y su orígen y funcionamiento, pasando por una innumerable lista de ritos, costumbres y liturgias con su léxico incluído, no serían lo que son si el cristianismo y después el catolicismo (universalismo) se hubieran desarrollado en otro lugar del mundo, como por ejemplo en Galilea, en Judea o Constantinopla, o en el Asia Menor.

Lo cual nos lleva a deslindar lo que hay de creencia en la figura de Jesús de Nazaret, lo que se deriva de las influencias políticas y culturales en las que el cristianismo primitivo se desarrolló en Europa; de ahí las diferencias notorias entre el cristianismo primitivo y la institución llamada Iglesia Católica (universal).

Conviene reflexionar sobre los tímidos fundamentos del laicismo a lo largo de los siglos, pues estos vienen dados por el orígen y el motivo de las persecuciones hacia los cristianos en ciertos momentos del Imperio Romano. Independientemente de la crueldad esclavista de la sociedad romana y sus dirigentes, el cristianismo con su negativa, por otra parte lógica, de dar culto al Emperador divinizado, se enfrentaba al fundamento mismo del Estado Romano. Los cristianos no negaban la autoridad del Emperador, sino su divinidad. PRECONIZABAN LA SEPARACIÓN entre las esferas de lo terrenal y político de lo espiritual y religioso y sin la menor contradicción. Ya el Nazareno había dicho que se diese a Cesar lo que es de Cesar y a Dios lo que es de Dios. Resultó que el cristianismo primitivo se adelantó en varios siglos (¿o milenios?) con respecto a los planteamientos del laicismo y la separación del Estado y la Religión. Laicidad embrionaria.

El emperador Constantino puso fin oficialmente a la persecución de los cristianos en el año 313 tras el Edicto de Milán. Donó al Papa Silvestre I°, llaves en mano, un palacio que perteneció al Emperador Diocleciano, gran perseguidor de cristianos. Dicho palacio estaba construido sobre una de las siete colinas de Roma, la llamada Vaticana, en el lugar donde se supone fue martirizado y enterrado San Pedro. Dicho palacio se convirtió con el tiempo, en la Basílica de San Pedro. Al cesar de perseguir a los cristianos y favorecerlos, Constantino obró en pura lógica política. Los cristianos eran cada día más numerosos y determinados en la defensa de su fe, por ende, potencialmente más peligrosos. Era mejor tener a los cristianos bajo control y en paz, que estar en permanente lucha contra ellos.

Más adelante Teodosio I°, el Emperador hispánico, produjo en 380, el Edicto de Tesalónica y procamó así el cristianismo religión de Estado para todo el Imperio Romano. Teodosio intentaba con eso poner fin a la crisis que estaba afectando en profundidad a la mitad del cristianismo, la llamada herejía arriana, la cual no creía en la divinidad de Jesús el Nazareno.

Fue el obispo cordobés Osío (257-357) quien durante el reinado del Emperador Constantino, redactó en el Concilio de Nicea el famoso Credo como respuesta a los arrianos. Un enfrentamiento tuvo lugar entre Osío, casi centenario, (en 356) con el entonces Emperador de turno, Constancio II (317-361), que se reclamaba arriano. Osío le retó con est frase: “Ni a nosotros nos es lícito tener potestad en lo terrenal, ni tú, Emperador, lo eres en lo sagrado”. Otra manifestación pro separación Estado-Iglesia.

Son éstas breves reseñas históricas para mejor comprender lo que había de suceder en España, al menos eso espero.

Ya se ha hablado de la mal llamada Reconquista. La hagiografía de los reyes Fernando e Isabel, delirante en ditirambos, loas y exageraciones sin cuento, no repara en que el catolicismo y la Iglesia que lo representa, fueron la excusa perfecta para intentar conseguir un Estado unitario en lo religioso, ya que en lo político era harto difícil. El acomodo eclesial, afianzado y consolidado obnubiló la sensibilidad evangélica y la memoria histórica del cristianismo primitivo y así donde en Roma fueron Nerón, Diocleciano o Domiciano, en Granada fueron los Católicos Reyes y el Cardinal Cisneros quienes violaron los tratados firmados con Boabdil y obligaron por la fuerza a la población islámica, inmesamente mayoritaria, a la conversión. El arma favorita fue la Inquisición. Osea, la sampiterna unión hipostática Estado-Iglesia.

