La libertad en los albores del siglo XXI

“Por encima de todas las demás libertades, dadme libertad para conocer, para crear, para expresarme y para argumentar libremente según mi conciencia”. John Milton

“Libertad es el derecho a decirle a la gente, aquello que no quiere escuchar”. George Orwell

La ausencia de un serio debate acerca de cuáles son las concepciones de libertad existentes a la luz de los tiempos actuales, tomando en consideración el lugar y realidad en los que vivimos, no nos han permitido tener claridad sobre sus alcances y significación. No cabe duda, que el valor conceptual de esta palabra, debería ser analizado, estudiado y comentado, con el más penetrante escrutinio. La idea de libertad individual, es un concepto poderoso y atrayente por sí mismo. En una sociedad tan compleja como la nuestra, el significado de la libertad se convierte en algo tan contradictorio y tenso, volviéndose un misterio al igual que un problema, pero también un fin y un ideal a la vez.

La libertad, suele considerarse el más básico de los derechos humanos: un ideal por el que merece la pena luchar y, de ser necesario, hasta morir. El gran valor atribuido a la libertad, es un indicativo de las numerosas y enconadas batallas que se han librado para conseguirla: contra las iglesias, que estaban dispuestas a matar por defender sus ortodoxias; contra el poder absoluto de los monarcas; contra la opresión de las mujeres y de los disidentes políticos; contra la esclavitud, el prejuicio, la ignorancia y un millar de cosas más. Podría también decirse que la libertad, es un derecho inherente a la humana naturaleza, y que concede a los seres humanos, la facultad de obrar según los dictados de su conciencia, por lo cual es dueño y responsable de sus actos.

La libertad se da primero en la primera persona de singular, pero solo se mantiene en las tres personas del plural. Mi libertad soy yo, más nosotros, más vosotros, más ellos. Las tensiones que así se establecen entre mi libre yo, y el mundo de los otros, pueden ser conflictivas, pero siempre son creativas, en el sentido de que, siendo la libertad ante todo posibilidad mía, solo es realmente libre cuando es posibilidad, también, de los otros. La libertad es para transitar, no sin conflictos, entre la persona y el mundo, entre el yo y los demás.

Es así que los seres humanos habitamos en el mundo, pero habitar no es lo mismo que estar incluido en el mundo; para nosotros los humanos, el mundo no es sencillamente el entramado total de los efectos y las causas, sino la palestra llena de significados en la que actuamos. Habitar en el mundo es actuar en el mundo; y actuar en el mundo no es solamente estar en el mundo, ni moverse por el mundo, ni reaccionar a los estímulos del mundo. Los humanos no solo respondemos al mundo que habitamos, sino que también lo vamos inventando y transformando de una manera no prevista por ninguna pauta social, económica, cultural o genética. Nuestra especie no está cerrada por un determinismo de ninguna clase, sino que permanece abierta y creándose sin cesar a sí misma. A esa posibilidad de hacer o de no hacer, de dar el sí o el no, a ciertos actos que dependen de mí, es a lo que podemos llamar libertad. Y desde luego llegando a la libertad, no hemos resuelto todos nuestros problemas, sino que tropezamos con interrogantes aún más difíciles. Para empezar, podemos sospechar que eso de la libertad, quizá resulte ser sencillamente una ilusión que me hago, sobre mis posibilidades reales de ser y de actuar en el mundo.

La libertad de actuar, la libertad de querer, la libertad de ser, la libertad de crear y sus contrarios, esto es, no actuar, no querer, no ser, no crear. Es un vértigo infinito porque podría también querer lo que no quiero, por este motivo Arthur Schopenhauer, negó en el siglo XIX, la existencia de la libertad, pues dijo es un conjunto de deseos infinitos.

