Felipe VI traiciona a la iglesia

Apéname sobremanera que nuestro futuro rey, Felipe VI, no mantenga la tradición borbónica de jurar, en su proclamación como rey, los Principios del Movimiento Nacional, como hace 39 años hizo su padre (ver vídeo). Un estamento tan garantístico (perdón por la horterez, pero me pone)… Decía que un estamento tan garantístico de nuestra libertad como la monarquía no debería de cambiarnos las tradiciones así tan rápido, cada 40 años, porque es que nos revoluciona y nos despista en un muy corto periodo de tiempo. Estos principios de 1958, jurados por Juan Carlos en 1975, arrancan así, bello prólogo: “Yo, Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, consciente de mi responsabilidad ante Dios y ante la Historia, en presencia de las Cortes del Reino, promulgo como principios del Movimiento Nacional,  entendido como comunión de los españoles en los ideales que dieron vida a la Cruzada, los siguientes: (…) El principio II declara el acatamiento de la Nación española a la Ley de Dios formulada por la Iglesia Católica, cuya doctrina inseparable de la conciencia nacional, inspirará las leyes. (…) El principio VII instaura la Monarquía como forma política, con las notas de la tradición católica, social y representativa”. Esto es lo que juró nuestro democrático rey Juan Carlos, y lo que ahora se niega a jurar este advenedizo del Felipe.

Cáusame estupor, por tanto, que no haya una misa de la coronación, coreografiada por la Casa Real y nuestra curia, para que Felipe VI declare el acatamiento de la Nación española a la Ley de Dios formulada por la iglesia católica, que no otra cosa es lo que anhelamos los españoles. O sea, que no se va a dar misa. Y que no hay acatamiento. Dios y Franco nos cojan confesados.

A mí una coronación sin misa no me da demasiada legitimidad, así que lo mismo mañana me vuelvo republicano. Que no os extrañe. Franco no lo sospechaba, pero esto de la monarquía nos está llevando, a pasos agigantados, al precipicio de la modernidad.  Qué digo modernidad. Nos está abocando a ese otro peligro aun mayor llamado contemporaneidad.

En España, ideológicamente, nunca ha habido nada peor que ser contemporáneo. El contemporáneo es un parásito del presente que no cree en milagros ni en cruzadas ni en quemar brujas ni libros ni cree en nada. El contemporáneo es un snob que no pega a su mujer ni hace entrar a su hijo la letra con sangre. El contemporáneo es un ignaro que no sabe escribir la Historia de España, porque la Historia de España siempre se escribe hacia atrás, y para escribir hacia atrás son necesarios el docto don del analfabetismo, la ignorancia, la superstición y el consejo de un cura.

Cuando me enteré de que Felipe VI iba a tener su coronación sin misa, mi camello me tuvo que dar las sales. Ay, que deflación muscular, me dije mientras caía inconsciente sobre el reclinatorio. España está cambiando, y para mal. Yo creo que si Felipe VI se corona sin misa y sin jurar los Principios del Movimiento Nacional, lo mismo la gente se acaba inventando que Letizia es divorciada y abortista. Que de muy mala lengua sí están dotados nuestros rojos.

Abandonar dogmas como los Principios del Movimiento o la religión católica, tal que está haciendo nuestro Felipe el Futuro, es como admitir las teorías heliocentristas de Galileo antes de que pasen cinco siglos. Una precipitación innecesaria. Viendo España, todo el mundo nos damos cuenta de que no es urgente ningún cambio. Está más que perfecta. No la toques más, que así es la rosa, decía Juan Ramón Jiménez.

Aunque cuente con las simpatías del partido, del socialista, del obrero y del español, Felipe VI no debería de coquetear con estas veleidades de no jurar los principios del Movimiento, pues de esta forma le podrán caer hostias desde la derecha, desde el centro y desde la izquierda. Son hostias por muchos lados.  Y uno, por muy rey que sea, solo tiene dos mejillas.

Además, si Felipe VI se coronara en misa, satisfaría a la mayoría absoluta del pueblo español. Porque todo el mundo sabe que Rubalcaba, Zapatero, Felipe González, la mano incorrupta alzada de Manuel Fraga, y otros millardos de progresistas españoles, asistirían con ecuménico entusiasmo a esa misa. Y al terminar el oficio dirían, cuando el cura lo mande, como ya la han dicho tantas veces, esa progresista y revolucionaria palabra que se pronuncia amén.

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