La Revolución Francesa a penas tuvo eco en España, salvo entre un puñado de liberales, libre-pensadores, intelectuales y demás eruditos, osea los progresistas de la época. Aquellos afrancesados tuvieron que huir de España para salvar la vida. El genial Goya pidió permiso a su patron, Fernando VII°, para tomar los “baños en Dax (Francia)” . Allá fue, volvió poco después a Madrid; arregló sus asuntos y junto con su corta familia volvió a Burdeos donde falleció en 1828, a los 82 años de edad. La temible Inquisición andaba detrás de él.

La chapuza de Napoleón Bonaparte, Emperador de los Franceses.

Tras el Motín de Aranjuez los 17 y 18 de marzo de 1808, Carlos IV , Borbón hasta la coronilla, abdicó en favor de su hijo Fernando VII, el peor elemento que pudo tener el país desde finales del siglo XV. Napoleón llamó (ordenó…) a Carlos IV a reunirse con él en Bayona. A finales de abril, Fernando fue también llamado por el Emperador. La insurrección de los madrileños el 2 de mayo fue utilizada por el Corso para obligar a Fernando a devolver la corona a su padre. Tras lo cual e inmediatamente Napoleón impuso sus condiciones, en primer lugar percibir una cuantiosa suma de dinero por servicios a la corona borbónica, corona que se impuso él mismo sobre la cabeza y que “ en el futuro nuestra sagrada religión ha de observarse en todos los dominios de la monarquía”. En ese momento Napoleón pasó la corona a su hermano José llamado José I° el cual promulgó una Carta Otorgada, mal llamada Constitución de Bayona, con la que se comprometía a que la Religión Católica, Apostólica y Romana sería la del Rey y la de todos los dominios de la Corona.

Más tarde la Constitución de 1812, La Pepa, dice en su preámbulo: “En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la Sociedad…” En el artículo 12 apunta: “La religión de la Nación Española es y será perpetuamente la Católica, Apostólica y Romana, única y verdadera. La Nación la protege con leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra”.Más o manos otro tanto de lo mismo en la Constitución de 1837 supuestamente progresista (¿?),que no llegó a imponerse y se la llamó “la non nata” y repite lo mismo la no menos “progresista” de 1845, añadiendo que el Estado se obliga a mantener el culto y sus ministros. Se repiten usque ad nauseam las constituciones llamadas progresistas hasta 1869 con la misma cantinela.

Rompió la linea seguida hasta entonces la Constitución Republicana de 1873 que declara en sus artículos 34, 35, 36 y 37 : “ El ejercicio de todos los cultos es libre en España”.Queda separada la Iglesia del Estado”. “Queda prohibido a la Nación, al Estado Federal, a los Estados Regionales y a los Municipios subvencionar directa o indirectamente ningún culto”.”Las actas de nacimiento y defunción serán siempre registradas por las autoridades civiles”.

La Constitución republicana de 1873 fue la primera en romper con los hábitos, en el doble sentido de la palabra, practicados hasta entonces. Desgraciadamente aquello duró 10 meses escasos al caer la República tras la imposibilidad de sus dirigentes en optar claramente por Federalismo o Centralismo. El golpe de Estado perpretado por el general Martínez Campos en 1874 fue determinante. Proclamado Rey Alfonso XII, la Constitución de 1876 volvió a las andadas.

La Segunda República española implantó la laicidad en el Estado ; los artículos 3, 26 y 27 aclaran el concepto de laicidad. Aquello fue aceptado por el pueblo con la mayor naturalidad.

Todo se desmoronó con el fallido golpe de Estado del cuarterón de militares que provocó la cruenta guerra que todos sabemos. El 1 de abril de 1939 se acabó la República y comenzó el oscuro túnel de la dictadura franquista que duró oficialmente hasta el fallecimineto del dictador el 20 de noviembre de 1975.

Etapa final (provisionalmente)

En la Constitución de 1978, aprobada en las Cortes el 31 de octubre y proclamada el 6 de diciembre de ese año por referendum, el Estado español, normalizado como Monarquía Constitucional, declara en su artículo 16 :”Se garantiza la libertad ideológica y de culto de los ciudadanos y las comunidades sin más limitación en sus manifestaciones que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la Ley”

“Nadie puede ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias. Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás religiones” . La última frase, escrita por mí en caracteres grasos, no deja de ser sibilina en toda su extensión. Osea, todo cambia pero nada se mueve.

