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España 1936: El culto a los muertos en la Propaganda de Guerra

La plena identificación entre discurso religioso y discurso patriótico, contribuyeron a reforzar los lazos da comunidad nacional y fueron imprescindibles para construir un apoyo social mayoritario entre la población de las provincias franquistas. 

Las muertes de los soldados en la guerra son desde tiempos remotos un problema, no solo práctico -reducen los efectivos y la capacidad operativa del ejercito- sino también un problema intangible que perjudica la moral de victoria y el ánimo combativo. Mitificar la muerte mediante una realidad trascendente que la gratifique -causa nacional o religiosa- da como resultado, si se encuentra el relato mitificador adecuado, un efecto contrario: la provisión de nuevos soldados que no rehuirán la muerte si a cambio la comunidad les otorga la condición de héroes de la patria.

El régimen franquista, al igual que el resto de los regímenes anti democráticos que se extendieron por la Europa del período de entreguerras mostró un gran interés por desarrollar estrategias de propaganda de masas. La movilización de masas es uno de dos trazos que definen la cultura política de los regímenes totalitarios europeos de los años 30. Desde el comienzo de la guerra civil la propaganda patriótica-religiosa fue empleada por los alzados en armas contra la república para movilizar a la población de la retaguardia y sumarla al empeño colectivo de la victoria bélica.

Los territorios rápidamente controlados por los fascistas -especialmente Galicia y Castilla y León- se convirtieron en laboratorios en los que ensayar todos los recursos propagandísticos para estimular el pragmatismo del esfuerzo bélico entre la población: recogida de dinero para las tropas, compra de material bélico y armas, y provisión de entusiasmados soldados para combatir y morir por “España y contra el Comunismo” en los frentes de batalla.

Durante la Guerra Civil, en estas regiones rebeldes las pautas de conducta colectiva frente al hecho bélico, fueron establecidas mediante un variado conjunto de ceremonias político religiosas de adhesión a la causa franquista. Los desagravios públicos por los ataques realizados por la violencia anticlerical revolucionaria a las imágenes religiosas, las reposiciones de crucifijos, las manifestaciones patrióticas realizadas cuando una ciudad caía en manos de las tropas rebeldes, las procesiones rogativas de vírgenes, santos y cristos, y los funerales por los caídos en combate, se extendieron durante el verano de 1936- especialmente en el mes de septiembre cuando los servicios propagandísticos de los alzados ya tenían cierto nivel de competencia, por las provincias de la retaguardia franquista, contribuyendo a expandir socialmente un patriotismo religioso de marcados componentes belicista. En estas provincias la religiosidad y el patriotismo se citaron en el centro de la propaganda belicista creándose un imaginario de exaltación patriótico religiosa difundido mediante varios mediosLa reiteración repetitiva de eslóganes salidos de la cocina propagandística de falange se vehiculó con artículos en prensa, locuciones radiofónicas y discursos que después de ser pronunciados en los actos eran publicados en la prensa. Discursos simples pero eficaces, demagógicos pero emotivos.

Estos actos fueron una enorme inversión de gran rentabilidad futura en la extensión de los fundamentos propagandísticos vigentes durante la mayor parte de la dictadura celebradas. La triada patria, religión y ejercito quedaron indisolublemente unidos en el imaginario popular mediante estos espectáculos de masas. La plena identificación entre discurso religioso y discurso patriótico, contribuyeron a reforzar los lazos da comunidad nacional y fueron imprescindibles para construir un apoyo social mayoritario entre la población de las provincias franquistas. No solo resultaba necesario constituir la identidad ideológica del nuevo régimen, sino extenderla a toda la población mediante la realización de actos públicos de masas. Había que crear un ambiente social de Cruzada, convencer a la población de la retaguardia que la guerra era necesaria porque, a través das armas se estaba defendiendo la Religión y la Patria que fueron puestas en peligro durante la etapa republicana.

Estas ceremonias públicas se convirtieron en un recurso propagandístico para movilizar a la población y sumarla al empeño colectivo de la victoria bélica. Elfervor religioso contribuyó a potenciar el ánimo patriótico y estea su vez ayudó a incrementar el primero, produciéndose una intensificación emocional mutua, sin la cual resultaba imposible imponer una moral de victoria, moral en la que no cabían restricciones ni desacuerdos.

