Identidad, una dialéctica entre lo individual y lo colectivo

La difusa etapa actual, a la que suele  llamársele “postmodernidad”, ha permitido la manifestación de una serie de singularidades que hasta hace algunas décadas se mantenían subsumidas en un concepto de sociedad homogénea, donde no se daba relevancia ni reconocimiento a la diversidad encarnada por las minorías.

Las diversidades, que siempre han estado presentes a lo largo de la historia, han pasado por alternativos procesos de ocultamiento y visualización, dependiendo de la estructura de valores y de las relaciones sociales de cada época, generando así múltiples escenarios de interpretación y trascendencia.

La diversidad cultural da cuenta de los modos de convivencia e interacción entre culturas diferentes en un determinado espacio geográfico, respetando cada una de ella sus tradiciones fundamentales. Cuando emerge un intento unilateral por suprimir la diversidad, ya sea a través de un proceso de transculturación pacífico o con métodos coercitivos, se generan factores detonantes de conflictos que, como enseña la historia, pueden escalar hasta la perpetración de genocidios.

La intolerancia lleva a un ensalzamiento desmesurado de lo propio, asumiéndolo como lo único bueno, cierto o valioso, y, en sentido contrario, a un prejuicioso desprecio de lo que es ajeno, identificándolo con “el mal” o con algún peligro potencial.

Una de las principales causas de la intolerancia en el mundo actual halla sus raíces en las diferencias religiosas. Incluso dentro de una misma religión se provocan conflictos con derramamiento de sangre, como los que ocurren en países como Arabia Saudí o Pakistán, en que sectores fundamentalistas atentan contra otras ramas del Islam que promueven una mayor apertura hacia el mundo occidental. El mismo Pakistán, en permanente conflicto con India por disputas limítrofes y rivalidades entre musulmanes e hindúes, estuvo a punto de desatar una guerra nuclear en 1998. Pero la intolerancia está también en las calles de países que consideramos “desarrollados”, con irracionales agresiones hacia las personas trans o hacia inmigrantes indefensos, por parte de pandillas neonazis o de ultraderecha, que dan cuenta del odio y el racismo que ha rebrotado en los últimos años tanto en EE.UU. como en Europa.

Las brutales experiencias vividas por la humanidad como consecuencia de invasiones, guerras mundiales, totalitarismos, racismos y supremacismos durante el siglo XX, enseñan que, pese a los inevitables conflictos de interés que surgen en la convivencia cotidiana, es el ejercicio de la tolerancia el que nos permitirá soñar como sociedad con acrecentar la praxis de la equidad y la universalidad, en términos realistas.

El asunto es tanto más grave en países que empiezan a confinar a las minorías a condiciones de inferioridad y discriminación. La pérdida del respeto hacia “el otro” genera un condicionamiento colectivo contrario a la diversidad, rechazando usos y pautas culturales distintas a las que la mayoría de una población considera “normal”.

Algo que nos es tan cercano como la cultura mapuche, ha sido por decenios motivo de desprecio en consonancia con un sentir racista que, aunque encubierto, ha estado siempre subyacente en el discurso de la élite dominante. La negación de las diversidades indígenas se instaló como política del Estado chileno desde la segunda mitad del siglo XIX, más precisamente desde que se tomó la decisión geopolítica de anexar grandes territorios del pueblo mapuche, operación llevada a cabo a través de la eufemística campaña militar denominada Pacificación de la Araucanía. Posteriormente, a los mapuche se les denegó su condición de pueblo o nación, integrándolos, sin que se les consultara, como ciudadanos chilenos, aunque carentes de expresión política y representación ante las instituciones del Estado. Finalmente vino el proceso de aculturación, ejecutado a través de la escuela, las policías, el servicio militar, los medios de comunicación y la “evangelización”, tanto católica como evangélica.

Como era de suponer, el sincretismo provocado por casi 150 años de aculturización causó daños irreversibles en la diversidad que representa el pueblo mapuche, alterando los patrones culturales originales de los que se nutría su identidad. La diversidad que representa el mapudungun, y el temor a la expresión lingüística que pudiera codificar un contenido ideológico, explican que por largo tiempo se abandonara su práctica, que dejara de enseñarse en las escuelas rurales con mayoría de niños pertenecientes a comunidades mapuche, incluso que se prohibiera su uso durante la dictadura. El despojo de su lengua, tanto al individuo como al pueblo mapuche, fue un irreparable atentado a su identidad cultural.