¿Es el laicismo una manía, un capricho, una exageración o más bien la respuesta necesaria a los planteamientos de siglo XXI ? Osea, es algo que podía muy bien haberse solucionado en el curso del siglo 19, los altibajos de políticos de mucha ambición personal y poca mollera, los tira y afloja de filis y fobias han hecho que sea más largo de contar lo que Estado e Iglesia han hecho para acaparar riquezas de todo tipo, casi siempre en provecho exclusivo de la Iglesia, que las posibilidades de llevar a cabo proyectos de renovación y adelanto de la sociedad como es el concepto de la laicidad. Ya lo dije al empezar esta diatriba. También es cierto y es justo señalarlo, que la Historia de España está llena de argumentos en defensa de un Estado Laico, y paralelamente su contrario.

Queda la cuestión estratégica fundamental: La enseñanza. Y esto sucede hoy, en el siglo presente y desde hace 50 años …por lo menos.

La enseñanza pública, impartida en los centros docentes “debe ser respetuosa con los valores de la ÉTICA cristiana”. Cita la Constitución.Osea ya no se trata de “estar en clase de religión” sino en un curso de ética, una asignatura como otra cualquiera y aunque no sea obligatoria para el alumnado, hay una serie de tretas, ardides y marías que condicionan la libertad de padres y alumnos. Si unos padres deciden que sus hijos no deben recibir enseñanza religiosa, el centro docente debe proponer una alternativa para ellos en ese tiempo; pero esa otra asignatura o actividad no debe ir en detrimento de los que acuden a clase de religión, porque se supone que están perdiendo algo importante para su formación. Ahí interviene la maría: “Chicas, chicos, no estamos en clase de religión, sino en clase de ética.” Y nadie se mueve. En este siglo 21 el profesorado de Ética-Religión sigue siendo nombrado por el Ministerio, pero escogido por el obispo de la diócesis, siendo miembro de pleno derecho de los claustros; los contenidos de la asignatura, libros y material didáctico son de la responsabilidad de la autoridad diocesana, exclusívamente.

A pesar de todo el Estado español se define como a-confesional.

Ya relaté en su día cómo se organizan procesiones multitudinarias (casi todas contempladas como de Interés Turistico Nacional, una “maría” más) y en las cuales desfilan Ejército y Fuerzas de Seguridad del Estado en armas. Por consiguiente la denominación a-confesional es mentira. O el Estado incumple la ley Constitucional, o ambas cosas a la vez. Se mire como se mire, es grave.

Es bochornoso ver cómo la Iglesia española hace trampas sin el menor temor a ser inculpados por la Ley. Es que está muy, pero muy protegida. Seguimos con el concepto de unión hipostática de la que hablamos al principio. En lo referente a impuestos e hipotecas, ya se sabe, la Iglesia católica ibérica no paga impuestos de ninguna clase. Y el contribuyente está en albis. Un procedimiento tipo que se utiliza de manera sistemática, un ejemplo: un obispo puede inmatricular en su provecho cualquier tipo de bien, ya sea inmueble o finca sin la necesaria supervisión por el funcionario correspondiente. Desde hace más de 50 años los bienes así adquiridos por la Iglesia han sido ingentes. Y otro ejemplo aun más vergonzoso, si cabe. En el primitivo texto de la Ley Hipotecaria de 1945-46, en pleno franquismo triufante, y en su artículo 206, quedaban exceptuados de esta operación los templos dedicados al culto católico. Pues mediante un Real Decreto y sin pasar por el Congreso de los Diputados, la excepción quedó invalidada. De esa forma la Mezquita Catedral de Córdoba ha pasado a ser propiedad de la Iglesia Católica por la módica suma de…30 euros. Y esto en plena democracia…¿Donde está lo laico en todo esto?

