Puente Ojea: contradictor de la fe, adalid de la razón

Resumen

Gonzalo Puente Ojea es uno de los más notables historiadores y filósofos que la España contemporánea le ha prodigado al mundo. Su deceso, acaecido en enero de 2017, representa una pérdida irreparable para la cultura intelectual de nuestra época.
Puente Ojea publicó una veintena de libros sobre historia del cristianismo primitivo, antropología de la religión, ateísmo, laicismo y otras temáticas atrapantes, todos ellos de una agudeza y fecundidad extraordinarias. Su obra cumbre, La formación del cristianismo como fenómeno ideológico (1974), es de lectura obligada entre quienes desean conocer y comprender en serio, sin mistificaciones teológicas, con las categorías críticas del materialismo histórico, la génesis del credo religioso más extendido e influyente del mundo.
El presente ensayo tiene por objeto principal reflexionar sobre ciertos aspectos de la producción intelectual puenteojeana que no han concitado atención, o no al menos la suficiente; y que resultan para el autor particularmente atractivos, significativos.

Palabras clave
Ateísmo; Laicismo; Marxismo; historia del cristianismo primitivo; Antropología de la religión

Probablemente, muchos me identificarán como un vehemente enemigo
de la Iglesia y de la religión. Pero esa palabra no sería la adecuada.
Podría decirse que soy un contradictor, o tal vez un adversario,
de toda alienación religiosa, y aún mucho más de la institucionalización
de esta alineación en forma de iglesias, sectas o asociaciones.

Gonzalo Puente Ojea[1]

I.

No es mi intención aquí —acaso por temor a la redundancia— describir la vida, la obra y el pensamiento de Gonzalo Puente Ojea, diplomático de carrera y ensayista por vocación, sin duda uno de los más notables historiadores y filósofos que la España contemporánea le ha prodigado al mundo. A quienes tanto lo apreciábamos como intelectual y como persona, su deceso, acaecido en la localidad vasca de Getxo, Vizcaya, el 10 de enero de 2017, a los 92 años de edad, nos produjo una enorme desazón. No podía ser de otro modo: ¿cómo permanecer impasibles ante una pérdida tan grande, tan irreparable? Gonzalo fue un coloso del saber y del pensar. Su legado es inconmensurable.

Tuve el honor, el placer, de mantener con él a distancia, por medio de cartas manuscritas y llamadas telefónicas, un cálido y enriquecedor vínculo de amistad durante los años finales de su senectud. Gonzalo lo hacía desde Madrid, desde su apartamento en el barrio de Hispanoamérica, distrito de Chamartín. Yo desde Mendoza, provincia de Argentina donde él, siendo joven, se había desempeñado como cónsul por más de tres años (noviembre de 1956-febrero de 1960), y de la cual guardaba, según me expresó, muy gratos recuerdos (también en una entrevista así lo manifestó).[2]

Fue durante su estadía cuyana, de hecho, cuando publicó tres textos sobresalientes en los que ya se avizoraban todas esas cualidades dianoéticas que algún día le darían fama internacional: sagacidad analítica, erudición enciclopédica, afición por la ensayística, talante autodidacta y antidogmático, polimatía, perspicacia de fino hermeneuta, rigor lógico, densidad argumentativa, poliglotismo, hondura reflexiva, vocación de síntesis, claridad expositiva, espíritu crítico de disidente, dotes de polemista, facilidad para la teorización… Los tres textos en cuestión son la monografía “Liberalismo y democracia, vistos por un católico” —cuando todavía lo era—, publicada en el Boletín Informativo del Seminario de Derecho Político de la Universidad de Salamanca (1956-1957); más netamente aún, el extenso tríptico —que debió ser su primer libro— “Fenomenología y marxismo en el pensamiento de Maurice Merleau-Ponty”, editado en Cuadernos Hispanoamericanos (1956-1957); y el artículo crítico de batalla “Las bases teóricas del Opus Dei”, aparecido en Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (1958).

Una temprana digresión: fue también en Mendoza donde Puente Ojea pronunció la conferencia “El problema del Renacimiento y la cultura renacentista en España”, cuyos apuntes incluiría mucho tiempo después en su miscelánea La andadura del saber: piezas dispersas de un itinerario intelectual (2002). La disertación se llevó a cabo en la Escuela Italiana, el sábado 29 de agosto de 1959, bajo los auspicios del cónsul de Italia y el Instituto Ítalo-Argentino de Cultura.[3] En ella, más allá de cierto neotacitismo obligado (tan común entre los intelectuales progresistas de la España franquista), el conferenciante haría gala de toda su sapiencia e inteligencia.

Puente Ojea publicó una veintena de libros sobre historia del cristianismo primitivo, antropología de la religión, ateísmo, laicismo y otras temáticas atrapantes, todos ellos de una agudeza y fecundidad extraordinarias: Fe cristiana, Iglesia, poder (1991); El evangelio de Marcos: del Cristo de la fe al Jesús de la historia (1992); Animismo: el umbral de la religiosidad (2005, en colaboración con Ignacio Careaga Villalonga); Vivir en la realidad: sobre mitos, dogmas e ideologías (2007); La existencia histórica de Jesús: las fuentes cristianas y su contexto judío (2008) y Crítica antropológica de la religión: las sendas equivocadas del conocimiento humano(2013), entre otros. Sin olvidarnos de mencionar la que es, para muchos, su obra cumbre: La formación del cristianismo como fenómeno ideológico (1974), de lectura obligada entre quienes desean conocer y comprender en serio, sin mistificaciones teológicas, con las categorías críticas de un materialismo histórico desembarazado de la vulgata estalinista, la génesis del credo religioso más extendido del orbe, y más influyente de todos los tiempos. En este último libro, además, realizó ingentes aportes a la teoría marxista de la ideología con su binomio dialéctico horizonte utópico-temática concreta, lo mismo que con su propuesta de tipología triádica (ideología dominante / contraideología / ideología revolucionaria); aportes ambos de una gran fertilidad epistemológica para la historia y otras ciencias sociales, y que merecían, por consiguiente, mucha mayor difusión de la que tuvieron.

