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Santuario de Covadonga. ARTURO NIKOLAI / Licencia CC BY-SA 2.0

Neoliberales por Dios y por la Virgen

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Pablo Batalla escribe sobre cómo, entre las distintas salidas a la crisis del capitalismo neoliberal, hay quien ensaya, también en España, un neoliberalismo juche aparejado al fanatismo religioso

El nuevo candidato del PP a la presidencia del Principado de Asturias, Diego Canga Fano —exasesor del expresidente socialista Javier Fernández, a quien el resto de España recordará como director de la gestora que defenestrara con malas artes al primer Pedro Sánchez— se estrena ofreciéndonos una estampa triple que compendia los tonos que van a caracterizar, en los próximos años, al gran partido de la derecha española, conjurada, a su teórica izquierda, la competencia de Ciudadanos y un tanto agotada la de Vox a su derecha, con independencia de que el virus del posmofascismo hispano pueda abatir sobre nosotros, en el futuro, una segunda ola. Lo primero que ha hecho Canga —a quien se le organizó un delirante boato de desembarco en el Aeropuerto de Ranón— ha sido visitar en Covadonga al arzobispo de Oviedo, el ultramontano Sanz Montes, líder informal del ala más ultra de la Iglesia española, y pedir después veinte minutos para rezarle a la Santina con recogimiento; colgar en Twitter, con motivo del Día de la Constitución, una fotografía de su jura de bandera; alabar como su gran maestro a Antonio Tajani, vicepresidente de Giorgia Meloni, y enunciar en Gijón un programa ultraliberal, de corte ayusista.

Vivimos, en el mundo, una de esas «épocas interesantes» contra la cual nos advierte un célebre proverbio chino, fascinantes para los historiadores del futuro, inquietantes para quienes las habitan. Un momento de policrisis y transición: las de un capitalismo neoliberal cuyo agotamiento se expresa ya en guerras y grandes turbulencias políticas hacia otra cosa que no sabemos cuál será, y no significará necesariamente un cambio a mejor. Colocada en ese tránsito histórico, la élite capitalista —las varias y no siempre bien avenidas élites capitalistas— tienta diferentes salidas en función de cuál decida que deba ser su prioridad, si la paz social o la maximización de beneficios a toda costa. La reordenación del capitalismo occidental se ensaya para Xan López en uno de esos gráficos de cuatro cuadrantes alumbrados por los cruces entre dos ejes, que en este caso serían aislamiento/cooperación y conservadurismo/progresismo. El keynesianismo nostálgico y la mundialización socialdemócrata serían los cuadrantes progresistas de ese menú de posibilidades en el que las conservadoras son el ordoliberalismo 2.0 y lo que López, en un hallazgo semántico sublime, denomina neoliberalismo juche.

El bolsonarismo, también el putinismo, ofrecen el ejemplo más descarnado de esta última vía consistente en refugiar el neoliberalismo en un solo país; en confinarlo a un redil ultranacionalista, cuyas vallas también se vean reforzadas típicamente con el blindaje del fanatismo religioso. De la religión de cada sitio: el pujante evangelismo en Brasil, la ortodoxia en Rusia o el catolicismo en España, siguiendo la receta estadounidense de los hermanos Koch. Se daban cuenta estos oligarcas de la impopularidad de una utopía neoliberal desnuda; de lo inevitable de esos momentos Polanyi en que los pueblos sobre los que aquella se abate ponen frenos espontáneos a la expansión del mercado.

El neoliberalismo es una utopía, pero carece de fuerza utópica y discursos de legitimación: nadie daría su vida por el mercado, no existe la estatua o la tumba del consumidor desconocido, «ningún arco del triunfo —escribe César Rendueles en Sociofobia— conmemora las batallas en las que ha vencido la United Fruit Company. Ningún sacerdote hace abracadabra en una lengua muerta para que aceptemos la transustanciación de la riqueza especulativa en bienes y servicios tangibles». Los Koch dieron con la receta para solventar esta carencia: asociarse cínicamente a movimientos religiosos que sí posean esa resonancia de lo trascendente, de la santa cruzada. Ambas partes obtienen algo. Los neoliberales, las masas movilizadas de las que, por sí solos, no pueden disponer; los religiosos, conquistas legislativas como la penalización del aborto o leyes anti-LGTB, que las élites agnósticas pero amorales que las aprueban saben que no les afectarán. Siempre habrá un Londres al que los millonarios puedan enviar a sus hijas a abortar; siempre podrán vivir su homosexualidad con naturalidad en las fortalezas herméticas que habiten.

En España hubo conatos de este pacto en los años de Zapatero, con las movilizaciones episcopales, bendecidas por el PP, contra el matrimonio homosexual o la nueva ley del aborto; pero fueron contraproducentes para un partido que no conocía su país: una España que arrastraba todavía los anhelos de modernidad y europeísmo que habían determinado, para bien y para mal, la forma de su Transición. El para mal fue ser desagradecido, injusto, cruel, con quienes durante cuarenta años lo dieron todo por la democracia, y no premiarles los servicios prestados impulsando la ruptura democrática que había sido su combate. Pero había el para bien de abrazar, con una simpatía sin mucho parangón en el mundo, cualquier transformación social que nos alejase del país sórdido y aislado que había sido la España franquista, hasta el punto de volvernos pioneros en algunas conquistas civilizatorias. Todavía a día de hoy, por ejemplo, los discursos antiinmigración, que sí se expanden con facilidad en otros países europeos, pinchan en hueso, fuera de reductos muy concretos, en una sociedad que continúa apreciando en la llegada de migrantes —en ser un país al que la gente quiere venir, en lugar de uno del que sus habitantes procuran irse— la prueba de su conquista del desarrollo y la modernidad.

El juche nacionalcatólico es hoy por hoy una estrategia llamada al fracaso, practíquelo Diego Canga en una Asturias en la que se espera una victoria más o menos aplastante del socialista Adrián Barbón o una Isabel Díaz Ayuso candidata a las generales. Pero merece la pena estar atentos a la evolución de esta amalgama que podrá no ser fracasada indefinidamente, en un mundo en que las turbulencias irán acrecentándose, y el repliegue hacia el ensimismamiento culturalista, e incluso la vuelta de la religión, siendo una tentación cada vez más seductora.

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