Según Hegel “el hombre no es lo que es, y es lo que no es”. Este aparente trabalenguas puede ser razonablemente aclarado: los humanos no somos algo dado previamente de una vez y por todas, algo programado de antemano, ni siquiera ese algo que cada cual pretendemos establecer como nuestra verdadera identidad, –nuestra profesión, nuestra nacionalidad, nuestra religión si la tenemos -, etc., sino que somos los que no somos, lo que aún no somos, o lo que anhelamos ser, nuestra capacidad de inventarnos permanentemente, de transgredir nuestros límites, la capacidad de desmentir lo que previamente hemos sido. Para Sartre, el hombre no es nada, sino la disposición permanente de elegir y revocar lo que quiere llegar a ser. Nada nos determina a ser tal o cual cosa, ni desde fuera ni desde dentro de nosotros mismos. A pesar de que a veces intentamos refugiarnos en lo que hemos elegido ser, como si constituyera un destino irremediable, lo cierto es que siempre estamos abiertos a transformarnos o a cambiar, si fuere del caso, el mismo camino. Si no cambiamos, no es porque tengamos que elegir como elegimos, y ser lo que somos, sino porque queremos ser de tal o cual manera y no de otra. Lo único que los humanos no podemos elegir es entre ser o no ser libres. Estamos condenados a ser libres, por paradójica que pueda sonar esta fórmula sartriana, ya que la libertad es lo que nos define a los seres humanos. Pero, ¿las determinaciones que provienen de nuestra situación histórica, social, económica, cultural y de los obstáculos que la realidad opone a nuestros proyectos ?

Según John Locke, cuya obra inspiró a los Padres Fundadores de los Estados Unidos, garantizar la libertad es la justificación última de la constitución legal de un Estado: “El fin de la ley no es abolir o constreñir, sino preservar y aumentar la libertad”. La libertad de tener las opiniones políticas y religiosas que uno quiera, de expresar tales opiniones sin temor ni trabas, de decidir por uno mismo dónde y de qué manera vivir la propia vida: tales son los premios de la libertad.

La libertad -escribe Hobbes- “no es más que la ausencia de todo impedimento que se oponga a un movimiento”, en este sentido, tengo libertad de acción cuando nada ni nadie me impide actuar. Esta libertad no es nunca absoluta (siempre hay obstáculos), toda vez que ningún ciudadano puede, en ningún Estado, hacer todo lo que quiera, los otros y las leyes, constituyen obstáculos que solo puede eludir cargando con las consecuencias. Por esta razón, para referirnos a esta libertad, hablamos de libertad en sentido político, porque el Estado es la primera fuerza que limita y, sin duda, la única capaz de garantizarla. La ley permite conciliar las libertades de los unos y de los otros, antes que enfrentarlas. Donde no hay ley -señalaba Locke-, tampoco hay libertad. Pues la libertad consiste en no sufrir violencia por parte del otro, lo que no podría suceder donde no hay ley. Que el Estado limita la libertad, sin duda, pero también limita la de los demás, siendo esto lo único que permite que la tuya pueda existir. Sin leyes, no habría más que violencia y miedo. Pero pregunto, ¿en realidad somos libres de querer lo que queremos? Desde el punto de vista filosófico, es el sentido más problemático, y el más interesante, entendiendo, además, que el libre albedrío es la capacidad de determinarse a sí mismo, sin estar determinado por nada. Ahora imaginemos a una persona que tiene libertad, pero que carece de riqueza, educación u otros recursos para ponerla en práctica. ¿Es tal persona completamente libre? ¿Puedes elegir libremente tus opiniones, tus deseos, tus miedos, tus esperanzas? Esta es la libertad de espíritu o de razón, que te permite crear, es la libertad de lo verdadero o la verdad como libertad, pero frente a este criterio, Marx decía que los hombres necesitados no son libres, y creó el concepto de libertad como conciencia de la necesidad, entonces somos más o menos libres de ser, de actuar, de querer y de conocer.

La puesta en práctica y la defensa de la libertad, raramente se desarrolla sin problemas. Estados Unidos que se autoproclama portador de la antorcha de la libertad, se vio mancillado por la esclavitud legalizada, prolongada durante casi un siglo después de haber ganado su independencia, y cuya práctica informal continuó en el siglo XX. En Francia, otro gran bastión de la libertad, la “serena y bendita libertad” que la proclamaban así en un periódico, tras la caída de la Bastilla en 1789, se había transformado en el lapso de cuatro años, en el reinado del Terror de Robespierre, en el que toda la oposición política fue aplastada, y se guillotinó a unos 17.000 sospechosos de contrarrevolucionarios.

