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El presidente egipto Abdel Fattah al-Sisi y Bin Salmán, el príncipe heredero de Arabia Saudita. / EFE / EGYPTIAN PRESIDENCY HANDOUT

[Países árabes] El islam político y la creciente hipocresía occidental

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Israel se ha convertido en la potencia hegemónica que mueve los hilos regionales a su antojo, bien directamente, bien a través de los Emiratos, Arabia Saudí y Egipto

Es una situación que proporciona tranquilidad inmediata a los mandatarios europeos. Ni París ni Berlín quieren problemas, prefieren la política del avestruz, y si hay gente dispuesta a mantener la calma al precio que sea pues adelante. Y miel sobre hojuelas si además de hacer ese gran favor, esos autócratas protegidos por Israel se atiborran de armas que impulsan la economía europea y americana.

Pero sobre el tapete vuela la incertidumbre de si esta situación será sostenible durante mucho tiempo. Egipto, por ejemplo, atraviesa por momentos realmente difíciles, que se pueden complicar más si la economía sigue hundiéndose, como prevén numerosos analistas. Desde el golpe de 2013 que apartó a los Hermanos Musulmanes del poder, el presidente Abdel Fattah al Sisi ha gobernado con mano de hierro gracias a las inyecciones multimillonarias de los Emiratos y Arabia Saudí, pero nueve años después, los indicadores básicos no solo no despegan sino que caen a gran velocidad, y la guerra de Ucrania los agrava.

El hecho más notable, que pasa desapercibido en los medios occidentales, es el comportamiento de los Hermanos Musulmanes. Cuando Sisi dio el golpe, amparado por Israel y poderosos países árabes, especialmente los Emiratos, existía el presagio de que los islamistas responderían con las armas. Fue una gran sorpresa que eso no ocurriera, y la principal lección de aquella experiencia es que los islamistas egipcios se están comportando con inesperada madurez. Sisi, que según el Canal 12 de la televisión hebrea, hablaba a diario con Benjamín Netanyahu, cuenta con el respaldo incondicional de todos los países de la región, incluido Israel, de Europa y de Estados Unidos.

Los Emiratos, Arabia Saudí y Egipto están expandiendo las autocracias por el norte de África, incluido Túnez, con el visto bueno de israelíes, europeos y americanos. El denominador común de estas maniobras es Israel, que se ha convertido en la potencia hegemónica que mueve los hilos regionales a su antojo, bien directamente, bien a través de los Emiratos, Arabia Saudí y Egipto. Los autócratas confían en que el estado judío les mantenga en sus sillones y les allane el camino para relacionarse con Occidente, y así está ocurriendo.

Como indicábamos, la cuestión capital es si los regímenes anti-islámicos serán capaces de mantenerse a medio y largo plazo, especialmente si los autócratas no son capaces de crear riqueza. Se piensa comúnmente que las autocracias que se alían con Israel resuelven sus problemas, incluidos los económicos, de la noche a la mañana e inmediatamente cuentan con el apoyo de Occidente. Pero los casos de Egipto y Jordania muestran que no es exactamente así. Esos dos países atraviesan por una crisis económica tremenda que empeora cada día a pesar del envío masivo de dólares a Egipto desde los Emiratos y Arabia Saudí.La estabilidad de los Emiratos y Arabia Saudí en gran medida está garantizada por el petróleo, aunque esta riqueza no será eterna. A corto plazo sus mandatarios pueden permanecer en el poder sin grandes esfuerzos, pero no pasará mucho tiempo hasta que los enormes ingresos provenientes del oro negro no sean tan orondos y entonces ya se verá lo que pasa.

Algo que podría haberse hecho, viendo el comportamiento de los islamistas en Egipto y en otras partes (aunque no en Siria), es haberles dado una oportunidad para gestionar sus países, pero esto ni se ha hecho ni se hará voluntariamente.

Para Israel, las autocracias y Europa, el gran problema del islam político es que no es tan cínico e hipócrita como los autócratas, Israel o sus socios europeos. Existen numerosas señales de que el islamismo está madurando, como se ve en Egipto y en Túnez, pero al mismo tiempo hay indicaciones de que ni los autócratas ni Israel ni Europa tienen el menor interés en desbaratar sistemas que se sostienen sobre los pilares de la represión y la hipocresía.

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