Cabe destacar, por otra parte, que Puente Ojea bregó con tesón por una España republicana y laica, emancipada por completo de la pesada herencia del franquismo. Sus críticas al régimen monárquico y al confesionalismo católico se cuentan entre las más fundadas y perspicaces de toda la izquierda ibérica. No es de extrañar, por ende, que haya sido partícipe de la fundación de Europa Laica en 2001, ni que fuese designado su presidente honorario, toda vez que la finalidad de esta organización es bregar por la completa separación entre Iglesia y Estado. Su libro La cruz y la corona: las dos hipotecas de la historia de España (2011), representa una invaluable contribución intelectual al republicanismo y el laicismo; dos causas públicas siempre afines, nunca escindidas, pero que, en dicho país del Viejo Continente, se hallan singularmente hermanadas como resultado de la prolongada lucha a dos frentescontra el trono y el altar. Es precisamente este consorcio retrógrado, esta alianza liberticida entre realeza y clero por la salvaguardia de sus poderes y privilegios (contubernio cuyos orígenes se pierden en las brumas del Medioevo), la gran madeja político-ideológica que nuestro autor, en la precitada obra, desenmaraña con su acostumbrada pericia.

Mas no es mi propósito en estas páginas, decía al comienzo, narrar los hechos más relevantes de su nonagenaria biografía, tan indisociablemente ligada a los avatares históricos de su patria (la Segunda República, la guerra civil, el franquismo, la Transición, el gobierno socialista de Felipe González, etc.); ni reseñar su producción bibliográfica y hemerográfica, profusa, multifacética, rigurosa como pocas; ni tampoco resumir o glosar con exhaustividad sus ideas, de una amplitud y complejidad, lucidez y originalidad verdaderamente admirables, excepcionales. Otros han hecho ya esta tarea, no pocas veces y con solvencia, en diversas publicaciones y eventos de homenaje, en vida e in memoriam del homenajeado: el nº 231 de la revista Anthropos, de abril-junio de 2011, íntegramente dedicado a su figura; la obra de Miguel Ángel López Muñoz, Gonzalo Puente Ojea y la libertad de conciencia (2014); el emotivo tributo que el 31 de enero de 2015, en la capital de España, Europa Laica le rindiera en presencia; los diversos obituarios y actos conmemorativos que se sucedieron tras su partida…

Opto, entonces, por transitar caminos menos frecuentados, más “heterodoxos”, si se quiere. Uno de ellos será reflexionar sobre ciertos aspectos de la producción intelectual puenteojeana que, según entiendo, no han concitado atención, o no al menos la suficiente; y que me resultan, en lo personal, particularmente atractivos, significativos, habida cuenta mi manera de concebir y practicar la ensayística, de asumirla. Otro camino será brindar una semblanza de Gonzalo como amigo, compartiendo con los lectores algunos pasajes de su correspondencia epistolar donde afloran toda su bonhomía, sensibilidad y humanismo. También he de intercalar en este escrito (ya lo hice y volveré a hacerlo), varios fragmentos del mensaje de salutación que le hice llegar en 2015 con motivo del homenaje que le hiciera Europa Laica. Disímiles senderos, cierto. Pero convergentes, como se verá.

II.

¿Qué sería de las religiones si la vida no se nos antojara demasiado corta, si todos los fenómenos naturales y sociales fuesen fácilmente comprensibles, si la muerte de nuestros seres queridos no nos doliera tanto como nos duele, si el mundo no resultase tan injusto y cruel, si crear ex nihilo —por propia iniciativa— el sentido de nuestra existencia no fuera una labor tan ardua, y si no hubiese —en último lugar, pero no por eso menos importante— factores de poder temerosos de perder sus privilegios? Nada, porque nunca hubiesen existido.

Pero las religiones existen, y es preciso dilucidarlas y criticarlas a fondo, sin concesiones. Porque nada obstruye más el avance de la libertad, la igualdad y la fraternidad que su oscurantista señorío. Ahora bien: en consonancia con este quehacer iconoclasta, es imprescindible también encarar la tarea constructiva de fundamentar, con sólidos argumentos racionales, desde la filosofía, la necesidad social de una civilidad laica, indefectiblemente democrática e inspirada en la ética de los derechos humanos. Aunque sin dejar de lado, tampoco, la labor de edificar una Lebensphilosophie cimentada en el ateísmo, tributaria de una rica tradición intelectual que se remonta a la Antigüedad clásica, que prosigue en tiempos modernos de la mano de innumerables pensadores de talla (Holbach, Feuerbach, Marx, Bakunin, Nietzsche, etc.), y que en tiempos contemporáneos alcanzó plena madurez con el existencialismo de Sartre y Camus.

Pocos intelectuales de nuestro tiempo han contribuido tanto, y con tanta erudición y lucidez, a esta doble labor de teorización apofática y catafática —o de negación y afirmación— como Gonzalo Puente Ojea. Elogio del ateísmo: los espejos de una ilusión (1995), Ateísmo y religiosidad: reflexiones sobre un debate (1997), El mito del alma: ciencia y religión (2000) y La religión, ¡vaya timo! (2009), entre otros libros sustanciosos de su autoría, ya son clásicos del humanismo secular contemporáneo, dentro y fuera de España. Su lectura resulta, pues, ineludible.

Palpita en todos los escritos de Puente Ojea, del primero al último, un compromiso ético y dianoético con la verdad tan firme, tan intenso, tan apasionado y luminoso, que uno no puede evitar sentirse interpelado y movilizado a renovar aquel viejo optimismo de los Philosophes, la confianza desbordante de la Ilustración dieciochesca en la potencia del pensamiento racional y el progreso del género humano. En estos tiempos posmodernos signados por las modas intelectuales irracionalistas y los rebrotes de la alienación religiosa, no es, ciertamente, poca cosa.

III.

Allá por 1929, promediando el período de Entreguerras, Ortega y Gasset publicó su más célebre obra: La rebelión de las masas. Dedicó un capítulo entero —el duodécimo— de este largo ensayo a un fenómeno típicamente moderno que le inquietaba como a nadie más, y al que denominó, con su habitual precisión semántica, “barbarie del especialismo”. Fue clarividente, profético. Desde entonces, la barbarie del especialismo —uno de los tantos síntomas del proceso cultural de masificación— no ha dejado de crecer y propagarse en el campo académico. Hoy, bien entrado el siglo XXI, es uno de los problemas más graves y acuciantes que enfrenta la ciencia.

Cito en extenso, a continuación, las disquisiciones orteguianas sobre esta vexata quæstio de la modernidad. Vale la pena adentrarse en ellas. Su actualidad asombra.

Generación tras generación, el hombre de ciencia ha ido constriñéndose, recluyéndose, en un campo de ocupación intelectual cada vez más estrecho. […] En cada generación, el científico, por tener que reducir su órbita de trabajo, iba progresivamente perdiendo contacto con las demás partes de la ciencia, con una interpretación integral del universo, que es lo único merecedor de los nombres de ciencia, cultura […]

Para los efectos de innumerables investigaciones es posible dividir la ciencia en pequeños segmentos, encerrarse en uno y desentenderse de los demás. La firmeza y exactitud de los métodos permiten esta transitoria y práctica desarticulación del saber. […] Así, la mayor parte de los científicos empujan el progreso general de la ciencia encerrados en la celdilla de su laboratorio, como la abeja en la de su panal o como el pachón de asador en su cajón.

