Laicismo y prostitución

Hace poco escribía acerca de los nuevos retos del laicismo, entre ellos, los que tienen que ver con la plena igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Profundizando un poco más en este asunto, publicaba también acerca de laicismo y feminismo. En ambos textos apuntaba que la laicidad debía reconocer la prostitución voluntaria como derecho y su regularización o legalización. Dichos textos fueron, a su vez, difundidos por laicismo.orgaquí y aquí. Hace poco, Eugenio Piñero publicaba otro artículo en sentido contrario, con el título “Reflexiones laicistas sobre la prostitución”. En él se refería a:

“algunas opiniones sobre lo que el laicismo puede aportar al feminismo y viceversa. Y concretamente me han llamado la atención algunas reflexiones que se han hecho sobre la prostitución desde presupuestos laicistas, prácticamente coincidentes con las que también defiende el partido neoconservador Ciudadanos. Reflexiones con las que no estoy de acuerdo.”

No sé si apuntaba a mis propios textos, pero sea así o no, utilizo el suyo como excusa para este. Lo primero, bienvenidas estas reflexiones al debate sobre la laicidad y su puesta al día, en concreto, en relación al feminismo y el asunto concreto de la prostitución. Es una buena noticia que dentro del ámbito laicista se visualice la pluralidad de puntos de vista y, sobre todo, el tono amable, riguroso y argumentado en el que se hace.

Entrando en la polémica, si bien es cierto que el nuevo partido Ciudadanos apuesta por legalizar la prostitución, no es cierto que mi propia opinión tenga nada que ver con la de Ciudadanos (en el caso de que dichas opiniones a las que contesta Piñero sean las mías). Ciudadanos no es el único partido a favor de legalizar la prostitución, ni su propuesta concreta es tampoco la única. Desde la izquierda, también hay voces a favor, distintas de la de Ciudadanos. Por ejemplo, la de Imma Mayol, de ICV, o IU en este enlace. Igual que hay asociaciones de prostitutas a favor de considerar lo que hacen como un trabajo digno con todos sus derechos. Asociaciones como AFREMTRAS (Agrupación Feminista de Trabajadores del Sexo) y Hetaira. Ambas, feministas, y por cierto, esta última contraria a la propuesta concreta de Ciudadanos. En conclusión, no se puede relacionar directamente la posición contraria a la prostitución con la izquierda y la favorable con la derecha. Desde la izquierda cabe tanto la posición abolicionista como la favorable a su regulación o legalización, independientemente de lo que Ciudadanos tenga que decir desde sus propias coordenadas liberales.

Tanto Piñero como yo coincidimos en estar a favor de la prostitución voluntaria y en contra de la forzada. La diferencia es que Piñero considera que la prostitución voluntaria no existe de hecho en el mundo real en el que vivimos, mientras que yo pienso que sí. Piñero afirma que:

“Pensar que la inmensa mayoría de las mujeres se prostituyen a pesar de no estar obligadas por esas condiciones, y que es un acto voluntario, me parece, como poco, una ingenuidad (…) Porque, hablemos con sinceridad, cuando hablamos de prostitución, no hablamos de unos supuestos sujetos teóricos que toman decisiones racionales sobre la mercantilización de su “savoir faire” sexual, da igual sea hombres o mujeres; no estamos pensando en unos sujetos abstractos cuyas habilidades corporales las intercambian por dinero de manera tan natural como podemos comprar fruta en la frutería o pan en la panadería. No son sujetos asexuados. Cuando pensamos en la prostitución, pensamos en mujeres; mujeres que se prostituyen no como un acto derivado del libre albedrío nacido de la libre voluntad sino como un último recurso en la mayoría de los casos. Unas veces fruto de la coacción o las amenazas, en otros casos fruto de la desesperación económica o fruto de la urgencia que impone alguna adicción.”

El problema es que Piñero no acompaña sus afirmaciones con ningún dato. Cristina Garaizabal, feminista y cofundadora de Hetaira, sí da datos, pero en sentido contrario:

“Una y otra vez se repite la cifra falsa de que el 90% de las mujeres que ejercen la prostitución son víctimas de trata, pero nadie es capaz de ofrecer estudios concretos que lo avalen. El único informe serio al respecto es de Naciones Unidas, que confirma que una de cada ocho trabajadoras del sexo es víctima de trata. Es decir, en torno a un 85% lo hacen por propia voluntad”.

