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Maculada 1. Con flores a María

Comenzamos con el caso de unas inquietantes manchas sobre la Inmaculada, tótem local. Era otra época y los enemigos parecían lejanos.

El 8 de diciembre de 1617, los Cabildos Eclesiástico y Municipal de Sevilla se juramentaron e hicieron votos por defender “con su sangre” la definición dogmática del Misterio de la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen, concedida en concilio ecuménico por el Papa Pío IX, 237 años después. En 1945 será declarada Patrona de España la Inmaculada, y la ciudad recibió al año siguiente el título de “Mariana”.

El 3 de diciembre de 1918, antes de su inauguración, el grupo escultórico de Lorenzo Collaut Valera culminado con una figura de la Inmaculada amaneció con manchas de tinta. La prensa local se dolió. El día siguiente, El Correo de Andalucía —por entonces una hoja parroquial— se despachaba así: “La semilla de los que escupieron a Jesucristo no se ha extinguido. Descendiente de alguno de ellos e hijo ilegítimo tiene que ser el que ha escupido a Sevilla entera. Verdaderos criminales dignos del mayor castigo han arrojado varios botes de tinta sobre el monumento. Presenciamos un acto de la eterna lucha del amor y el odio”. Y culmina plañendo: “Esas manchas, no españolas, no sevillanas”.

Los supuestos sobre la autoría no iban más allá. No se dieron nombres, no se habló de bandas o conspiraciones. Apenas se hacía otra mención que la trascendencia simbólica del icono. El basamento mancillado escarnecía a la ciudad toda, adalid colectivo del marianismo. No obstante, en estos incidentes de 1918 se apuntan elementos que se prolongarán posteriormente en el desarrollo del perfil del “enemigo urbano”. Aunque la comisión pudiera ser individual, se suponía que fue obra de “un grupo” y se estimaba coherente la existencia de ambientes sociales que, como poco, aplaudiesen estos actos. Pero no se perfilaba la condición del uno o de los otros. Ser capaz de manchar un monumento católico no pergeñaba el vándalo contemporáneo y global, reproducible hasta el infinito, tan familiar hoy.

El fenómeno era circunstancial y no una irregularidad enquistada contra la que la ciudad debiera ponerse en pie de guerra, quizás porque la figura del especialista mediático, académico o institucional aún no había aparecido. Y, por otra parte, los procesos de vigilancia intersubjetiva se fiaban menos al miedo al otro que a los controles indirectos de la etiqueta social. Además, la naturaleza del acto elevaba la explicación a términos metafísicos. El centro de las invectivas estaba copado por cuestiones religiosas: el protagonismo era de la Virgen, y nadie -aparentemente- aprovechó para arremeter contra otros.

Los críticos se negaban a contemplar que la acción pudiese provenir de la ciudad, ni siquiera del propio Estado, y, como si pudiese ensuciar a toda la comunidad, la culpa se expulsó lejos de Sevilla, una toponimia simbólica que, más que mera geografía urbana, es el eje de una escala de valores casi existencial. O bien, los pocos ilustrados, buscaron explicación en imperfecciones educativas o morales ajenas a la responsabilidad de una ciudad presuntamente homogénea en sus comportamientos y ceñida toda a unos mismos referentes. Tampoco cabía concebir que la Acrópolis Mariana albergase sujetos contrarios a la erección del monumento, aunque se reconociera el despuntar del laicismo entre algunos sectores sociales. La iconografía del topos sevillano estaría por encima de toda disputa ideológica, cultural o estética. De ninguna manera los símbolos comunes podían motivar una división local, quizás porque se intuía que ello podía dar al traste con su delicada función articuladora.

La recién estrenada prensa independiente también se manifestó. La Unión, el día posterior a los hechos, iba un poco más allá: el suceso se había perpetrado “en nombre de la tolerancia religiosa”. La idea de progreso y los usos de la tolerancia comienzan también a aparecer como influencias contradictorias para parte de la sociedad sevillana. Esta idea orbitará alrededor de los relatos que glosen en adelante fenómenos parecidos, o en la recurrente composición de jeremiadas sobre el estado rutinario de decadencia en la que la ciudad parece instalada. No es que se niegue la pertinencia del progreso o la tolerancia. Lo que se objeta es que, los sevillanos, que ya disfrutan del estatuto especial de su avecindamiento, no están preparados para conducirse conforme a las nuevas libertades de la entonces en ciernes sociedad de masas porque son, de una forma primordial, seres en minoría susceptibles de una perpetua tutela. La modernidad no es lo suyo. Excepción hecha, claro está del reducto de las élites, a quienes la liberalidad en las costumbres no encanalla. A éstas se le supone la potestad mediadora de filtrar tendencias de todo tipo para adaptarlas a la idiosincrasia de la ciudad. En cambio, la asunción autónoma de pautas de conductas ajenas puede resultar negativa para el buen gobierno urbano.

