«Puedes meterte con mi partido, con mi religión, hasta con mi familia, pero los ¡Reyes Magos no me los toques!». Una amiga me espetó eso con temible seriedad, y algo parecido suelen decirme otros cuando insisto en cuestionar a tan mágicas majestades en relación con la infancia, pero siguen sin presentarme contraargumentos de peso. Ahora que acabamos de pasar de nuevo por «los Reyes», creo que es buen momento para reflexionarlo con calma.
Mi rechazo a la tradición de los Reyes Magos (por cierto, fácilmente adaptable a la de Papá Noel), se basa en los principios de igualdad, racionalidad y libertad de una ética laica:
1. Promueven y justifican la desigualdad (y a veces la caridad).
La tradición de los regalos de Reyes perpetúa y hace parecer justa, para los propios niños y niñas, la desigualdad social entre unos y otros, especialmente cuando comparan sus regalos.
Los niños pobres siempre tienen menos que los ricos en el «mundo real», es evidente. Y ahora vienen unos seres mágicos que reparten juguetes o artefactos ¡y llevan más y mucho más caros precisamente a los que ya tienen más y mucho más caros! Los más caros no es que sean los mejores, pero suelen ser los más deseados, debido sobre todo a la infame publicidad que asedia a la infancia. Ni es lo mejor una profusión de regalos que lleva al aturdimiento y al hastío.
¿Por qué pensarán los niños que los mágicos, poderosos, sabios, justos y bondadosos Reyes hacen eso? Una pista es que muchos adultos (y los mismos Reyes cuando los toman en brazos) les preguntan si han sido buenos para merecer los regalos que quieren, aunque también les aclaran que los Reyes ya lo saben. Entonces, si un niño de familia acomodada recibe mucho y una niña de familia humilde recibe poco (o nada), de la lógica de la narrativa se deduce fácilmente que la segunda «no fue muy buena», y desde luego no fue tan buena como el niño rico. En pocas palabras, la magia de los Reyes hace ver a los menores, pobres y ricos, que tienen lo que se merecen. Que los niños pobres es que no son muy buenos que digamos.
A menudo se hacen colectas para reducir esa desigualdad, lo que apenas se consigue, pero la gente que dona algo se siente muy confortable con su caridad, que los padres y madres receptores deben recibir con mucho agradecimiento y humillación. La caridad, siempre tan alejada de la justicia social.
2. Se produce un chantaje emocional y se reprime la autonomía moral.
Por otra parte, el uso frecuente de frases como «Los Reyes saben todo lo que haces» y «Si te portas mal, te traerán carbón» es una forma de chantaje. Se promueve que los niños se porten bien no por convicción, sino para obtener una recompensa material.
Con lo cual se favorece asimismo la heteronomía (o no autonomía) moral, pues los menores deben asumir las normas (religiosas) que se asocian a los mágicos personajes.
3. Se hace creer en una vigilancia mental que atenta contra la intimidad.
Se introduce la idea de una vigilancia constante de actos, e incluso de pensamientos y deseos, lo que vulnera el derecho humano básico a la intimidad y la privacidad, y eso dificulta aún más el desarrollo de la autonomía moral y, en definitiva, de la libertad de conciencia.
4. Con el relato falso y descabellado de los Reyes, se desarrolla la irracionalidad y el pensamiento mágico.
La falsedad del relato de los Reyes reparterregalos es obvia, y hasta hace falta un gran complot social (que llega incluso a los telediarios) para que los niños se lo sigan tragando. De hecho, la tontuna de la «Epifanía» es fiesta nacional y ese día se celebra la «Pascua» militar y un sorteo especial de lotería, el «del Niño».
En vez de alimentar el pensamiento crítico, se le reprime con este asunto durante años cruciales para el desarrollo intelectual y moral. Además, se transmite un pensamiento mágico (irracional) ligado a la narrativa católica, tan llena de elementos sobrenaturales y absurdos que se presentan como verdades factuales.
Por otra parte, se hace creer a los padres, madres y adultos en general, que para cultivar la capacidad de asombro hace falta mentir sistemáticamente a los menores. Que esto no es así se puede apreciar con otros cuentos, juegos, películas, etc., que gustan e «ilusionan» muchísimo a los menores sin necesidad de engañarlos; al contrario, se les advierte de que los humanos no vuelan, de que los juguetes o los animales no hablan y viven como las personas, etc. De hecho, en general no hace falta ni advertirles, basta con no decirles «es verdad que hay animales que hablan como nosotros…» y no reforzarles la creencia literal en los relatos de ficción con la promesa de regalos.