[…] El resultado más inmediato de este especialismo no compensado ha sido que hoy, cuando hay mayor número de “hombres de ciencia” que nunca, haya muchos menos hombres “cultos” que, por ejemplo, hacia 1750. Y lo peor es que con esos pachones del asador científico ni siquiera está asegurado el progreso íntimo de la ciencia. Porque esta necesita de tiempo en tiempo, como orgánica regulación de su propio incremento, una labor de reconstitución, y, como he dicho, esto requiere un esfuerzo de unificación, cada vez más difícil, que cada vez complica regiones más vastas del saber total.[4]

Al leer este pasaje de La rebelión de las masas, lo primero que pensé es (y supongo que a muchos lectores les ocurrirá lo mismo): ¡qué diría hoy Ortega y Gasset si estuviera vivo entre nosotros! Porque la ultraespecialización del homo academicus, la atomización del quehacer científico, la fragmentación del conocimiento epistémico, ese mal que tanto desvelaba al filósofo madrileño, se ha incrementado geométricamente desde que él lanzara al mundo, a fines de la década del 20, su llamado de alerta epistemológica.

¿Qué tiene que ver todo este asunto con Puente Ojea? ¿Por qué razón traigo a colación, en este texto dedicado al autor de El mito de Cristo, la crítica orteguiana a la parcelación sin fin del saber? Por una razón muy sencilla: Puente Ojea fue, a contramano de su época, un diletante polímata, un sabio de cultura enciclopédica, un genio aficionado a muchas ramas diferentes del conocimiento; y como tal, un digno heredero de la tradición humanista del Renacimiento y las Luces. Fue un “antiespecialista”, o, si se prefiere, un especialista en la no especialización. Si en la sanidad se necesitan clínicos que compensen con su holismo la subdivisión al infinito de la medicina (cardiología, oftalmología, ginecología, etc.), ¿por qué no habrían de necesitarse más intelectuales como Puente Ojea en las humanidades y ciencias sociales, capaces de integrar el saber producido por los expertos?

Puente Ojea perteneció a ese selecto, raro, heterodoxo grupo de intelectuales contemporáneos que, desafiando al mainstream de la academia, quisieron y supieron trascender la barbarie del especialismo a fuerza de curiosidad multidisciplinar, reflexión crítica y ambición de síntesis, en el marco de una hiperactividad dianoética de grandes miras epistemológicas. Toda una proeza, todo un mérito en esta posmodernidad minimalista donde se escudriña cada árbol sin otear jamás el bosque.

La ensayística puenteojeana, en efecto, abarca un amplísimo arco de disciplinas y tópicos. Entre las primeras se cuentan la historiografía, la filosofía, la antropología, la sociología, el derecho, la epistemología, la bibliología, la ciencia política, las relaciones internacionales, la psicología, la neurobiología, la astrofísica, la autobiografía intelectual… Entre los segundos, la teoría marxista, la historia de las religiones, el cristianismo primitivo, la exégesis neotestamentaria, el judaísmo antiguo, la escatología judeocristiana, el mesianismo davídico, la llamada búsqueda del Jesús histórico, la novedosa doctrina teologal de Pablo de Tarso, los avatares históricos de la Iglesia católica como poder hegemónico universalista, la moral cristiana, el catolicismo en la Francia contemporánea, la ideología integrista del Opus Dei, la coyuntura internacional del momento (la guerra de Corea, por caso, a comienzos de los 50), el devenir del estoicismo en la civilización grecolatina, la cultura renacentista en España, la fenomenología de Merleau-Ponty, el debate sobre la existencia de Dios, la crítica materialista de la ontoteología, el ateísmo, el agnosticismo, la historia comparada de la irreligiosidad (India, China, Grecia, Roma, etc.), el fenómeno de los fundamentalismos, la teoría de la evolución, los orígenes del cosmos, el creacionismo bíblico, los principios de libertad e igualdad, el modus vivendi democrático, el sufragio universal, el laicismo, la conciencia libre como basamento de los derechos humanos, el proceso de hominización, el animismo, la cuestión del alma, la controversia ontológica entre monismo y dualismo, el “materialismo filosófico” de Gustavo Bueno, la Transición española, el conflicto vasco, la religiosidad del antiguo Egipto, el constitucionalismo español, el derecho internacional privado, la integración regional de Europa, la diplomacia como profesión, el antisemitismo cristiano, el protestantismo en España, y hasta el diferendo de Londres y Madrid por la soberanía del peñón de Gibraltar.

Desde luego que Puente Ojea no incursionó en todas estas temáticas con igual frecuencia, extensión y profundidad. Tampoco con idéntico suceso intelectual y editorial. Esta disparidad es comprensible: en todo ensayista siempre hay, por muy polímata que sea, tópicos más apasionantes o acuciantes que otros, ámbitos del saber mejor explorados y conocidos que otros, asuntos más movilizadores o fructíferos que otros. Algunos temas, como el cristianismo primitivo, son recurrentes en la trayectoria intelectual y literaria de Puente Ojea, y a ellos les brindó una atención pormenorizada, obsesiva, a lo largo de innumerables páginas y años; libros enteros, inclusive (varios de los cuales, a raíz de su éxito, serían reimpresos o reeditados). Otras materias de indagación, como el Siglo de Oro español, resultan más esporádicas u ocasionales en su ensayística, no habiéndoles dedicado más que un artículo. Pero en todos sus escritos, aun en los más cortos y diletantes, aun en aquellos menos exhaustivos sobre temas que jamás retomaría, se advierte siempre su sello personal, su idiosincrasia, esa inconfundible impronta puenteojeana —valga la redundancia— en el decir y en el pensar, en la forma y en el contenido de su discurso: lucidez, erudición, elegancia, rigor de análisis, poder de síntesis, agudeza comparativa, afán revisionista y polémico, originalidad de planteos… Nada de lo que produjo fue en balde. Ninguno de sus textos, ni siquiera los más tempranos (los que preceden a ese gran salto adelante que representó La formación del cristianismo como fenómeno ideológico), resultan insulsos o estériles.