En septiembre del 2001, tras los ataques del 11-S, el presidente Bush declaró la guerra contra el terrorismo, que se suponía, daría paso a una era de libertad y seguridad. Pero se desató más bien un tiempo de terror en el que, sin fórmula de juicio alguna, los supuestos enemigos, fueron capturados en cualquier lugar del mundo, siendo maltratados, torturados, encarcelados e irrespetadas sus libertades civiles, y sus derechos humanos.

El Estado debería entonces, permitir que los individuos actuaran como quisieran, siempre que no perjudicaran los intereses de los otros, su primera obligación debe ría ser, utilizar sus poderes y distribuir sus recursos para erradicar la pobreza y el hambre, garantizando la seguridad de una vida digna y decente para los ciudadanos. Pero lamentablemente, al Estado no le gusta la libertad, y se las arreglan magníficamente para contenerla, reducirla, constreñirla o limitarla al máximo. A la sociedad no le interesa la libertad, porque esta no engendra orden, coherencia social, agrupación provechosa, sino más bien la fragmentación de actividades, individualización y atomización social, en este sentido, la libertad provoca miedo, angustia: inquieta al individuo, que se encuentra solo frente a sí mismo, dudando ante la posibilidad de elegir y experimentar el peso de la responsabilidad; pero incomoda igualmente a la sociedad, que prefiere personajes acríticos, integrados en el proyecto asignado a cada uno, antes que una multiplicidad de piezas interpretadas por pequeños grupos de individuos. El libre uso de nuestro tiempo, de nuestro cuerpo, de nuestra vida, engendra una angustia mayor, que, si nos limitamos a obedecer a las instancias generadoras de docilidad, esto es, la familia, la escuela, el colegio, el trabajo y otras excusas para acabar con la libertad, en provecho de la seguridad que la sociedad ofrece: una profesión, un estatus, una visibilidad social, un reconocimiento en función del dinero, etc. De ahí que los hombres con el fin de evitar la angustia de una libertad sin objeto, prefieren tan a menudo arrojarse en los brazos de máquinas sociales, que terminan por engullirlos, triturarlos, digerirlos y después expulsarlos.

Desde la más temprana edad, la escuela se hace cargo de nosotros, para hacernos renunciar de nuestra más salvaje libertad, y hacernos preferir la definida por la ley. El cuerpo y el espíritu están formados, fabricados. Se inculca una forma de ver el mundo, de enfocar lo real, de pensar las cosas. Todo se normaliza, se vigila, se controla y se sanciona. En todas partes se nos tiene que poder ver. Es el principio del panóptico, la tecnología permite la perpetua visibilidad de nuestros movimientos y posiciones. La libertad individual desaparece con el control del espacio, mientras que la administración controla nuestro tiempo. En cada momento se pretende un buen escolar, un buen ciudadano, un buen obrero, un buen funcionario, pero, quién establece o define qué o quién es lo bueno sino el mismo sistema y sus engranajes de poder. ¿La libertad, para qué…? Pues ante todo para aprisionar las múltiples posibilidades de la libertad pura, para forzar a las personas, a pasar por el ojo de la aguja de la disciplina social, con el objetivo no confesado, de extinguir las formidables potencialidades de desorden e insubordinación, contenidas en una libertad sin límite.