Se confunde, incluso con la complicidad de muchos psicólogos y pedagogos, la acepción del término «ilusión» como engaño, delirio o alucinación, con la de anhelo, esperanza o encanto. Y otro tanto con la dichosa «magia» (viva la magia de Tamarit).
5. Antecedentes penosos: la insensatez de los Reyes Magos en el relato evangélico.
Es asombrosa la estupidez de los magos (que no «Reyes») según el relato de Mateo (cap. 2, versículos 1-18). ¿A qué alma de cántaro se le ocurre llegar a Jerusalén diciendo «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» e ir con la historia al mismísimo y malvado rey Herodes? Desencadenaron, según el mito bíblico, la «matanza de los inocentes». Encima, va Dios y avisa en sueños a los magos para que no vuelvan con Herodes (ya podía haberles avisado, tan Listo como es, para que no fueran la primera vez), y en más sueños a José para que escapen de la matanza y se salve su Niñito, pero a los demás que les den (cortes de cuello). Resulta que por el «Salvador» no se salvaron todos los de su quinta en Belén y alrededores.
Alucino con que pasen desapercibidos estos turbios aspectos del relato (totalmente inventado, por otra parte, como es usual en la Biblia) y los magos sigan teniendo fama de Reyes sabios y bondadosos.
Con estos antecedentes, no extraña tanto que los Reyes sigan siendo tan anti-igualitarios: han pasado siempre de los niños y niñas del montón. Ellos sí que se han portado y portan mal, maldita sea su estampa.
¿Tiene consecuencias todo esto en el desarrollo infantil?
Tampoco voy a exagerar, no creo que, en general, las consecuencias sean graves ni irreversibles. Los niños acaban sabiendo la verdad sin un gran trauma, e incluso podría haber algo positivo si el desencanto final (que no se produce, porque no hace falta, con otros productos de la imaginación o la fantasía) les llevara a sospechar de otros cuentos chinos y no tan chinos, pero no suele ser así. Es más, me temo que puede permanecer una tendencia mayor a aceptar otras bobadas pseudocientíficas o religiosas.
¿Qué hacer entonces con los regalos de Reyes Magos a niños y niñas?
Por todo lo dicho, yo los suprimiría, pero entiendo que hay una gran presión familiar y social sobre los padres y madres (aunque no sean creyentes religiosos), de modo que modestamente sugiero soluciones menos drásticas:
* Si no podéis dejar de hacer mentiras sobre los Reyes, al menos minimizadlas, en vez de recrearse en ellas dándoles mucho bombo. Desde luego, decidles a las niñas y niños que los regalos no dependerán de cómo se han portado, y que ni los Reyes, ni Dios, ni Nadie vigila ni puede vigilar sus mentes (lo de la IA es otra historia). De llevarlas a la cabalgata, planteádsela como un desfile de Mickey Mouse; incluso podéis reíros con su complicidad de los políticos disfrazados y hasta embetunados patéticamente. Desde luego, no sentéis a los pequeños en el regazo de esos tíos (o tías) disfrazados, que les pueden preguntar si han sido buenos u otras impertinencias.
* Alimentadles el pensamiento crítico acerca de lo que supuestamente hacen los Reyes (y, de paso, advertidles sobre la embaucadora publicidad). Incluso dándoles pistas acerca de los disparates que se cuentan, hasta que ellos mismos, si es posible, descubran el engaño (en vez de insistir en éste dándoles explicaciones cada vez más penosas). Felicitadlos por el descubrimiento, pedidles perdón por el engaño, y avisadles para que estén alertas ante otras posibles falsedades (todo de acuerdo con la edad y la etapa del desarrollo). Espero que, tras ese desengaño, veáis que para mantener la «ilusión» como asombro o expectativa alegre no hacía falta la «ilusión» como engaño.
* Si tenéis pasta, sugiero reducir mucho el gasto en los regalos de Reyes de vuestros hijos e hijas (y así moderar además el consumismo compulsivo de estas fechas); mejor hacerles aparte los regalos más caros y que sepan que se los hacéis vosotros (y si es posible, que los demás niños también lo sepan). Si no manejáis pasta, tenéis mucho más motivo para no hacer partícipes a vuestros hijos e hijas de una farsa que los pueda perjudicar especialmente.
No temáis por mi amiga proreyesmagos: se enfadará bastante conmigo, pero se meterá con mis propias contradicciones y llegaremos a un nuevo acuerdo de paz ;)
Juan Antonio Aguilera Mochón. Grupo de Pensamiento Laico.





