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Imagen de Reykjavík, la capital de Islandia. / Tom Podmore, Unsplash.

[Islandia] Islandia aún está lejos de convertirse en un país ateo, pero la “indiferencia” es la nueva normalidad

Los movimientos neo-paganos y humanistas encuentran su lugar como reacción al cristianismo. Los inmigrantes han cambiado el panorama de un país en el que la mayoría todavía están registrados como luteranos.

De vez en cuando, aparecen titulares sobre la “Islandia atea” en las redes sociales. A veces son fake news, otras veces es una simple exageración del progresivo crecimiento de los grupos humanistas.

Lo que muestran las últimas estadísticas oficiales (marzo de 2022) es que el 60% de los 370.000 habitantes de Islandia todavía son miembros registrados de la Iglesia Luterana, aunque se cree que solo alrededor del 2% de estos son feligreses comprometidos.

Para muchos de los que crecieron en familias luteranas, ser confirmados en la iglesia histórica sigue siendo una tradición a seguir. Pero el bautismo infantil encuentra cada vez más alternativas, como las  “ceremonia del nombre” seculares, como las que lleva a cabo el grupo ateo Siðmennt, que cuenta con 4.700 miembros y un crecimiento anual de alrededor del 10%. Entre los objetivos del que es el sexto grupo confesional más grande en la isla, está el sustituir al cristianismo en actos litúrgicos como los funerales civiles.

Pero lejos de convertirse en un país ateo, “la mejor palabra para describir a los islandeses en relación con la fe es indiferencia, especialmente si hablamos de personas por debajo de los 40-50 años”, dice Ragnar Gunnarsson, líder de la Misión Luterana de Islandia, un grupo centrado en “hacer discípulos de Jesús” en su país de origen y más allá.

Islandia aún está lejos de convertirse en un país ateo, pero la “indiferencia” es la nueva normalidad

Ragnar Gunnarson, líder de la Misión Luterana de Islandia.

Gunnarsson, que también preside los cursos Alpha en Islandia y es director de la revista Bjarmi, observa un cambio de tendencia hacia una “religión privada” en la que las personas dicen creer en Dios y oran, pero ya no expresan su compromiso con una determinada iglesia.

“Muchas de las generaciones más jóvenes no son ni positivas ni negativas hacia la Iglesia o el cristianismo. No saben qué significa ser cristiano ni quién es realmente Jesús”, añade.

¿Regreso al neo-paganismo?

Una tendencia sorprendente para quienes miran desde fuera es la aparición de movimientos neo-paganos. Ásatrúarfélagið es una religión registrada desde 1972 y, a pesar de no tener much actividad en los primeros años, ahora cuenta con 5.500 miembros registrados. Este grupo panteísta, que busca recuperar una espiritualidad nórdica ancestral, pide ya hace un tiempo un reconocimiento estatal para recibir subvenciones y licencias de ministro de culto.

A pesar de que esta espiritualidad nórdica llama la atención como “especial, cuando los turistas vienen a Islandia”, dice Gunnarsson, este movimiento folclórico debe ser visto más bien como una reacción contra la historia cristiana de Islandia, más que como una “religión seria”.

Islandia aún está lejos de convertirse en un país ateo, pero la “indiferencia” es la nueva normalidad

El sacerdote del movimiento neo-pagano Ásatrúarfélagið, Hilmar Örn Hilmarsson, y sus adeptos de camino a celebrar un blót (un sacrificio ofrecido a los dioses nórdicos) en Þingvellir, en 2009. / Lenka Kovářová.

Iglesias evangélicas pequeñas

¿Y qué hay de los evangélicos en Islandia? Le hacemos llegar esta pregunta Gunnarsson, que también está involucrado en el Movimiento de Lausana. “Hay diferentes iglesias”, dice. “Los pentecostales (Hvítasunnukirkjan á Íslandi) son los más grandes”, con alrededor de 2.000 miembros y “una comunidad en Reykjavik y otras más pequeñas alrededor de la isla: en total son 8 lugares de culto”.

Luego están otros grupos como Fríkirkjan Vegurinn y Smárakirkja (ambas carismáticas y con alrededor de 400 miembros cada una), seguidas de denominaciones de entre 100 y 200 personas como Catch the Fire, el Ejército de Salvación, Betania y Kefas. Las iglesias con menos de 50 miembros son, sobre todo, de bautistas y luteranos libres.

Gunnarsson dice que mientras que las iglesias evangélicas más grandes a menudo tienen dificultades a la hora de involucrar a todos sus miembros, las iglesias más pequeñas tienen la membresía más activa.

Islandia aún está lejos de convertirse en un país ateo, pero la “indiferencia” es la nueva normalidad

El 60% de la población en Islandia sigue siendo miembro de la histórica y oficial Iglesia Luterana. / Jon Flobrant, Unsplash.

La fe de los recién llegados

El panorama religioso también ha cambiado en los últimos 20-30 años con los más de 60.000 extranjeros que se han establecido en Islandia. Muchos vienen de Polonia y se unen a las iglesias católicas, otros forman grupos que evitan buscar el reconocimiento oficial.

Entre ellos también hay evangélicos, “grupos internacionales de España, Colombia, Nigeria, Etiopía, Uganda, Polonia… La mayoría de ellos no están registrados con el gobierno”.

Oportunidades y retos para la misión cristiana en Islandia

A pesar de la sensación de que la religión está perdiendo relevancia, la verdad es que “los problemas psicológicos han ido en aumento, las tasas de suicidio son bastante altas aquí”, apunta Gunnarsson.

En la práctica, “las personas son reacias a retirarse formalmente de su iglesia”. “Esta es una oportunidad para presentar el evangelio”, así como el hecho de que “muchos extranjeros que se mudan aquí vienen de países donde hay muy poca presencia cristiana”.

Islandia aún está lejos de convertirse en un país ateo, pero la “indiferencia” es la nueva normalidad

La llegada de más de 60.000 inmigrantes en las últimas tres décadas ha añadido también diversidad al panorama religioso nacional. / Einar H. Reynis, Unsplash.

“El desafío es tal vez cómo romper ese umbral de indiferencia” y cierto “recelo hacia un cristianismo más comrpometido con en la Biblia”, cuyas creencias contrastan con una iglesia nacional luterana “que algunos consideran que se ha movido hacia una teología más liberal en las últimas dos décadas”. Lo que es obvio para todos, agrega, es que Islandia “se está alejando de la ética y los valores cristianos, posiblemente más rápido aquí que en muchos otros lugares de Europa”.

Los cristianos no deberían ver el regreso de una cierta cultura cristiana como una prioridad, dice Gunnarson, “sino orar, predicar el evangelio y hacer discípulos, que con el tiempo afectarán a la sociedad”. Otro esfuerzo debería ser el de “defender el derecho a creer y expresar tu fe y opiniones basadas en tus convicciones en la sociedad, y defender eso para todos”.

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