Se dice entonces, que el precio de la libertad es la vigilancia eterna. Hoy en día, son los propios ciudadanos los que se han convertido en objetos de vigilancia continua, y los organismos de seguridad utilizan tecnologías cada vez más complejas para vigilarnos. Nuestros movimientos son monitoreados con satélites, drones y miles de cámaras de seguridad; nuestras características físicas y biométricas son analizadas; nuestros datos informáticos son vaciados y catalogados; nuestras llamadas telefónicas son pinchadas rutinariamente; nuestros correos electrónicos escaneados. Existe una incipiente industria de la vigilancia. Ciertamente, el Gran Hermano nos acecha, y así es como tenemos, o creemos que tenemos libertad de conciencia, de expresión, de información, de opinión, de reunión, de organización, de asociación, de manifestación, de tránsito, de contratación, para elegir el género, la profesión y aún el trabajo que queremos y nos merecemos. Pero, además, vamos a coincidir, que también existe la libertad para explotar, para obtener ganancias desmesuradas, para extraer sin límite alguno, los recursos naturales de las entrañas mismas de la tierra, para deforestar, para impedir que las innovaciones tecnológicas sean utilizadas con finalidad pública, o el desarrollo de los medicamentos sean aprovechados por todos los seres humanos, lo cual nos lleva a analizar algo de lo que se denomina la libertad económica.

Desde la retórica de la libertad, el neoliberalismo ha funcionado, ante todo, como medio para enmascarar prácticas dirigidas al mantenimiento, la reconstituci ón y la restauración del poder de clase en el seno de una élite. La idea de libertad, degenera pues, en una mera defensa de la libertad de empresa y de mercado, lo cual asegura la libertad para aquellos cuyos ingresos, ocio y seguridad, no necesitan ser incrementados y una miseria de libertad para el pueblo, que en vano intenta hacer uso de sus derechos democráticos, para resguardarse del poder de los dueños de la propiedad.

Karl Marx, sostuvo la opinión, de que un estómago vacío no es apropiado para la libertad, y que la violencia es la inevitable comadrona de la historia. Tomando en cuenta estas reflexiones, no podría por menos que considerarse al neoliberalismo (o acumulación por despojo) como un fracaso monumental. Un sistema depredador y abusivo, pues aquellas personas que son excluidas o expulsadas del sistema de mercado, son consideradas una enorme reserva de seres, aparentemente desechables, privados de protección social y de estructuras sociales de solidaridad, que poco pueden esperar de la neoliberalización, excepto la pobreza, el hambre, la enfermedad y la desesperación. Su única esperanza es trepar como sea posible a bordo del barco del mercado, bien como productores de pequeñas mercancías, bien como vendedores de la economía informal o como minúsculos depredadores que piden limosna, roban, o de manera violenta obtienen algunas migajas de la mesa del rico. Muchos participan del enorme mercado ilegal del tráfico de drogas, de armas, de mujeres, o de cualquier otra cosa ilegal de la que haya demanda.

Consecuencia de esta libertad que “nos invade” es la enorme migración que desde países atrasados y miserables se dirigen hacia las “ilusiones” de esa libertad del mercado que no consiguieron en sus terruños, muchas veces por causa de los propios colonizadores y depredadores que se nutrieron, de riquezas de los centros coloniales.

El neoliberalismo es una retórica sin sentido, y una práctica que destruye todos los vínculos de solidaridad social, y que encubre un exitoso proyecto en favor de la clase dominante¸ es una cultura que nos obliga a saquear la naturaleza y a consumir sin fin, a vivir como aprendices perpetuos de la dependencia del mercado, y de la acumulación del capital, en lugar de ser seres imaginativos, proactivos, expresivos, creativos, disfrutando plenamente de la esfera de la libertad, antes que atados a la terrible lógica y vacía intensidad de las ligaduras del mercado.

Para ser libres, debemos cuestionar las bases mismas sobre las que se asienta el poder, enfrentándonos decididamente al ogro sobrecogedor del capital financiero, para crear un mínimo de justicia económica y luchar en favor de la construcción de políticas públicas de equidad, de justicia social, de organización, de respeto a la naturaleza, de comercio justo, de seguridad social, de salud integral, y enfrentarnos en contra de la alienación económica y cultural, la anomia social, la exclusión, la marginación, los abusos en contra de la migración y la degradación medioambiental. Necesitamos ejercer resistencia cultural primero, y política después.

Glenn Soria Echeverría y Ángel Enrique Arias Barriga

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