Piñero niega que haya mujeres que elijan ser prostitutas voluntariamente. Viene a decir que la auténtica prostitución, la que existe de verdad en nuestra sociedad, es una prostitución forzada por las condiciones económicas, y cuyas víctimas son las mujeres que se prostituyen. Dicho al revés, si no fuera por esas circunstancias económicas, ninguna mujer se prostituiría. La prostitución constituye una forma de explotación similar a la explotación laboral, un trabajo indigno porque se hace desde una asimetría entre el hombre-consumidor y la mujer-prostituta.

Lo que dice Piñero será verdad de algunas (muchas o pocas) prostitutas, pero no de todas ni de la mayoría. Antonella, prostituta y miembro de AFREMTRAS, afirma así de contundente: “Soy puta porque me encanta este trabajo”. Es decir, que haber prostitutas voluntarias haylas. Igual que hombres que se prostituyen (para mujeres y también para otros hombres), porque la prostitución no es algo solamente de mujeres. Que la economía influye, pues claro, pero como en cualquier otro trabajo. Garaizabal lo dice justo después: “Otra cosa es que la capacidad de decisión esté condicionada por las necesidades económicas u otras circunstancias, pero todos lo estamos”. ¿Acaso son todos, o casi todos, los trabajos indignos por eso?

Las hay (y los hay) que eligen ese trabajo porque quieren, o porque en uso de su libertad, consideran esa opción mejor (o  menos mala) que otras que podrían elegir igualmente. Y ahí es donde yo veo la libertad de conciencia: la opción por prostituirse, o no, es una decisión que solo atañe a la conciencia de cada persona, de acuerdo a sus valores sobre lo que es digno o indigno, y por eso mismo no puede prohibirse esa opción. Desde el ámbito laicista, debemos defender el derecho a elegir esa opción o a rechazarla, sin entrar en la cuestión sustantiva de si prostituirse, o no, es mejor o peor, más digno o menos digno, eso lo decidirá la conciencia de cada persona. Exactamente igual que no entramos, como laicistas, a decidir si es mejor abortar o no, simplemente defendemos el derecho de que quien quiera pueda hacerlo.

Piñero relaciona después su posición con el binomio libertad-dignidad, indicando que la prostitución no es digna porque no se realiza en condiciones de simetría:

“La prostitución no es un encuentro sexual entre iguales, que buscan en las mismas condiciones el disfrute del placer sexual. El placer es solo para él, que es quien paga. Y quien paga manda. Para ella es un modo de vida. Ella no disfruta; y si algún hombre lo piensa así es para alimentar su fantasía y sus intereses sexuales más que por ser fiel a la realidad (…) no se puede defender la prostitución porque no es una acción humanizadora”.

Pero, de nuevo, esto son opiniones suyas que contrastan con las de aquellas mujeres (y hombres) que afirman prostituirse porque quieren y porque les gusta. La dignidad de la prostitución no está tanto en la supuesta simetría que debería darse en cualquier relación sexual, sino en la libertad y en la conciencia con las que cada persona las conciba.

Lo mismo podría decirse de los actores y actrices porno. ¿También habría que abolir la pornografía? ¿El laicismo debe estar en contra de ella? La opinión de Piñero sobre la indignidad de prostituirse (no sé si también de ser actor/actriz porno) es totalmente respetable, y desde el laicismo hemos de defender su derecho, y el de toda persona que piense como él, a no prostituirse jamás. Igual que defendemos el derecho de toda aquella mujer que no quiera abortar a que no se la obligue. Pero debemos admitir también que hay otras personas que no tienen reparos morales en prostituirse (o practicar sexo a cambio de dinero en una película) y también tienen derecho a vivir y trabajar de acuerdo a su forma de pensar y su libertad de conciencia. Igual que defendemos el derecho a abortar de las mujeres que no consideran que hacen algo mal al interrumpir su embarazo.

No nos corresponde, como laicistas, entrar en esas cuestiones sustantivas sobre la dignidad o indignidad del aborto, la eutanasia, la prostitución o la pornografía, sino defender el derecho de cada persona a pensar libremente sobre esos asuntos y poder vivir de acuerdo a su conciencia al respecto. De lo contrario, tratamos como a “menores morales” a quienes no piensan como nosotros, y les negamos que sus decisiones sean libres. La libertad de conciencia implica asumir que los contenidos de las demás conciencias sobre lo que es bueno, malo, digno o indigno sean radicalmente distintos a los nuestros, y el laicismo procura que, a pesar de esa diversidad, podamos convivir unos con otros. Pero, para eso, debemos aceptar que los demás que piensan totalmente distinto que nosotros no son tontos, ni están locos, ni alienados ni ideologizados cuando afirman elegir libremente lo que eligen, aunque sea prostituirse (o abortar, o la eutanasia, etc.).

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

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