En el verano del 36, especialmente en el mes de septiembre, se extendió por los territorios donde había triunfado el alzamiento los funerales de soldados muertos en combate. Cuando el fallecido era miembro relevante de la comunidad, acabaron teniendo un inequívoco sentido de propaganda política. Las exequias fúnebres se transformaron en actos de afirmación patriótica. Eran muertos por España y también por la Religión Católica. La propaganda de la muerte ligada a estos actos fue un recurso empleado para activar la provisión de convencidos y motivados soldados dispuestos a acudir a luchar al frente de Guerra para defender a la España católica del “ataque de los sin Dios.”

El culto a los muertos caídos en el frente de batalla expresado en el reconocimiento público de toda la comunidad urbana fue fundamental para alimentar el enardecimiento guerrero sin el cual no se podían conseguir voluntarios para la guerra. La asistencia a estos actos fúnebres, la contemplación del soldado que dio su vida por la “patria y Dios actuó como una experiencia vital que ligaba los vivos al compromiso con la lucha adquirida por los muertos. Fue un recurso para complementar la propaganda vehiculada en prensa y radio con una eficacia sentimental que fortalecía la necesidad de lucha. La muerte se pone al servicio de la Salvación de la Patria. En estos funerales se alababa públicamente la valentía, el sentido del sacrificio y la abnegación del fallecido, los mismos que se precisaban estimular en los jóvenes en edad de ofrecerse voluntarios para acudir al combate. La muerte no era únicamente una lección que el soldado muerto daba a los vivos en edad de combatir. En estos actos también está presente el consuelo patriótico dirigido a familiares y amigos: la muerte del combatiente, según repetía la propaganda, no había sido inútil ya que su sangre serviría para regenerar la patria tras la victoria en la guerra.

Los actos religiosos realizados enhonra de los soldados muertos acabaran convirtiéndose en celebraciones en las que la guerra era entendida como sacrificio de entrega a la Patria, La patria y la religión se imbrican en una relación de influencia mutua, estimulando a través del enardecimiento religioso, el ánimo belicista en las zonas de la retaguardia.

Los actos fúnebres por los combatientes muertos son transformados en duelos colectivos en los debería estar involucrada toda la comunidad. El dolor por el soldado muerto en la defensa de la Religión y la Patria debía tener una intensa presencia ciudadana. Para cumplir este objetivo la prensa llamaba previamente a la participación aduciendo que la asistencia a estos actos se consideraba un deber de patriotismo. Para garantizar su éxito el día del funeral se limitaba al máximo las actividades económicas y comerciales. Se cerraban comercios, centros oficiales y fábricas. Para que la realización de las manifestaciones de duelo adquiriese la suficiente resonancia pública, se elegían las calles más céntricas de cada ciudad. El ejército, la policía urbana y las distintas milicias armadas; requetés, falange, JAP y Guardias Cívicas, las bandas de música civiles y militares participaban en su realización.

El traslado de los cadáveres de caídos en el campo de batalla por el espacio público de la ciudad se puso al servicio de una política conmemorativa del acto bélico, una política que tenía entre os sus objetivos hacer visible un relato encomiástico sobre la heroicidad de los combatientes franquistas. Heroicidad posible gracias al estimulo de valor que suponía saber que se estaba combatiendo contra la Anti España. La presencia de los muertos es una manera de hacer consciente a la comunidad del esfuerzo que se le exige a los futuros combatientes, pero también del reconocimiento público del que serán objeto. Los soldados cuando acudan al frente van a tener que demostrar el mismo valor que se celebra y conmemora en las honras fúnebres que la ciudad dedica a los que entregaron su vida por la defensa de la Patria.

Los rituales funerarios son un instrumento propagandístico orientado a hacer partícipe a toda la comunidad del reconocimiento el acto heroico, condición imprescindible para crear una cultura bélica que fortalezca el arrojo y la valentía combativa entre los futuros soldados. El luto trasladado desde el espacio habitual del dolor privado al ámbito del espacio público se convertía en una manifestación colectiva del dolor de la comunidad y servía para estrechas los lazos de vinculación entre la sociedad urbana de la retaguardia y el alejado ejercito que combatía en los frentes: “La ciudad entera está en armas cuando sus hijos caen”. Expresiones como estas eran frecuentes en la prensa de esos días. Estos rituales funerarios transformados en instrumentos propagandísticos cumplieron una función fundamental -difícil de valorar- para mantener la moral de victoria en la retaguardia, sin la cual el combate en el frente de guerra no habría podido llevarse a cabo.

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