Puente Ojea fue polímata por vocación. El cultivo autodidacta del enciclopedismo —bien entendido— significó para él una vía privilegiada de autorrealización, un terreno óptimo para ejercitar su racionalidad crítica y alcanzar la plenitud de su conciencia humanista disidente. Si se hubiera especializado, adecuado al molde convencional del homo academicus, se hubiera malogrado, traicionado a sí mismo, y su producción intelectual nunca hubiese alcanzado cotas tan altas como las que efectivamente alcanzó. ¡Enhorabuena que haya optado por la polimatía!

IV.

Una incontenible sed de erudición habitaba en Gonzalo Puente Ojea, es notorio. Pero esa sed, esa curiosidad, esa apetencia de conocer, en muchos ha decantado hacia una acumulación de datos meramente empirista, inconexa, infecunda: el enciclopedismo mal entendido. No fue este, por cierto, el caso de nuestro homenajeado.

La suya era —como había reclamado Voltaire en el Siglo de las Luces— una erudición razonada, en las antípodas del inventario obtuso, del descriptivismo hoy reinante. Tenía una extraordinaria capacidad para integrar el saber, para articular los conocimientos. En la síntesis de altas miras, en el comparatismo de niveles macro, en la dilucidación etiológica a radice de los fenómenos, en la teorización de gran aliento, donde tantos otros naufragan, él se movía como pez en el agua. Y lo hacía, por lo general, sin abusar de la esquematización, sin caer en facilismos dogmáticos, respetando las evidencias y fundamentando sus aseveraciones con bibliografía —nunca escasa ni desactualizada— de expertos. Su saber pletórico, superabundante, no era nada caótico. Estaba rigurosamente ordenado, organizado, estructurado, sistematizado, a fuerza de una continua labor sintética, comparativa y teórica que no quería dejar ningún cabo suelto.

Que Puente Ojea asumía su erudición racionalmente, como una sapiencia enciclopédica subordinada a la inteligencia, a los imperativos ilustrados de la dilucidación y la búsqueda de la verdad, lo demuestra con diafanidad esta reflexión autobiográfica que hiciera en un jugoso reportaje del año 2009, por desgracia poco difundido:

El camino de mi vida, si su evocación pudiera revestir alguna ejemplaridad, refleja la decisiva relevancia de […] mi ansia insaciable por saber, por conocer la realidad de las cosas, sus causas y sus razones. Es decir, la voluntad de identificar y explicar el qué, el cómo y el porqué de lo que existe o acontece.[5]

Los académicos suelen prejuzgar —a menudo con cierto desdén elitista— que la síntesis sólo vale como herramienta “exotérica” de enseñanza o divulgación. Grave error. La síntesis también coadyuva —y mucho— a multiplicar el conocimiento, y a mejorar su calidad, en la medida en que permite descubrir relaciones insospechadas, o hacer comparaciones iluminadoras, que los especialistas, encerrados en segmentos epistémicos cada vez más diminutos e inconexos, difícilmente podrían descubrir por su cuenta. La especialización es condición necesaria del progreso de la ciencia, pero no condición suficiente. Tan importante como ella es la integración. Aunque a primera vista no lo parezca, la síntesis cumple en las ciencias un rol epistemológico cardinal, tal como supo advertirlo Ortega y Gasset. Ese rol es el de contrapesar la tendencia impetuosa hacia la especialización, y por ende, combatir esa barbarie del especialismo que tanto desvelaba al autor de La rebelión de las masas.

La integración del saber (permítaseme usar una expresión de la ciencia económica) añade valor al saber, en términos cualitativos y cuantitativos. La síntesis incrementa la inteligibilidad de lo real. ¿Cómo? Situando los objetos de estudio en contextos más amplios, haciendo hallazgos comparativos, descubriendo sutiles nexos causales, aplicando nuevos enfoques teóricos… Queda claro, así, por qué la síntesis puenteojeana es más, mucho más, que didáctica y divulgación. Es también, y sobre todo, generación de episteme.

Puente Ojea, con su erudición razonada —o razón erudita— tan fértil, consiguió dilatar los horizontes de varios campos científicos y filosóficos en los que no era especialista, cosechando así una alta consideración entre los expertos de la academia, que han sabido nutrirse en abundancia de sus aportaciones. El historiador Antonio Piñero, por ejemplo, eminente catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, toda una autoridad internacional en cristianismo primitivo y filología del Nuevo Testamento, ha reconocido en más de una ocasión su deuda intelectual con el autor de Opus minus.

V.

Claro que, dentro del multifacético corpus puenteojeano (libros, artículos, recensiones, columnas de análisis u opinión, memorias, réplicas, apuntes de conferencias, colaboraciones para obras colectivas, prólogos a publicaciones de terceros), hay una temática que predomina con holgura, y que hace las veces de Leitmotiv, de hilo conductor. Esa temática puede ser definida, grosso modo, como “lo religioso”; lo religioso propiamente dicho, pero también todo lo que de algún modo —por implicación, proximidad o antagonismo— se halla relacionado con lo religioso: la historia del conato mesiánico de Jesús de Nazaret, la soteriología paulina, el clericalismo español, la apocalíptica judía, el neoplatonismo, el concepto aristotélico de primum movens, la lectura ideológica —en clave marxista— de la teología revelada y la historia sagrada, el problema de la teodicea, la crítica de la metafísica sobre Dios y el alma, la deconstrucción de la cristología, la refutación científico-filosófica de la teoría del “diseño inteligente”, el axioma democrático de la libertad de conciencia, la fundamentación del principio de separación entre Iglesia y Estado, el ateísmo, etc.

Toda esta heterogeneidad de tópicos religiosos e irreligiosos, abordados desde perspectivas disciplinares no menos variadas (historiografía, antropología, ontología, etc.) tiene un común denominador: el pensamiento crítico y humanista de la disidencia. Puente Ojea —verdad de Perogrullo— no era un apologeta de la fe. Mas tampoco pretendía ser un fenomenólogo “aséptico” que se limita a describir, con fría precisión de laboratorio, el hecho religioso tal como haría un entomólogo con un insecto diseccionado bajo microscopio. Y si bien era consciente de que, como científico, debía comprender —a cierto nivel de análisis— la religión en sus propios términos, desde su lógica interna (emic), como todo buen etnógrafo haría en su trabajo de campo, también sabía que debía explicarla desde una perspectiva etic, racional y materialista, sin presupuestos míticos ni dogmáticos. Y algo más, no menos importante, que rebasa ya el campo de la ciencia: Puente Ojea enjuicia a las religiones —al cristianismo sobre todo, dada su condición de europeo y español— en el tribunal secular de la filosofía. Las somete a sus juicios de valor de librepensador, a sus cuestionamientos éticos, a su reprobación política. En resumen, episteme crítica y doxa disidente. Ambas de consuno.

