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Manifestación de mujeres kurdas en Siria por la muerte de una joven en manos de la policía de la moral iraní. / Delil Suleiman

[Irán] La policía del pensamiento

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Los artículos de opinión o editoriales expresan la de su autor o medio, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus:

El Observatorio recoge toda la documentación que detecta relacionada con el laicismo, independientemente de la posición o puntos de vista que refleje. Es parte de nuestra labor observar todos los debates y lo que se defiende por las diferentes partes que intervengan en los mismos.

La negación progre del debate sobre el Islam deja todo el terreno a la extrema derecha, que lo ocupa de la forma más peligrosa

Esto no va por barrios. Históricamente, tanto las derechas como las izquierdas han tenido la tentación de imponer el relato impidiendo que se escucharan los relatos contrarios. Y no me refiero a las dictaduras totalitarias, cuyo ADN se nutría de la prohibición de pensar, opinar y debatir. Más allá de las tiranías, la censura es también una herramienta eficaz en democracia de la que no se escapa ninguna sensibilidad ideológica, incluso aquella que hace, de la libertad de expresión, una bandera. Y el matiz es necesario porque está generalizada la idea de que las derechas tienden a ser más censoras que las izquierdas, lo que es incierto en estos tiempos de dominio de la corrección política.

Para decirlo con claridad, ha cuajado una policía del pensamiento que, bajo el amparo de la santidad progresista, impide los debates más sinuosos, imponiendo dogmas, repartiendo carnets éticos y criminalizando a los que defienden ópticas diferentes. La letanía es conocida: todo aquel que no piense según el catecismo políticamente correcto pasa a ser un hereje, y rápidamente se le cuelga el sambenito que señala la infamia.

Como decíamos con Antoni Gelonch en el programa ‘Fax’ de 8tv, hay temas muy llamativos sobre los que no hay forma de debatir, porque no solo no se admite la posibilidad de disentir sino que se demoniza a quien lo hace. Por ejemplo, no se pueden defender los valores cristianos, so pena de ser tachado inmediatamente de reaccionario. Para los gurús de la corrección política, la visión de un cura produce urticaria, contrariamente a la de un imán, que parece que les produce un orgasmo. Si hablamos de economía, cualquier reflexión racional que plantee la bajada de impuestos, en lugar de la subida, cae en el pozo de la maldad social y es expulsada del debate público. Pero la estrella de las prohibiciones es la cuestión del islam, sobre la que está prohibido pensar, criticar y debatir. Si el Sancho del siglo XVII se topó con la Iglesia católica, el del siglo XXI se topa con el islam, porque toda crítica se convierte, inmediatamente, en un anatema.

Huelga decir que no me refiero a la fe trascendente de cada uno, ni a la sociedad plural, nacida de la convivencia entre identidades y religiones, sino al reto que la ideología islamista -sobre todo el salafismo- representa para la sociedad de las libertades. Tenemos un problema muy grave con el islamismo que intenta recortar derechos fundamentales, entre ellos los derechos de las mujeres, de forma sutil, pero militante, y en lugar de recibir el rechazo a sus imposiciones goza del buenismo de una progresía que proyecta una mirada paternalista sobre prácticas que son claramente reaccionarias.

Estos días estamos viviendo una paradigmática dualidad: por un lado, la extraordinaria lucha de los iraníes contra el régimen, a raíz del asesinato de Mahsa Amini, poniendo en peligro su vida. De hecho, las protestas acumulan ya decenas de muertos. Y esta lucha valiente de las mujeres musulmanas contra el hiyab y el resto de dominios existe en todos los países donde se impone la sharia. No tengo ninguna duda de que las Nelson Mandela del siglo XXI son las mujeres musulmanas que luchan por la libertad. Sin embargo, en nuestro país estas luchas son ninguneadas por la progresía -republicanos, cuperos, ‘comunaires’-, que las ignora, las minimiza e, incluso, las justifica.

Hay partidos que consideran que tener una diputada con hiyab es un mérito en sí mismo, olvidando que están promocionando un símbolo misógino de opresión de la mujer. No solo eso, sino que usan el hiyab como señuelo electoral, siempre acompañado de una buena dosis de victimismo. El ejemplo de la diputada de ERC es más que notorio. Al mismo tiempo, si alguien se atreve a elevar una crítica es tildado al instante de racista, el comodín que usa el progresismo para negar el debate. Un tipo de ‘reductio ad Hitlerum’ de andar por casa. Abusan tanto de la acusación de racista que banalizan el concepto. Y eso lo hacen dirigentes políticos de todo tipo –Alba Vergés o Marta Vilalta como últimos ejemplos-, lo cual es el delirio.

Acabo como al inicio, con la convicción de que la negación progre del debate sobre el Islam deja todo el terreno a la extrema derecha, que lo ocupa de la forma más peligrosa. El islamismo es un problema grave en todo el mundo, pero también en nuestras sociedades. Negarlo no solo es un síntoma de estulticia intelectual, sino también de irresponsabilidad democrática. El progresismo está abandonando a las mujeres musulmanas que luchan por la libertad. Es una ceguera histórica que pagaremos como sociedad.

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