Es evidente, la laicidad del Estado no puede establecerse sin corregir ese bochornoso estado de cosas. Todos esos desmanes deberán ser tratados sin cobardía ni miramientos. Han de ser objeto del tratamiento Constitucional, evidentemente republicano, en base a la más elemental Justicia Distributiva. Si los miembros de la Iglesia Católica, desde el cura párroco hasta el Arzobispo en su sede, quieren vivir, que trabajen como cualquier contribuyente. El robo, por muy enmascarado que venga, no deja de ser robo. Queda bien claro que la laicidad precisa de una vertebración del país donde se desea implantar, en base a la Separación del Estado y de las Instituciones religiosas. Es necesario desarrollar una legislación acorde con todo ello. Y desde luego, elaborar una Constitución digna de tal nombre para la Tercera República española, donde se supriman definitivamente los Concordatos con el Vaticano. La ética laica conduce inevitablemente a una Justicia social; igualdad de derechos, igualdad de oportunidades, igualdad de deberes, la instrucción pública laica, la escuela, facultades, Universidad, el derecho a la información, al aprendizaje de la crítica son las condiciones básicas de esa igualdad.

Está visto que la Historia de la Laicidad en España no se puede escribir si antes no se han dado los pasos precisos para alcanzar la aplicación de la Separación del Estado y las Instituciones Religiosas (y no precísamente sólo las iglesias). Incluso no creo que sea necesario hacer en España como se hizo en Francia en 1905, es decir requisar sistemáticamente los bienes de la Iglesia, su mobiliario y objetos de culto; salvo que se trate de obras de arte de la mano de grandes y prestigiosos maestros (Greco, Murillo…), que irían a formar parte del Patrimonio artístico Nacional, en cuyo caso deberían, si nada lo impide, incluirse en las colecciones museales nacionales.Habrá que pensar en eso. Por una vez, hacer uso de las decisiones de Concilio Vaticano II, que no se limitó a erradicar el latín luturgico para las misas.

Implantar la laicidad en España es hacer una revolución. Esta palabra pertenece al léxico astronómico, que designa el movimiento de un cuerpo astral de un punto A, a su punto de partida en su trayectoria elíptica. Nuestro Planeta tiene dos revoluciones, una sobre su propio eje y la otra alrededor del Sol. Lo digo porque hay que tener mucho cuidado con las palabras, son como los trenes, uno puede ocultar otro que llega en sentido contrario. La revolución en el caso cultural y cultual, me permite remitirme al poeta Maiakovski al decir éste que la revolución crea más problemas de los que puede resolver. Yo creo en la posibilidad de hacer en España posible la laicidad, pero mis dudas tengo. La revolución no es exportable, como lo son las naranjas; me temo que exportar la laicidad según el modelo francés, tampoco. Es posible que me equivoque. Y como ya dijo Marx, Groucho Marx, nunca renunciaré a la libertad de equivocarme.

A modo de epílogo quepan aquí aquellos versos de Antonio Macahado,

Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia
cuanto ignora.

José-Luis Rubio
diciembre 2025- enero 2026


Post-Scriptum.

Cuando en 1933 la derecha tradicionalista creó la CEDA, fue bajo un falso pretexto, el de defender la cristiandad de la sociedad española. En realidad lo que sí pretendían era defender los privilegios de casta de los grandes financieros, y sobre todo los grandes propietarios latifundistas. Tales privilegios duran todavía, aunque la CEDA ya no exista. Así vemos cómo latifundistas de conocido renombre, siguen cobrando subsidios por parte de Europa, por la vía de la PAC, aun cuando la inmensa mayoría de esas tierras estén en barbecho desde hace muchos años. Fuímos testigo ocular de lo sucedido en el otoño de 1983, cuando gran cantidad de jornaleros sin tierra ni trabajo salieron reclamando Pan y Trabajo. El gobierno autónomo, siguiendo el « consejo » del gobierno central, envió un fuerte contigente de Guardias civiles. Había que acabar « con tanta fatua vanidad ». ( Dixit Alfonso Guerra, entonces vice-presidente del Gobierno Central ).

Por otra parte evidenciar que sólo por el advenimiento de la República, fuertemente deseada por la sociedad en su conjunto, es la garantía del restablecimiento de la laicidad en España; único método para poder dialogar entre cuidadanos sin despedazarnos. Convencer que la laicidad no es un bulo ni una trampa, sino un método de convivencia pacífica y estructurante. El cómo vivir en armonía a pesar de nuestras diferencias y antagonismos. Osea, limar asperezas. Por el diálogo todo es posible

Y eso se me antoja fundamental. Vale.

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