VI.

Puente Ojea fue, como todo intelectual disidente, como todo librepensador consecuente, un parrhesiastes. Su actividad ensayística, plasmación directa de su pensamiento crítico, iba de la mano con la parrhesía, tal como era conceptuada y ejercitada en la polis democrática de época clásica. En mi escrito Acerca del ensayo y la ensayística, la definí en estos términos: “libertad de expresión al servicio del bien común (koinei sympheron), ejercitada con franqueza y honestidad, de manera integral y rigurosa, apelando siempre a la razón (logos) y buscando siempre la verdad (alétheia)”[6]. No hay duda de que la ensayística puenteojeana constituye una muestra paradigmática de parrhesía. “Siguiendo a Foucault”, agregué,

el ensayista que se asume como parrhesiastes sería aquél que se enfrenta al poder en nombre de la solidaridad, aquél que no calla ni adula, aquél que antepone la ética y la política del altruismo a la mezquindad del autointerés, aquél que está dispuesto —incluso— a correr riesgos en la prosecución de sus ideales: censura, difamación, cesantía, amenazas, exilio, cárcel, muerte. Jean-Jacques Rousseau, Karl Marx, Mijaíl Bakunin, José Martí, Rosa Luxemburgo, Gustav Landauer, Walter Benjamin, José Carlos Mariátegui, Emma Goldman, Carlo Levi, Eduardo Galeano, Nawal al Saadawi, Mauricio López…[7]

Podemos añadir a esta lista, sin titubeos, el nombre de Gonzalo Puente Ojea. El parrhesiastes, parafraseando al filósofo francés, es quien dice algo peligroso, algo distinto a lo que cree la mayoría. Es quien enuncia una verdad subversiva, una verdad que puede trastocar el status quo. Lo hace porque es un philalethes, un “amante de la verdad”; porque como ciudadano consciente, responsable, tiene asumido un compromiso innegociable con la justicia de la polis, y desea honrarlo. Lo hace a sabiendas, aun, de que podría sufrir represalias por su proceder.

¿Qué otra cosa representa un contradictor de la fe como Puente Ojea, un disidente irreligioso, un cuestionador de los mitos y dogmas funcionales al poder sacerdotal, sino un moderno parrhesiastes? En la Grecia clásica, el parrhesiastes solía ser censurado y perseguido por asebeia (impiedad, blasfemia). Por caso, al filósofo Protágoras de Abdera (siglo V a.C.), el agnosticismo desembozado de su obra Sobre los dioses le costaría muy caro: todas sus obras acabarían en la hoguera, y sería condenado a muerte o destierro (las fuentes antiguas discrepan), pereciendo ahogado en su éxodo marítimo de Atenas a Sicilia, quizá en cumplimiento de la pena de ostracismo, o tal vez huyendo de la pena capital. En la España tardofranquista y posfranquista, es cierto, a los intelectuales “impíos” no les aguardaba una punición tan extrema como en tiempos de Protágoras (o de la etapa más dura del régimen de Franco), pero podían de todos modos sufrir severas represalias. Cabe ver, pues, en la parrhesía de Puente Ojea, una forma contemporánea de asebeia.

A mediados de 1958, cuando España todavía se encontraba bajo el yugo dictatorial del Generalísimo, tuvo la valentía de publicar “Las bases teóricas del Opus Dei”, una crítica demoledora, sin concesiones, a esta institución reaccionaria del catolicismo romano. Es cierto que lo hizo bajo pseudónimo, pero aun así comportaba peligro. Como mínimo, el riesgo de —si era descubierta su autoría— quedarse sin trabajo y ver truncada para siempre su carrera diplomática.

Y en 1974, cuando aún no había muerto Franco ni se había iniciado la Transición española, publicó su primer libro, acaso su magnum opus, su obra maestra. Hago referencia, claro está, a La formación del cristianismo como fenómeno ideológico, un golpe devastador al mito de Cristo, un nocaut al ideologema que, durante dos milenios, ha sido la piedra angular de la Iglesia. Se puede decir que en 1974 su disidencia irreligiosa alcanzó la madurez intelectual, y un nivel de impacto público sin precedentes, desatando el odio visceral de la derecha católica, impotente ante su avalancha de evidencias y argumentos.

Pero hay en su biografía un episodio aún más revelador. Se lo conoce de sobra, pero es preciso volver a evocarlo: en agosto del 87, cediendo a las presiones clericales, Francisco Fernández Ordóñez, ministro de Relaciones Exteriores de España, destituyó a Puente Ojea de su cargo de embajador ante el Vaticano. Se adujo con sofistería farisea que su divorcio y nueva unión conyugal eran algo incompatible con su investidura, pero era vox populi que se trataba de un ajuste de cuentas largamente apetecido –e instigado– por sus enemigos de sotana, que no le perdonaban sus escritos «blasfemos» y pronunciamientos laicistas.

Ser un parrhesiastes le costó, pues, la carrera diplomática, que había sido brillante hasta ese momento, y que prometía serlo más en los tiempos por venir. No sólo eso: un alud de calumnias disparatadas se abatió sobre su persona, dañando su reputación. Pagó su parrhesía y su asebeia con la cesantía y la ignominia.

Pero Puente Ojea no claudicó. Al contrario: redobló sus intervenciones públicas deparrhesiastes. “Lo que no me mata, me hace más fuerte”[8], pudo haber dicho entonces nuestro homenajeado, citando el famoso aforismo nietzscheano. En efecto, ya jubilado, ya retirado de la función diplomática, pudo dedicarle a la ensayística un tiempo y unas energías que antes no tenía. Contra todo pronóstico, sobrevendría entonces una etapa dorada de su vida: la del intelectual full time, la del ensayista prolífico, la del conferencista infatigable, la del hombre totalmente entregado a la satisfacción de su voracidad lectora, de su pasión por la escritura, de su animus publicandi, de su compromiso militante con la divulgación del librepensamiento y la promoción del ideario laicista.

De hecho, se daría el gusto, años más tarde, de escribir y publicar un libro de memorias sobre su malograda experiencia en Roma: Mi embajada ante la Santa Sede (2002). Esta obra supondría, ante todo, una suerte de autodesagravio. Pero también pareciera tener cierto costado de provocación, en el buen sentido: reivindicar la propia parrhesía, castigada por la Iglesia y el Estado, extremándola, radicalizándola. Para el establishment clerical, el abortamiento de la carrera diplomática de Puente Ojea acabó teniendo mucho de victoria pírrica, no sólo por la hiperactividad intelectual que desde entonces caracterizaría al ex embajador (siempre enmarcada en la disidencia y la asebeia), sino también porque éste habría de desempeñar un importante papel en la fundación de Europa Laica, faro de la irreligiosidad en España y en todo el mundo hispanoparlante.

