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El pecado y la gloria

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En 1922 Einstein recogió el Nobel de Física. Poco después visitó España. En Barcelona fue invitado por el ingeniero Esteve Terradas, y en Madrid, por el matemático Julio Rey Pastor. Fue recibido con plenos honores, desde el rey hasta Ángel Pestaña, de la CNT. Todos le admiraban, aunque Julio Camba anotó en El Sol: “Si alguien nos pregunta por qué le admirábamos nos pondrá en un apuro bastante serio”.

Einstein revolucionó el conocimiento del cosmos; pero fue, como el físico cuántico Max Planck, un pensador clásico, defensor del orden de la naturaleza. Perteneció a la época gloriosa de la física y la cosmología: la primera mitad del siglo­ XX. Brillaron, además de Einstein y Planck: Bohr, Pauli, Heisenberg, Lemaître, Hubble, Born, Broglie, Schrödinger, Oppenheimer. Idearon conceptos nuevos para entender el universo: relatividad, espacio-tiempo, quanta, incertidumbre, probabilismo, complementariedad, incompletud, singularidad. Y removieron viejos patrones: po­sitivismo, determinismo, causalismo, observabilidad, los ídolos de las ciencias naturales.

Eran científicos que creyeron en la responsabilidad moral de la ciencia, aunque algunos se mancharon las manos

Tales genios tenían su propia cosmovisión. Filosofía, ética, religión –el “sentimiento religioso cósmico” de Einstein– y política influyeron en su creatividad científica. Eran científicos no cientificistas; ni tecnólogos, o tecnócratas, como muchos hoy. Marcados por la Primera Guerra Mundial, el nazismo y la bomba atómica, criticaron los particularismos nacionales, el racismo y la estupidez humana. Creyeron en la responsabilidad moral de la ciencia. Pero en algunos de ellos la gloria conllevó el pecado.

Por su participación en el programa nuclear, Oppenheimer le confesó al presidente Truman que tenía “las manos manchadas de sangre”. En 1948 publicó en Time Magazine: “Los físicos han conocido el pecado”. Y no fue el único con mala conciencia. La ciencia es una llave que abre las puertas del cielo “y la misma llave abre las puertas del infierno”, dijo Richard Feynman en una conferencia. Algunos no escaparon al riesgo que acompaña a la ciencia contemporánea: entre el pecado y la gloria.

*Catedrático y exdecano de Filosofía de la UB

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