En cualquier caso, la perspectiva que se desprende de los medios de la prensa ya en 1918 insistía en reseñar que los sevillanos están bien como están, que no necesitan aditamentos sino profundizar en lo propio, perfeccionarse en una autenticidad valiosa incluso para las sociedades más avanzadas, como puede colegirse el mismo día 4 de diciembre en El Liberal: “mientras en los Estados Unidos se piensa erigir un monumento a la Inmaculada, en Sevilla, Ciudad Mariana por excelencia, la del eterno florecer del arte, se comete un atentado brutal contra el bello símbolo de un pueblo creyente”.

En este albor del siglo XX,  que las tradiciones sevillanas no son excrecencias del pasado ni el síntoma de un atraso secular es ya un lugar común. En lo sevillano castizo existe un halo inmanente de civilidad que lo equipara y sobrepuja a cualesquiera otros eventos culturales o sociales avanzados. Las tradiciones sevillanas, según el punto de vista costumbrista, no pueden encararse desde el relativismo cultural, porque la tradición define a toda la ciudad, lo que ha sido, lo que es y lo que será. No existe punto de comparación interior o exterior, no hay otras Sevillas como Sevilla, ni existe otra Sevilla dentro de Sevilla, ni siquiera puede hablarse de prospectiva potencial. En pocas palabras: es imposible pensar la ciudad de otra manera.

En este 1918, la caracterización del otro incómodo no va más allá de la mera conjetura, sin embargo el nosotros colectivo está plenamente constituido y reforzado. Los materiales con los que se construye el mito de la Ciudad de la Gracia ya están a pie de obra. El lugar que ocupan entre las clases ilustradas de otras ciudades el arte de vanguardia, el desarrollo industrial, la arquitectura moderna, los cenáculos intelectuales, la bohemia o los círculos ideológicos está tomado en Sevilla por la gestión del corpus de las tradiciones, en parte por su capacidad de convocatoria y en parte por su cualidad de catalizador de las fuerzas sociales, a las que selecciona, ordena y vertebra orgánicamente en paralelo o por encima del poder institucional.

No quiere decirse que en Sevilla no existieran ámbitos más o menos vanguardistas o espacios sociales transgresivos o no comprometidos con las instancias simbólicas dominantes, pero siempre los encontraremos a su sombra, en un muy segundo orden y ganándose la tolerancia al costo de una fuerte supeditación. Lo que selecciona al sevillano de entre el resto del mundo es moverse al compás de sus tradiciones. Según el relato castizo, no es un ser totalmente atrasado, vive en una contemporaneidad perpetua, siempre es actual porque es clásico. Las tradiciones se mantienen, las modas pasan, Sevilla nunca será arcaica porque es ajena al concepto mismo de cambio. Pero el sevillano de base, usufructuario mas no heredero de las tradiciones, a menudo enferma de novedad y parece renegar de lo suyo. Entonces hay quien demuestra, como en el artículo de El Liberal, que incluso los Estados Unidos quieren dotar a sus ciudades de hitos para el arraigo y la cercanía, como por ejemplo el de una estatua de la Inmaculada.

Ante las élites, las masas sevillanas no saben ponderar ese patrimonio de la manera profunda en que ellas, y los forasteros, saben hacerlo. Solo quien vive a fondo la tradición y además conoce (aunque de oídas) esos otros mundos que no son Sevilla, está en disposición de encomiar plenamente su valor. La disposición deseable ante la tradición ha de ser la del creyente en un templo, o la del visitante culto en un museo: una introspección contrita a las que las masas son especialmente reacias.

Y es que las masas son siempre dignas de desconfianza. Otra noche, la del 14 de abril de 1931, una turba enfervorecida se dirigió al monumento y apedreó a la Inmaculada. Ese diciembre se presentó al Ayuntamiento una moción para que la estatua fuera derribada. No fue así y en otra madrugada explosionó un “petardo” causando destrozos menores a la obra. Nada más.

Durante muchos años la imagen y la ciudad permanecieron custodiadas por un régimen que permitía no demasiadas licencias y sí bastantes penurias. Pero llegaron los años 60 y una nueva generación. Con ella se despendolaría la Virgen.

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