VII.

La ancianidad de Puente Ojea merece algunas líneas. Nuestro autor fue un auténtico opsímata. Retirado de la función diplomática, jubilado, supo mantener intactas su voracidad intelectual, sus costumbres pertinaces de leer y estudiar, su pasión por investigar y escribir, e incluso su animus publicandi, hasta los últimos años de su vida, con el aditamento de que esta fue singularmente longeva. Redactó y publicó ocho libros, todos sesudos, a edad octogenaria, entre ellos Ideologías religiosas: los traficantes en milagros y misterios (2013). Su última obra, Orígenes del credo cristiano: el triunfo de la tergiversación paulina, salió de la imprenta en septiembre de 2014, cuando ya había cumplido los 90.

De hecho, la jubilación, que en muchas vidas individuales supone un largo declive otoñal —cuando no un derrumbe invernal sin transiciones—, en la suya entrañó un despertar primaveral sin parangón. Emancipado de sus deberes profesionales, pudo dedicarse de lleno a la lectura, la investigación, la reflexión y la ensayística. Y lo hizo con resultados óptimos: casi todos sus libros datan de su período de senectud. El primero de ellos, Imperium Crucis: consideraciones sobre la vocación de poder en la Iglesia católica, salió a la luz en 1989, cuando ya había alcanzado la edad de 65 años. Durante el cuarto de centuria siguiente escribiría y publicaría —amén de diversos artículos— otros dieciocho libros (sic). Es evidente, pues, que su plenitud intelectual coincide con la tercera edad; y que esa plenitud, gracias al viento en popa de la buena salud y la longevidad, resultó extraordinariamente prolífica, para satisfacción de sus lectores.

Cuando el periodista Sebastián Romero, en la entrevista ya citada, le preguntó “cómo se debe vivir la edad de la senectud”. Puente Ojea respondió:

Todos nosotros, hijos de la contingencia, debemos no obstante vivir y contemplar nuestra respectiva senectud como el último tramo de un largo camino, que no por ser final merece menos la pena recorrerlo con el íntimo gozo del conocimiento de la realidad por encima del engaño, y del saber moral que suministra la experiencia de una vida siempre vivida bajo el signo de la honradez, la rectitud ética y la compasión de los otros. En el centro de nuestra existencia ha de situarse el amor altruista (ágape, filantropía, solidaridad con los necesitados, amor al prójimo), pero también el amor pleno en la pareja (eros, disfrute de los cuerpos en la integridad biológica de todas las capacidades humanas, incluidos la belleza, el arte, el sentimiento y la emoción). La vejez puede ofrecer la gran oportunidad de la existencia de los humanos para alcanzar niveles de satisfacción personal que estuvieron aún vedados en períodos anteriores, si sabemos poner a contribución la experiencia y el saber acumulados en las sucesivas etapas de la vida. Solamente así podría ser posible sobrellevar el fuerte componente de dolor y de frustración que es inherente a la vida humana y sus gravosas limitaciones ontológicas.[9]

No es preciso acotar mucho más sobre Puente Ojea y la senectud. La hondura sapiencial, la claridad de conceptos, la exquisita elocuencia de sus respuestas, desaconsejan cualquier intento de paráfrasis. Baste con señalar que su gerontología moderadamente optimista acusa influencias grecolatinas, particularmente estoicas. Se advierten en ella reminiscencias inconfundibles de Cicerón y su De senectute, de Séneca y su De brevitate vitæ, de Epicteto y su Manual, de Marco Aurelio y sus Meditaciones… No hay de qué extrañarse, toda vez que Puente Ojea, al margen de que tuviese una sólida formación clásica, redactó un libro muy informado y juicioso, con más de 230 páginas, acerca del estoicismo: El fenómeno estoico en la sociedad antigua (1974). Pareciera que sus lecturas sobre estoicismo dejaron una huella indeleble en su subjetividad, y que la sabiduría gerontológica de los antiguos estoicos, guardada en su memoria enciclopédica, fue cobrando nueva luz en su vida —mayor relevancia concreta en su pensamiento y sensibilidad— a medida que completaba su lento tránsito hacia la tercera edad. Debió así haber madurado en su conciencia una Lebensphilosophie en torno a la senectud, de la cual, lamentablemente, no contamos con más indicios que la entrevista de 2009.

VIII.

Supe por primera vez de Gonzalo Puente Ojea a fines de los 90, cuando era muy joven y todavía moraba en Buenos Aires. Tendría entonces unos 20 ó 21 años, y estudiaba Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Promediando la cursada de Historia Antigua II, llegamos al cristianismo primitivo. Una de las lecturas prescritas para esta temática era La formación del cristianismo como fenómeno ideológico. Quedé deslumbrado con esta obra. Su marco teórico introductorio, su tesis general, su densidad argumentativa, las sutilezas de su exégesis bíblica, su interpretación de la mesianidad de Jesús, su erudición frondosa. Así fue como descubrí a Puente Ojea.

Desde entonces, es uno de mis autores de cabecera. Atesoro sus libros en mi biblioteca, y sus artículos digitalizados en mi computadora. Nunca dejo de releerlos o consultarlos. Mi ensayística sería impensable sin su legado e influencia.

Pero mi entusiasmo con la obra puenteojeana no es, sin embargo, el resultado de un proceso tan lineal como sugiere lo antes apuntado. Durante varios años no sentí deseo de reunir su bibliografía en mis anaqueles, y mi interés en su ensayística era puramente historiográfico y epistemológico. Aunque fui ateo y laicista desde que tengo uso de razón (mi padre lo era), ni el ateísmo ni el laicismo significaban entonces demasiado para mí. Por consiguiente, los libros de Puente Ojea que versaban sobre estos dos tópicos no habían captado todavía mi atención.

Todo cambió cuando emigré a Mendoza hacia 2002, y retomé al cabo de un tiempo mi carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, un reducto tristemente célebre del integrismo católico más reaccionario. El contraste ideológico entre mi nueva casa de estudios —hegemonizada por la derecha nacionalista más rancia— y la que había dejado atrás en mi Buenos Aires natal —donde predominaban el progresismo y la izquierda— no podía ser mayor, más impactante. Se trató de un verdadero choque cultural.

