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Felipe II por Sofonisba Anguissola, 1565 (Museo del Prado)

Las pensiones de los Obispados y la Hacienda real

El déficit crónico de la Hacienda Real en el Antiguo Régimen español hizo que se idearan todo tipo de fórmulas para acopiar ingresos o con el fin de aliviar obligaciones de pago o remuneraciones. En este último capítulo deberíamos incluir las pensiones sobre las rentas de los Obispados. Los reyes de la Casa de Austria, principalmente, pero también los Borbones, siempre estuvieron muy atentos a las distintas y cuantiosas rentas que pertenecían a la Iglesia, de ahí su interés en intervenir en el gobierno de la misma a través del regalismo.

Así pues, los monarcas consideraron la posibilidad de cargar pensiones sobre las rentas de los Obispados, es decir, las episcopales. El destino era pagar a personas o instituciones que tendrían que ser remuneradas o recompensadas por la Hacienda real.

El gran impulsor de este tipo de pensiones, aunque hubo precedentes anteriores, fue el rey Felipe II. Para ello buscó la autorización pontificia con el fin de poder intervenir las mitras. La Hacienda real sistematizó el sistema de pensiones con una escala en función de la riqueza de los Obispados. Sobre las mitras más ricas se aplicaban o cargaban pensiones de hasta un tercio de su valor, y después las de riquezas menores solían generar pensiones de la cuarta parte. Por fin, los Obispados más pobres estaban exentos de estas cargas.

¿Quiénes eran los beneficiarios? En algunos casos las pensiones iban destinadas al sostenimiento de instituciones de caridad o benéficas, pero muchos de los destinatarios fueron particulares para premiar servicios, ofrecer complementos o liquidar atrasos de los sueldos de altos funcionarios de la Administración, así como para contar con embajadores, cardenales o personajes favorables a los intereses de la Monarquía en distintos lugares, etc.

La única condición para recibir estas pensiones era que el beneficiario tenía que ser eclesiástico, pero bastaba con ser un tonsurado, es decir, quien había recibido la tonsura, o el primer grado clerical que se confería por el obispo como disposición y preparación para recibir el sacramento de la orden y cuya ceremonia se realizaba cortando una parte del cabello. Y tonsurados hubo muchos.

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