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No hay peor ciego que aquel que no quiere ver

No hay peor ciego que aquel que no quiere ver, y con mayor razón cuando esa ceguera es producto de paradigmas y doctrinas tan enraizadas y anquilosadas, que no dan paso a la sana reflexión. Así lo sostenía Humberto Maturana, que recientemente nos abandonó en este plano material.

La historia, desde los inicios de la humanidad, siempre ha tenido un desarrollo dialéctico, avanzando de crisis en crisis, cuando las doctrinas imperantes y hegemónicas en un momento, como producto de su desarrollo, generan su propio germen de destrucción, lo que la cuestiona, la conflictúa y que inevitablemente la enfrentará al trance, que solo podrá ser superado pasando a un estado distinto, evolutivamente superior.

En Chile, las condiciones de represión, limitación de derechos y de pobreza durante la dictadura de Pinochet generaron contradicciones y emociones en los chilenos, cuyo creciente descontento la hicieron colapsar, llegando a su término por la vía democrática del voto.

Así, después del categórico NO ciudadano, surgió un espacio democrático y de desarrollo económico, con revalorización de las libertades ciudadanas y mejoramiento económico que hicieron que Chile se destacara en el desarrollo internacional, particularmente en el latinoamericano. Las condiciones de mejoría democrática y económica, fueron significativas. Sin embargo, esa generación gobernante y administradora del Estado tuvo siempre como referente del análisis las paupérrimas condiciones de calidad de vida dejadas atrás con la dictadura. En ese contexto toda comparación siempre sería altamente positiva, para lo que se realizaba en este nuevo estado del país.

Sin embargo, el dialéctico desarrollo del país no se quedó detenido. Esta generación (gobernadores y gobernados), que se encontraba ensimismada disfrutando el fruto de sus logros, olvidó que la historia no es estática. Se cayó en el confort de la autocomplacencia, creyendo que en la medida que se mantuvieran las condiciones (y lamentablemente las mismas personas), el estado de bienestar sería eterno.

Lo que no se vislumbró es que esta generación hegemónica dio origen a una nueva generación, sus propios hijos, nacida en democracia, que no tiene conexión con la realidad del estado que se vivió en dictadura. Su referente es el estado nuevo surgido en democracia. Esta generación crece sintiendo como normales aquellas circunstancias que la generación progenitora sobrevaloraba, al mirar lo acaecido en los anteriores años de tiranía. Para la nueva generación los derechos humanos, la mirada con equidad de género, la valoración del medio ambiente, la calidad de la vivienda, el estado democrático, una jubilación digna, el acceso a la educación y la salud son derechos obvios y, por lo tanto, son su punto de partida. Las mejorías demandadas serán sobre las condiciones existentes en el estado democrático, como punto de partida hacia arriba. Cualitativamente la pirámide de necesidades de Maslow se modifica.

Así se explican todas las reivindicaciones surgidas en las últimas décadas y que el político tradicional (y su clientela) no logran entender. La clase política se encerró en sí misma y, lo que es peor, solo dialogaba con ella misma.

El “movimiento pingüino” es un fiel reflejo de ello. Las reivindicaciones de la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria de comienzos del siglo XX, el “Gobernar es Educar” del gobierno de Pedro Aguirre Cerda, el acceso a la educación superior de las clases medias y bajas durante las últimas décadas, solo se constituyen en materias primas, que pavimentan la base obvia sobre la cual surgen las actuales reivindicaciones en el ámbito de la educación, desde el nivel preescolar al superior. Por ello es un error comparar con añejas demandas en este campo. Para la generación del recambio de hoy, todas ellas son obvias, cosas juzgadas y superadas. El progreso debe construirse avanzando desde este piso. Si la anterior generación no entiende esto estará destinada a fracasar.

Cualquier reivindicación de género en la actualidad parte de la condición idéntica de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Resultaría anacrónico reivindicar el derecho a voto femenino, para evidenciar que la igualdad entre hombres y mujeres está presente.

El mismo argumento y ejemplo es válido en el campo de los derechos laborales, derechos políticos y otros. La vuelta atrás es impensable, incluso en condiciones de tiranía extrema. En este caso la resignación e inhibición solo sería transitoria.

El empoderamiento ciudadano de hoy es un avance inevitablemente ligado a la condición de ser humano, que evoluciona en su nivel de conciencia. Quien detenta el poder, si no lo ve, es porque no quiere o es incapaz de ver.

Lo que ocurrió en el limpio y ejemplificador proceso electoral, que recién se vivió en Chile, es producto obvio de lo que he descrito ¡No hay peor ciego que aquel que no quiere ver!

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