La identidad, algo cuya definición perturba principalmente a las personas que en el plano individual se ven aquejadas por ambigüedades, ya sea de género, de orientación sexual, de pertenencia a una etnia subalternada o de minusvalía cultural como ocurre a los migrantes, es una necesidad humana, tanto como la alimentación, la salud o el afecto, y constituye parte integrante de la dignidad de cualquier persona. La identidad es el proceso en el que todo individuo busca una narrativa personal para comprenderse y autodefinirse, tanto en el desarrollo de su proyecto de vida como en la formación de una personalidad autónoma.

Del mismo modo que en el ámbito individual, la identidad es propia también de grupos o comunidades. La construcción de la identidad se estructura en el encuentro con el Otro, en un juego de influencias mutuas. Allí las personas pertenecientes a una minoría (sexual, étnica, religiosa u otra) encuentran un apoyo para su equilibrio psíquico, adquiriendo conciencia de que “no están solas” y que existe la posibilidad de adaptarse al hallar un entorno de empatía.

La Otredad

El fenómeno de globalización económica que vive la humanidad ha traído de la mano también un proceso de globalización cultural, que induce a la identificación de la persona con la consecución de objetivos mayoritariamente relacionados con el consumo de mercancías-símbolo, y el anhelo de ser parte de una identidad social caracterizada por la permanente adquisición de objetos desechables. Causa o efecto de la ideología neoliberal, las convicciones rotundas e identificatorias con alguna utopía social del hombre del siglo XX, se han transformado en los tiempos actuales en expectativas pasajeras, dúctiles y carentes de pasión. Los nuevos tiempos estarían demostrando que se puede vivir sin ideales.

Así se genera una progresiva homogenización, todos los jóvenes hasta cierta edad compran y usan bienes semejantes, todos subsumidos en la particularidad en que les tocó vivir y desarrollarse. Hay sociólogos que opinan que en la etapa actual el mercado llega incluso a ser más influyente que la escuela en el proceso de adaptación a su identidad social.

La necesidad de distinguirse surge entonces con la conformación de “tribus”, cada una en torno a la veneración de sus propios mitos, que se transforman algunas veces en caldo de cultivo de hostilidad a “lo diferente” o hacia lo “ajeno”.

La identidad puede surgir al mismo tiempo desde lo étnico, de una determinada definición sexual, de un grupo, incluso del apego a un club de futbol. De modo que no es únicamente la religión, la xenofobia o la etnicidad lo que explica los conflictos de la sociedad actual, los que provienen a menudo de la superposición de identidades múltiples con historias y reivindicaciones culturales, plasmados en movimientos de demandas identificadas con las minorías. Ejemplo de ello lo constituyen los movimientos feministas y los LGTB, que han logrado incorporar adherentes provenientes de distintos sectores con una nueva forma de entender conceptos de género, sexo y sexualidad, reinterpretando los patrones propios de la Modernidad, y exigiendo su reconocimiento por parte de la sociedad y del Estado. «Nosotros nos reconocemos como ‘nosotros’ porque somos diferentes de ‘ellos’. Si no hubiera ningún ‘ellos’ de los que somos diferentes, no tendríamos que preguntarnos quiénes somos nosotros.» (Hobsbawm, La izquierda y la política de la identidad, 1996).

La manifestación de las minorías en el espacio público es definitivamente un fenómeno de la posmodernidad, constituyendo un desafío a la tendencia de avanzar hacia una sociedad global. Las demandas de estas comunidades pueden ser de carácter progresista, como ha sido evidente en la lucha por los derechos de la mujer o de las personas trans, sólo por poner un ejemplo. Sin embargo, aparecen también grupos sociales con exigencias particulares, comunitarismos que privilegian la pertenencia a una comunidad específica —étnica, religiosa o de género— por sobre principios universales y por sobre la concepción de bien compartida por la mayoría de los ciudadanos. La pretensión de estos grupos de imponer una moral surgida principalmente de una cultura endógena, constituye en muchos lugares del mundo una amenaza para la paz. De hecho, autores laicistas franceses (Julien Landfried, Communautarisme contre République: une menace en trois dimensions, en Après-demain, 2011) consideran el comunitarismo como una semilla destructiva de la práctica republicana de ese país, que logró conciliar una filosofía de equilibrio entre los principios de igualdad y de diversidad, con una práctica antropológica antirracista como es la asimilación. Esta se entiende como el proceso por el cual “individuos o grupos de diferente herencia étnica son absorbidos por la cultura dominante de una sociedad, asumiendo los rasgos de esa cultura dominante sin perder necesariamente los propios”. (Elizabeth Prine Pauls, Encyclopedia Britannica, 2019).