Este cimbronazo fue el acicate que me llevó a redefinir el lugar que el ateísmo y el laicismo ocupaban en mi axiología de izquierda. Dejaron de ser cuestiones secundarias. Adquirieron de golpe una importancia inusitada, impensada. Se convirtieron en valores fundamentales de mi vida y pensamiento, y ulteriormente, de mi escritura y activismo. Fue esta gran mutación ideológica, y las necesidades intelectuales que trajo aparejadas, lo que hizo que mi interés por el corpuspuenteojeano se acentuara tanto. Allí emergió el impulso de releer con más detenimiento las obras de dicho corpus que ya poseía (las atinentes a la historia del cristianismo primitivo), lo mismo que el afán de adquirir y devorar las que me faltaban, incluyendo las que discurrían sobre ateísmo y laicismo. Mi deuda intelectual con Puente Ojea, contraída durante mi primera juventud porteña, alcanzó entonces, en Mendoza, proporciones siderales. Nunca podré saldarla.

Dos circunstancias adicionales apuntalarían, luego, este renovado acercamiento a la ensayística puenteojeana. En primer lugar, mi lucha en defensa de la laicidad escolar, inicialmente como padre y posteriormente como militante (en el provinciano Cuyo subsisten ciertas prácticas educativas confesionalistas que en la cosmopolita capital de Argentina ya se han extinguido). En segundo lugar, un hallazgo sorprendente: enterarme de que Puente Ojea, medio siglo atrás, había sido cónsul de España en Mendoza. Ambas circunstancias no podían más que reforzar mi interés, ya vivaz, en sus ideas y escritos.

El 21 de febrero de 2013, luego de muchas cavilaciones y vacilaciones, junté coraje y resolví hacer algo osado, acaso temerario: enviarle a Puente Ojea, por servicio postal, una carta con palabras de elogio y gratitud. Le adjunté, con timorata desfachatez, algunos ensayos míos… La esperanza y el pesimismo se debatían sin tregua en el fuero íntimo de mi conciencia.

Grande fue mi alegría, y no poca mi emoción, cuando, no muchas semanas después, recibí una respuesta de su puño y letra, en tinta negra de lapicera o bolígrafo. En ella me llamaba “querido amigo”, y me decía:

Te escribo con la emoción que me ha causado la nobleza y la sinceridad de tu carta […], para expresar ese inefable fenómeno que se produce en lo hondo de la mente cuando descubres que hay alguien con quien se ha iniciado una maravillosa relación intelectual cálida, recíproca y estimulante, fundada en una especie de fraternidad ideológica.

Tuvo, además, la gentileza de ponderar mis escritos; y lo hizo con una humildad y un esmero que me impresionaron. Se lamentó de “esta sociedad bárbara que nos ha tocado en suerte”, y habló de la necesidad de asumir la “defensa de la razón frente a los beocios de nuestro siglo”. No olvidó referirse a su paso por Mendoza, al que yo había hecho mención en la misiva que me contestaba: “mi experiencia argentina me enseñó el alto nivel intelectual de vuestros pedagogos, dentro y fuera de la universidad, y vuestro respeto por la cultura”[10]. Adjuntó a su carta una lista con sus obras, y me ofreció amablemente hacerme llegar aquellas que me faltasen. Así nació nuestra amistad: de una quijotada epistolar.

IX.

En la ensayística de Puente Ojea hay una patente prevalencia del racionalismo crítico, tanto en su vertiente historiográfica y científica como epistemológica y filosófica. Este racionalismo crítico está ligado a la búsqueda de la verdad, al afán de describir, explicar y comprender lo real del modo más riguroso posible, tratando de evitar la trampa de la mistificación ideológica, el apriorismo dogmático y el wishful thinking. Puente Ojea se explayó sobremanera en este campo, y con sumo éxito.

Pero dentro del corpus puenteojeano hay también, aquí y allá, de modo más bien disperso, algunas pinceladas notables de Lebensphilosophie, donde emerge un humanismo secular asociado ya no a la indagación y dilucidación de la verdad, sino a la creación de sentido, a la producción de significados existenciarios. Pasamos así de la episteme, del reino del ser, a la doxa o reino del deber ser. De los juicios de hecho a los juicios de valor. De la aprehensión que intenta, en la medida de lo humanamente asequible, ser objetiva (aunque nunca pueda ser imparcial), a la valoración abiertamente subjetiva que asume su parcialidad. A esta doxa pertenecen la ética, la estética, la política, y, en general, todos los valores. Pero también, por supuesto, la reflexión existencial en torno al sentido de la vida, el devenir, la muerte, el amor, la libertad, el deseo, la dignidad, el miedo, la nostalgia, etc.

La doxa puenteojeana tiene una fuerte impronta humanista, irreligiosa y atea. En ella resuenan Feuerbach y Marx, el existencialismo de Sartre y Camus, y la antigua sapiencia moral y vital de los estoicos. También, acaso, el mejor Nietzsche.

Puede decirse, como sostuve en otro ensayo, que ella representa una “semiosis lenitiva contra el absurdo”, igual que otros ateísmos. Pero también las religiones cumplen esa función. La diferencia estriba, como apunté, en lo siguiente:

mientras que el creyente […] busca zanjar la sinrazón irreductible del mundo postulando el misterio —totalmente ilusorio— de una providencia, hado o karma inescrutables, el escéptico existencialista reconoce dicha sinrazón en toda su crudeza, para acto seguido rebelarse numantinamente contra ella en nombre de la dignidad humana.

Dicho de otro modo,

el existencialismo ateo […] basa su semiosis en el librepensamiento a ultranza, una racionalidad que, aun sabiendo y asumiendo sus limitaciones, persiste en su esfuerzo –épico y trágico a la vez– de producir sentido en un cosmos que per se no lo tiene, sin jamás traicionarse a sí misma con mistificaciones mitológicas o dogmáticas.

Así es que “el escéptico existencialista acepta convivir permanentemente con la sinrazón (y con la tensión psíquica que conlleva), mas no con resignación, sino con rebeldía, nunca viendo en el absurdo un amo al que se debe obedecer, sino un adversario contra el cual siempre se ha de luchar, se gane o se pierda”[11]. Puente Ojea no llegó a leer El nudo gordiano del absurdo: fe religiosa y existencialismo ateo —el ensayo de donde extraje estas citas—, pero entiendo que hubiese acordado con su tesis central.

Ahora bien: Gonzalo no le concedió a su Lebensphilosophie atea un gran desarrollo ensayístico, equiparable al que le había dado a su racionalismo irreligioso de base científica. Nos quedan sólo retazos de su filosofía de vida. Nunca escribió demasiado sobre sus inquietudes existenciales. La episteme tiene una incontrastable primacía dentro de su extensa obra.

