No a la caridad televisada

Cada viernes por la mañana, antes de irse a trabajar, mi padre preparaba unas cuantas monedas de perra gorda, alguna vez de dos reales, para los pobres que una vez a la semana tocaban el picaporte de la puerta de nuestra casa en busca de su preceptiva limosna.

Éramos pobres como ratas, pero ellos eran más pobres todavía. Eran “nuestros pobres”: La “Muda”, cargada de hijos y de moratones cuyo autor, su marido, claro, tenía como única ocupación arrear los caballos del coche fúnebre cada vez que alguien del pueblo pasaba a mejor vida; el “Matamoros”, un entrañable anciano, impedido, que debía su apodo a haber estado combatiendo en Marruecos…

Por la noche, década de los cincuenta, primeros sesenta, escuchábamos Radio Intercontinental, Pepe Iglesias “El Zorro”, Matilde, Perico y Periquín... y en la Ser Ustedes son formidables, un programa de incuestionable éxito cuya sintonía eran los primeros compases del cuarto movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak. Lo conducía un monstruo de la radio, Alberto Oliveras, tan eficaz en su trabajo como inconsecuente -al menos así me lo pareció a mi siempre- entre lo que predicaba y lo que practicaba. Oliveras vivía en París a todo lujo y cada semana se trasladaba a Madrid para conducir un programa de radio en el que ¡pedía limosna!

Primero se presentaba el caso: alguien que necesitaba unas simples muletas para caminar, o dinero para ser operado de un tumor, o muebles por haber sido víctimas de una inundación… Se abrían los teléfonos y gente a la que en muchos casos le faltaba para cubrir sus necesidades más primarias se desprendía de unas cuantas pesetas entre lágrimas, emoción y aplausos, y se comprometía a ingresarlas en la cuenta de “Ustedes son formidables“.

Hace algún tiempo que hablé de este asunto en mi blog, antes de comenzar a escribir en “Público“. Hoy vuelvo sobre él tras conocer la exigencia que el Consejo General del Trabajo Social ha hecho a tve: suspender inmediatamente la emisión del programa “Entre todos“, que la cadena pública emite en la sobremesa de los días de diario, una réplica cutre del “Ustedes son formidables” de Alberto Oliveras perpetrada cuarenta años después.

Los trabajadores sociales exigen la retirada del programa porque consideran “inadmisible -palabras textuales- que la televisión pública estatal vulnere de una forma tan evidente la dignidad de las personas, mediante un periodismo de lo más amarillo y rancio que llama al llanto y potencia la lástima hacia la persona necesitada. Rechazamos esa actitud, en tanto en cuanto defendemos la igualdad y dignidad social”.

Caridad, beneficencia, compasión. Ese era el mundo que, desde hace ya un par de décadas largas, habíamos dejado felizmente atrás. Pero no, parece que volvemos: Caridad, no derechos. Limosnas, no posibilidades de tener trabajo. Favores, no conquistas sociales. Y s para dar más pena hay que utilizar a niños, pues se hace

La Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales, por su parte, ha denunciado el espacio a la oficina del Defensor del Pueblo por utilizar menores para “despertar la solidaridad y generosidad de los telespectadores“. El Psoe ya se ha subido también al carro  y ha registrado en el Congreso una proposición no de ley en la que insta a RTVE a tomar medidas para “evitar la vulneración de la Ley de Protección Jurídica del Menor” en programas como “Entre todos”.

Comparto plenamente los argumentos de los trabajadores sociales en su denuncia: “la ayuda nunca debe sustituir el sistema público de protección social, como está ocurriendo. Los recortes y eliminación de las partidas sociales en los presupuestos (como el plan concertado), el endurecimiento de los requisitos para obtener ayudas y los cambios legislativos aplicados (muy patentes en la Ley de Dependencia) y los que están en trámite parlamentario (la reforma de la Administración Local eliminará los servicios sociales municipales) son algunos ejemplos del inadmisible desmantelamiento del Estado del Bienestar y bajo ningún concepto estos derechos pueden ser sustituidos por pornográficos programas de televisión basados en la piedad, la lástima y la explotación de las miserias más íntimas del ser humano.

El programa de Alberto Oliveras buscaba soluciones a problemas que tenía que resolver el Estado en una época de carencia de libertades en la que la dictadura se dedicaba a blindar los privilegios de los poderosos y se despreocupaba de los problemas de los más desfavorecidos. Que eso vuelva a suceder cuarenta años después es para que se disparen todas las alarmas. No se puede tolerar una vuelta atrás en el tiempo tan escandalosa.

Banqueros y políticos tendrían que explicar por qué su gestión está tan claramente encaminada a favorecer a los que más tienen, esa desprejuiciada casta de amorales que, para sentirse verdaderamente rica, ha de contar con “sus pobres” a los que graciosamente socorrer y así poder garantizarse que los tienen pillados por los huevos, serviles y agradecidos.

Que el fantasma del programa de Alberto Oliveras vuelva a planear sobre nuestras cabezas mientras las políticas del gobierno del PP continúan desangrándonos sin parar es un trágico síntoma de que no sólo vamos para atrás como los cangrejos, sino que quienes están a cargo del chiringuito no tienen ningún interés en que mejoren las cosas. A este paso, no tardaremos en volver a ver a los mendigos pidiendo limosna puerta por puerta.

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