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Algunas de las pancartas de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia

Las mujeres católicas podrán elegir obispos… pero no serlo

El Papa designa, por primera vez en la historia, a tres mujeres para la Congregación de Obispos mientras se afianza la idea de que en semanas designará al fin a su primera ‘ministra’: el sacerdocio continúa vetado

Son más de la mitad de los católicos en el mundo y, sin embargo, en las altas instituciones vaticanas, hasta hace bien poco, ni siquiera tenían baño propio. Son las que limpian el altar, las que cambian las flores, las que sirven al obispo o al párroco pero, históricamente, las mujeres han sido y son ciudadanas de segunda en la Iglesia católica. Una realidad que el Papa Francisco, muy poco a poco, está comenzando a cambiar.

Este miércoles, por primera vez en dos milenios, Bergoglio nombraba a tres mujeres como miembros de la todopoderosa Congregación de los Obispos, el órgano vaticano que se encarga de seleccionar a los candidatos a dirigir diócesis en todo el mundo. Se trata de dos religiosas: la hermana Raffaella Petrini, actual vicegobernadora de la Ciudad del Vaticano, y la monja francesa Yvonne Reungoat, exsuperiora general de las Hijas de María Auxiliadora; a las que se une María Lia Zervino, presidenta de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas.

Tres pequeñas islas en un mar, el de la fábrica de obispos, copado única y exclusivamente por hombres y, hasta hace muy poco, solo por obispos y cardenales. Tampoco había laicos varones entre quienes podían elegir a sus pastores. A partir de ahora se da la circunstancia de que las mujeres podrán participar en los procesos de elección de obispos… aunque seguirán sin poder serlo.

Religiosas con mascarilla caminan por la plaza de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano Mauro Scrobogna / LaPresse Via ZUM / DPA

Porque, pese a los avances de este pontificado, la igualdad efectiva no está, ni se la espera. Mucho menos en lo doctrinal, donde cualquier posible avance, solicitado por la mayoría de fieles en recientes sínodos, como el de recuperar el papel de las diaconisas, vigente durante los primeros siglos de la Iglesia, ha sido convenientemente paralizado por una Curia vaticana que, en pleno proceso de reforma, quiere frenar cualquier intento de apertura.

Tanto es así que se consideró un éxito histórico (que levantó ampollas entre los sectores ultras) que las mujeres puedan predicar en algunos casos, o repartir la comunión.

Y no solo en el Vaticano: la Iglesia española, en sus recientes conclusiones para el Sínodo convocado por el Papa, eludió cualquier referencia al sacerdocio femenino, pese a que fue una de las cuestiones planteadas con más fuerza por los cerca de 200.000 católicos que, según la Conferencia Episcopal, entre las propuestas enviadas a Roma.  

Todavía queda mucho por hacer y son pocos los que creen que Francisco podrá lograrlo. Y es que, con Praedicate Evangelium en la mano –una histórica y reciente reforma de la cúpula de la Santa Sede–, cualquier hombre (y mujer), podría presidir un dicasterio vaticano, sin ser necesariamente cardenal, obispo, sacerdote o religioso o religiosa.

¿Una ministra en el Vaticano?

¿Una ministra vaticana? El propio Bergoglio revelaba hace pocas fechas que él mismo planteó que una mujer fuera nombrada máxima responsable de las finanzas vaticanas, pero que tanto el sueldo (se trataba de una experimentada economista europea, de la que no se dio el nombre) como, fundamentalmente, la cuestión de género, hizo que se frenara una designación que, curiosamente, acabó recayendo en un jesuita español, Juan Antonio Guerrero, quien se negó a ser nombrado obispo o cardenal, como parecía preceptivo.

La ruptura del techo de cristal ministerial podría darse en las próximas semanas. En círculos vaticanos se da por hecho que el Papa nombrará a la religiosa italiana Alessandra Smerelli como presidenta del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, del que actualmente es secretaria.

Otras mujeres, como la argentina Emilce Cuda, actual secretaria de la Comisión para América Latina, o Nathalie Becquart, subsecretaria nada más y nada menos que del Sínodo (anteriormente conocido como ‘de obispos’), muestran que, pese a todo, se ha puesto en marcha un camino. La propia Raffaella Petrini, de hecho, ejerce desde noviembre pasado como secretaria general de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano.

La religiosa española Carmen Ros Norte, subsecretaria del dicasterio de Religiosos, o Barbara Jatta, primera mujer directora de los Museos Vaticanos (y laica, no religiosa), son otros de los nombres femeninos que, poco a poco, van imponiéndose en el Vaticano. Nataša Govekar, directora de la Dirección Teológica y Pastoral del Dicasterio para la Comunicación; Cristiane Murray, subdirectora de la Oficina de Prensa de la Santa Sede; o Francesca Di Giovanni, subsecretaria del Sector Multilateral de la Sección de Relaciones con los Estados y Organizaciones Internacionales de la Secretaría de Estado, también forman parte de este pequeño club de mujeres en el Vaticano, alrededor de un millar en todo el pequeño estado. Una cifra que, con todo, ha aumentado en los últimos años. Así, mientras en 2010, todavía con Benedicto XVI, apenas el 17% de los empleados vaticanos eran mujeres, diez años después, la cifra supera el 25%.

Un grupo de monjas aguarda en el patio de San Dámaso del Vaticano antes de la audiencia general semanal celebrada este miércoles. EFE/Angelo Carconi

El próximo escándalo: monjas explotadas

Los pasos que se están dando no impiden que haya todavía un bosque que se cierne, todavía demasiado tupido, sobre la realidad de la desigualdad en la Iglesia católica. Uno de los próximos escándalos en explotar, tras el de los abusos sexuales en la Iglesia, está en las condiciones de semi esclavitud que sufren muchas religiosas a manos de obispos y párrocos, especialmente en países en vías de desarrollo, donde algunos prelados llegan a ejercer el mando como una suerte de señores feudales. El propio Vaticano reconocía, hace unos meses, que algunas religiosas vivían prácticamente como sirvientas de los responsables eclesiásticos.

La situación, en casos extremos, llevaba a que muchas mujeres, tras decidir abandonar la vida religiosa, se encontraban con una situación de pobreza extrema, llegando, incluso, a caer en redes de prostitución o trata de personas, sin que sus institutos religiosos de referencia hicieran nada por ayudar a la ex religiosa en su salida a la vida laica.

Una situación que no sólo se vive en África o Asia: en la misma Roma, las scalibrinianas cuentan con una casa de acogida para antiguas consagradas que, tras abandonar los hábitos, terminaron ejerciendo la prostitución. Una casa que el Papa ha visitado en más de una ocasión, y que muestra cómo, en la Iglesia, en lo tocante a la mujer, continúa funcionando la contraposición María-María Magdalena: la virgen y la prostituta… aunque la Magdalena jamás fuera prostituta, y la virginidad de María sea, como tantas otras cosas en la Iglesia, cuestión de fe.

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