El fenómeno de la diferenciación puede alcanzar niveles psicopáticos como los exhibidos por el presidente de EE. UU. Donald Trump, que pretende recuperar la identidad dominante de su país por la vía del matonaje, la xenofobia y el aislacionismo.

Es sin duda el concepto de interculturalidad, a pesar de su pluralidad de significados y sentidos, el que enfoca el problema con mayores rasgos de humanitarismo, propiciando un tipo de convivencia pacífica abierta a la coexistencia de culturas, fomentando la comprensión a través de la tolerancia y la erradicación de prejuicios racistas. Las brutales experiencias vividas por la humanidad como consecuencia de invasiones, guerras mundiales, totalitarismos, racismos y supremacismos durante el siglo XX, enseñan que, pese a los inevitables conflictos de interés que surgen en la convivencia cotidiana, es el ejercicio de la tolerancia el que nos permitirá soñar como sociedad con acrecentar la praxis de la equidad y la universalidad, en términos realistas. Como precisara Bobbio, “contraste entre el respeto a mi convicción y el respeto al otro, entre lo que debo creer y lo que debo hacer” (BOBBIO, N. [1991]: Las razones de la tolerancia”).

Causa o efecto de la ideología neoliberal, las convicciones rotundas e identificatorias con alguna utopía social del hombre del siglo XX, se han transformado en los tiempos actuales en expectativas pasajeras, dúctiles y carentes de pasión. Los nuevos tiempos estarían demostrando que se puede vivir sin ideales.

Laicidad e identidad religiosa

La religión es un aspecto primordial en la vida de muchos seres humanos. En cada religión deben existir múltiples formas de aproximación a ella, desde los que genuinamente abrazan la fe y observan el culto, pasando por los se entregan preferentemente al estudio de las creencias teológicas, los que viven angustiados por la amenaza del castigo eterno, hasta quienes se sienten atraídos principalmente por la cultura fraternal que se puede encontrar en una comunidad de fieles.

Este conjunto de motivaciones da pie a lo que podría ser la identidad religiosa del individuo, que establece un ordenamiento sicológico, una ley moral y, consecuentemente, normas de comportamiento social fundamentadas más en el temor al castigo eterno que en una moral relacionada con el sentido pleno de la vida, como son la felicidad, la paz y la justicia, la belleza, el amor y la sexualidad. Durante siglos, la religión católica fue un factor de alienación para los desposeídos y explotados, bajo la promesa de una recompensa celestial, demostrando un profundo desinterés por la condición humana.

Tampoco en esta dimensión religiosa de la vida social se percibe demasiada libertad para la opción de los fieles. En tanto expresión cultural, las personas asumen mayoritariamente la religión imperante en su familia y/o en su comunidad, y, salvo situaciones anómalas como sería incurrir en una apostasía, difícilmente se sentirán llamadas a migrar a otra fe. Otro asunto es la pérdida de influencia que experimentan las religiones en la hora actual, en medio del escepticismo que despierta cualquier metadiscurso omnicomprensivo, lo que ha ido alejando progresivamente a las personas de los preceptos religiosos y vaciando los templos.

La realidad en cuanto adhesión a las diversas iglesias que experimenta un país, se enmarca en su ordenamiento jurídico, en la mayor o menor laicización de las instituciones del Estado, y en el nivel de secularización que haya alcanzado la sociedad. El grado de libertad del que puedan gozar los ciudadanos en su autonomía religiosa, depende así de los privilegios constitucionales otorgados a una o varias religiones — en los Estados confesionales la conciencia ciudadana se ve restringida a la norma moral y teológica impuesta por la religión dominante—, o, por el contrario, a la libertad de conciencia que entrega total autonomía para abrazar una determinada fe o ninguna.

El laicismo es una visión del mundo que promueve la total separación de las instituciones religiosas del Estado, de modo que las personas que abrazan alguna creencia, así como las que no tienen ninguna, gocen de los mismos derechos frente a la ley. De esa manera, el laicismo no tiene por qué asumir un carácter antirreligioso, ya que su propósito es el de proteger las libertades, creencias y prácticas religiosas de todos los ciudadanos por igual. No intenta limitar la libertad de religión de ningún ser humano, por el contrario lucha para asegurar que ambas libertades, la de pensamiento y de conciencia, se apliquen a plenitud considerando su estatus en cuanto derechos humanos.

