Establecer con claridad las características de un Estado laico es lo único que podría evitarnos caer en el delirio de las supercherías religiosas, tanto en el poder como en la educación y la cultura.
Desde un punto de vista liberal se puede tolerar que las personas tengan las creencias religiosas que les venga en gana, y hasta que las expresen libremente de la manera que deseen, siempre que se respeten las normas previamente establecidas en resguardo de la seguridad y el orden. Incluso, en defensa del libre mercado, se puede tolerar que la gente sea libremente estafada por los gurús de la sanación y salvación del alma, profetas de la verdad bíblica, vendedores de panaceas que alivian el sufrimiento de la vida, ordenan el chakra y potencian las energías positivas mediante curas mágicas, imposición de manos, rezos, relajación, procesiones, meditación o magnesio. Las creencias y estafas místicas son parte de la sociología, la psicología y la psiquiatría pero no de la política. No en un mundo civilizado y moderno. Por eso mismo se insiste en la necesidad del Estado laico, que fue la clave del progreso para las naciones que lo adoptaron.

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