Resulta una pena que sea así. Las pocas incursiones de Puente Ojea en laLebensphilosophie, en la reflexión de corte ético o existencial, impactan por su hondura, lucidez y sensibilidad. Son también, en mi opinión, los pasajes más bellos —literariamente hablando— de toda su ensayística, vale decir, los pasajes más elocuentes, de mayor valor estético. Asoma a veces en ellos, inclusive, cierto lirismo, cierto pathos romántico.

Ya hemos visto un ejemplo de esta veta existencialista en sus meditaciones acerca de la senectud, tan afines al ethos del estoicismo. En sus escritos autobiográficos también aflora a menudo. O bien, sin ir más lejos, en la entrevista que ya varias veces ha requerido nuestra consideración. Dice en ella, a propósito de la vida y su devenir, lo siguiente, parafraseando un texto suyo de antaño:

En mi libro La andadura del saber (2003) señalaba que resulta asombroso comprobar que a la postre uno ha ido dibujando, sin saberlo, un “perfil de vida” que confiere motivación y sentido a lo que sólo podría aparecer como una sucesión de azares o contingencias, de tal modo que la andadura fue más que el mecánico ejercicio del andar, porque en este y a través de este estaba cobrando realidad el imprevisible rumbo de una vocación que dotaba de unidad a la dispersión y a la diversidad de cada día. Nadie expresó más bella y dramáticamente este enigma existencial que las incomparables estrofas de un conocidísimo poema de Antonio Machado: “Caminante, son tus huellas/ el camino, y nada más;/ caminante no hay camino/ se hace camino al andar./ Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar./ Caminante,/ no hay camino,/ sino estelas en el mar” (Proverbios y cantares).[12]

Y luego añade estas palabras, de no menos oratoria:

Yo he comenzado a vivir mi vida propiamente consciente desde la vivencia de la orfandad, no sólo conocida sino también asumida aproximadamente a los cinco años de edad, tres años después del fallecimiento de mi padre, entonces cónsul general de España en Santiago de Cuba. Aunque la entrega total de una madre dotada de gran ternura y notable inteligencia mitigó el punzante sentimiento de ausencia del padre, mi vida estuvo siempre marcada por la hondura y el patetismo que acompañaron ese gran suceso que condicionó mi existencia ya antes realmente de iniciarse. Este doloroso acontecimiento generó en mí, entre otros aspectos de menor alcance, una extraordinaria sensibilidad ante la desigual fortuna de los seres humanos, y un intenso deseo de conocer la realidad del mundo y de descifrar su sentido para mí. Comprendo ahora, desde la cota de un octogenario, que esa sensibilidad y ese deseo han constituido los dos motores de mi caminar machadiano, que es, a la vez, azar y proyecto, contingencia y destino, pero siempre un caminar en la mera inmanencia de la andadura no sólo del individuo, sino también de la marcha del universo o multiverso en su totalidad.[13]

A la luz de destellos como este, no puedo sino lamentarme de que Gonzalo no haya querido dar más rienda suelta a sus inquietudes de Lebensphilosoph, y a su afición estética de ensayista consumado. Hubiese disfrutado mucho, sin duda, de ese “desenfreno” filosófico-literario.

Pero, ¿por qué se contuvo? ¿Por qué no explotó más a fondo esa otra veta suya? ¿Por temor quizás a que esa apertura, sin justa razón, fuese interpretada por algunos talibanes del racionalismo (también los hay) como un «coqueteo pérfido» con el irracionalismo o el espiritualismo? ¿Por la inercia de tantos años de producción intelectual centrada, por imperio de las circunstancias (la brega contra el oscurantismo religioso de su patria), en la ciencia y el materialismo, en la crítica y la polémica? ¿O acaso por pudor, por no sentirse del todo cómodo con un registro ensayístico que, necesariamente, supondría pulsar cuerdas más introspectivas, más íntimas, de su subjetividad? Es difícil saberlo, pero el interrogante queda planteado.

Federico Mare
Historiador y ensayista. Profesor de Historia por la UNCuyo

_________

  1. Cit. en Fernando Palmero, “Elogio del ateísmo” (obituario), diario El Mundo, España, 22/01/2017. 
  2. “Yo fui cónsul general de España en Mendoza, aproximadamente durante cuatro años. No guardo más que buenos recuerdos de aquellos felices tiempos. La conferencia […] [‘El problema del Renacimiento y la cultura renacentista en España’] pretendió ser una modesta contribución a la tradición española, especialmente en materia de cultura de los españoles de Mendoza. Me quedan unos recuerdos muy gratos de este país [Argentina], tanto por los amigos con los que tuve la honra de relacionarme, como por los valores de la inmensa potencia cultural y humana de esa gran República”. Cit. en Fernando G. Toledo y Bernat Ribot Mulet, “Gonzalo Puente Ojea, el embajador del ateísmo”, blog Razón Atea, Mendoza, 01/02/2007, <http://razonatea.blogspot.com.ar/2007/02/gonzalo-puente-ojea-el-embajador-del.html>. 
  3. Dos días antes del evento, un pequeño aviso apareció publicado en la página 4 del diario local de mayor circulación, en la sección “Conferencias”. Decía lo siguiente: “’El problema del Renacimiento y la cultura renacentista en España’ [en negrita], por el Dr. Gonzalo Puente y Ojea [sic], cónsul de España en Mendoza, el sábado, a las 19, en la escuela Italiana, Espejo 638. Auspician el cónsul de Italia y el Instituto Ítalo-argentino de Cultura”, Los Andes, Mendoza, 27/08/1959. 
  4. José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Barcelona, Planeta-De Agostini, 1995 (1929), cap. XII, pp. 156-160. 
  5. Cit. en Sebastián Romero, “Gonzalo Puente Ojea, una voz autorizada en temas religiosos”, revista 60 y más, nº 282, España, 2009, p. 16. 
  6. Federico Mare, “Acerca del ensayo y la ensayística”, Panero, Mendoza, 08/03/2017, <https://revistapanero.wordpress.com/2017/03/08/acerca-del-ensayo-y-la-ensayistica>. 
  7. Ibíd. 
  8. Friedrich Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos, Madrid, Alianza, 1997 (1889), p. 30. 
  9. Cit. en Romero, op. cit., p. 17. 
  10. Gonzalo Puente Ojea, comunicación personal, 04/03/2013. 
  11. Federico Mare, “El nudo gordiano del absurdo: fe religiosa y existencialismo ateo”, Panero, Mendoza, 14/10/2016, <https://revistapanero.wordpress.com/2016/10/14/el-nudo-gordiano-del-absurdo>. 
  12. Cit. en Romero, op. cit., p. 16. 
  13. Ibíd., p. 17. 

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