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La Europa de Beethoven y de Víctor Hugo

La Europa que pensaron, imaginaron o soñaron Beethoven y Victor Hugo constituye un referente de hacia dónde debemos avanzar en la construcción del proyecto común de convivencia de los europeos; también lo es la Europa de Gauss y de Laplace , o la de Kant y de Voltaire , o la de Lorca y Valery , o la de Salvador de Madariaga y Bertha von Suttner , o la de Azaña y Ortega . Y tantos otros. En nuestro proyecto europeo, como si se viese aquejado de achaques debidos a sus muchos años, tras dar dos pasos adelante sigue uno hacia tras. En cada retroceso es precisamente cuando la desorientación debe combatirse.

La flaqueza se vence con el pensamiento, con el avance científico, con la creación artística. Cada una a su modo son barreras al desánimo, una certidumbre de la Europa cultural, científica y política que forjaron tantos genios artísticos, científicos y literarios imbuidos de europeísmo. Los pasos atrás no se han acabado, unos serán más difíciles de superar que otros. La no aprobación de la Constitución Europea en 2004 parecía un golpe mortal, el freno que supone la aprobación por unanimidad de los acuerdos importantes ralentiza en exceso su ritmo, la incorporación precipitada de muchos países del Este europeo ha dado pie a no pocos retrocesos. Sin embargo, todos se han ido superando.

La Europa de Beethoven y de Victor Hugo es la Europa de la firmeza. El genio de Bonn constituía el paradigma del defensor de los derechos del hombre y de su fraternidad, en suma, de lo que entendemos ahora como los valores europeos . Beethoven admiraba la Revolución Francesa y en 1804 dedicó su Tercera Sinfonía a Napoleón , al que consideraba liberador de Europa. Cuando, al poco, el corso se proclamó Emperador tachó enfurecido la dedicatoria. El Consejo de Europa adoptó una parte del cuarto movimiento de su Novena Sinfonía como Himno de Europa : no podía hacerle un reconocimiento más grande. La obra de Hugo es otra cara de la misma firmeza europeísta. El impulso vital del autor de Los Miserables es un monumento a la libertad y los derechos humanos. Su oposición fue frontal al Golpe de Estado que dio Napoleón III –al que despectivamente denominaba le petit Napoleon — para proclamarse emperador. Exiliado, rechazó la amnistía general de 1859, «quand la liberté rentrera, je rentrerai». Tras la derrota del liberticida en Sedan, Hugo regresó el 5 de septiembre de 1870 al París asediado por las tropas prusianas. Volvía para defender la capital y, no obstante, cuatro días más tarde publicó un escrito dirigido a los alemanes que llegaban a París donde decía que «nous sommes le même peuple que vous».

La Europa de Gauss y Laplace es la Europa de la Ciencia, que da sentido a la Europa laica. Laplace fue, solo seis semanas, en 1799 durante el Consulado, ministro del Interior con Napoleón como primer cónsul. Laplace había publicado poco antes un libro titulado Exposition du système du monde . Se cuenta que Napoleón leyó el libro y comentó a Laplace que no citaba ni una vez en su obra al creador del universo, a lo que Laplace respondió: «Sire, nunca he necesitado esa hipótesis». Hoy, más que nunca, la ciencia forma parte de la que debe ser el alma de Europa.

La Europa de Kant y de Voltaire es el símbolo de la Europa federal. Pensada así por Kant, que la concebía como una federación fundada en la paz en su maravilloso libro Sobre la paz perpetua , una de las más lúcidas obras del filósofo más lúcido. Y por Voltaire, viajero inagotable que impartió sabias lecciones en toda Europa. Voltaire fue el precursor de una comunidad europea del conocimiento.

Tantas otras Europas, piezas del puzle del europeísmo. La de Bertha von Suttner, combatiente del belicismo con su famosa obra ¡Abajo las armas! O la de Salvador de Madariaga, a quien se debe la idea original de la bandera europea, de una constelación de estrellas sobre un fondo azul, posteriormente reordenadas en forma de círculo. O la sublime creación poética de Lorca y de Paul Valery. O la pasión de Azaña y de Ortega por la patria europea futura.

En estos albores del año 2021, la fe europeísta transita por una zona de claroscuros. Los dirigentes europeos han sabido dar dos impulsos capitales a la Unión Europea: la generosa dotación de fondos para la reconstrucción de la sociedad europea, tras la emergencia sanitaria, y la implantación del Pacto Verde Europeo para combatir la otra emergencia, la climática. Pero, a la vez, Europa se ve acechada por diversos movimientos populistas y una creciente insolidaridad entre países del norte y el sur del continente.

El mensaje principal no ha variado: hay razones sobradas para continuar creyendo en Europa, pero ¿qué Europa?

En una conferencia que pronuncié hace unas semanas sobre la europeización de nuestras universidades, una asistente que pidió la palabra en el coloquio enfrió mi fervor europeísta con un comentario sobre el hecho de que, a su juicio, los jóvenes universitarios encuentran menos razones para sentirse atraídos por la idea de la Europa unida. Me preguntó, a continuación, cuál era mi opinión sobre esa circunstancia. Rebatí la rotundidad de su afirmación, aporté datos históricos, cité las bondades de un futuro unido…, pero también me dio un motivo para la reflexión.

¿Qué ha de ofrecer Europa para enamorar a las nuevas generaciones? Recuerdo unas declaraciones de Luis Alvarado , un brillante joven canario que ha sido presidente de la AEGEE-Europe, y que en 2014 la Fundación Schwarzkopf lo eligió como Joven Europeo del Año . Decía Alvarado que «Europa es el regalo y el legado de nuestros mayores» y añadía que «para nuestra generación, 60 años de paz ya no es suficiente» para, finalmente, formular el deseo de avanzar hacia una «Europa más integrada, más federal, donde no se antepongan los intereses nacionales a los comunes europeos». ¿Acaso ese pensamiento no contiene una propuesta suficientemente atractiva?

Bien podría recordarse aquí una idea de John F. Kennedy en el discurso de inauguración de su presidencia, que decía: «no preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país».

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