El secularismo es hoy un aspecto esencial en toda democracia moderna, permitiendo que conceptos de igualdad, libertad de religión y tolerancia fundamenten el quehacer político. De esta manera, una sociedad secularizada no permitirá que ninguna institución religiosa o política adquiera un poder capaz de retrotraer el grado de laicidad alcanzado por el Estado, dejando definitivamente en el pasado la sumisión a una religión dominante.

La laicidad es una categoría política que da cuenta del grado de neutralidad del Estado frente a toda expresión religiosa y concepción de bien, garantizando así la plena libertad en materia de conciencia. Un estado laico pleno mantendrá controlada cualquier posición política que intente imponer las visiones religiosas o filosóficas de una parte de la sociedad al resto de la ciudadanía, por ejemplo, reduciendo el rol de la educación pública y el carácter neutral que pudiere proporcionarle el Estado, coartando consecuentemente el pensamiento libre de los educandos para adquirir una visión secular de la sociedad.

El secularismo asume así la defensa de los derechos humanos contra las demandas religiosas discriminatorias, propiciando leyes de igualdad para la protección de las mujeres, de las personas LGBT y de otras minorías. Resguarda los derechos de los no creyentes del mismo modo que los derechos de aquellos que se identifican con una creencia religiosa o filosófica en particular. El secularismo proporciona en la actualidad el marco más adecuado para una sociedad democrática, generando las condiciones para el desarrollo de toda la comunidad, en la que las personas que profesen o no una religión, puedan vivir juntas en paz y respeto.

La interculturalidad

La mayoría de las democracias en la actualidad se hallan tensionadas por cuestiones de identidad y desigualdad de oportunidades. Las identidades se van desdibujando en un mundo cosmopolitizado, donde lo local se mezcla con lo global, y donde la diversidad social y cultural muchas veces es objeto de exclusión.

Chile hace años que comparte la lista de países más desiguales del mundo, por lo que se acude a políticas migratorias restrictivas para evitar que ciudadanos provenientes de países pobres acentúen los índices de marginación, tales como precariedad laboral, explotación y salarios bajos. Las identidades vinculadas a categorías de nacionalidad, etnia, clase social y género se ven acuciosamente sometidas a criterios de selección al momento de autorizar su ingreso al país, exponiéndose los menos afortunados, ya sea por color de la piel, condición económica, nivel de alfabetización o género, a rechazos discriminatorios.

El siguiente problema es el de la asimilación o adaptación a un medio social y cultural desconocido. Las barreras de alimentación, doctrinales, religiosas o de convivencia social requieren de la sociedad anfitriona un pluralismo cultural, algo que los países que llevan años como receptores de migrantes (Canadá, Australia, Alemania, Francia, etc.) han alcanzado medianamente, logrando un equilibrio entre la tolerancia hacia las diferencias culturales y la igualdad de derechos que debe regir para todos.

El avance hacia un mayor pluralismo cultural en nuestro país, permitiría entre otras cosas afrontar el conflicto más que centenario que se mantiene con el pueblo mapuche, desde la perspectiva del diálogo entre dos culturas que perfectamente podrían llegar a acuerdos, basados en el respeto e intercambio de los elementos más valiosos que caracterizan a una y otra, sin que prime en esta confluencia un afán hegemónico en ninguna de las partes.

Como conclusión, el desarrollo gradual de sociedades interculturales, enriquecidas por la experiencia de personas con diferentes identidades, a través de un diálogo respetuoso del valer del otro y con el convencimiento de la igualdad de derechos que asiste a todo ser humano, se convierte en una exigencia impostergable para la paz social y para una armónica convivencia entre los pueblos.

El entendimiento dentro de una sociedad plural debe estar basado en la doctrina de los derechos humanos, debiendo quedar excluidas por lo tanto las demandas comunitaristas contrarias a la igualdad, al bien común y a la convivencia interreligiosa e intercultural.

Impulsar el diálogo y la colaboración para buscar la base desde la cual construir una concepción local fructífera de la interculturalidad, que permita prevenir cualquier forma de discriminación motivada por la identidad del que nos parece diferente, nos hará crecer como país y como sociedad, asimilando nuevas expresiones culturales, ampliando nuestras concepciones de bien, estimulando nuevos proyectos sociales, aprendiendo que ninguna diferencia es tan “otra” que no pueda calzar en nuestra universalidad.

Gonzalo Herrera

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