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El integrismo: democracia, religión, demagogia y anarquía en 1931

En diciembre de 1931, en los momentos en los que se aprobaba la Constitución de la República, encontramos una reflexión desde el integrismo sobre la importancia de la religión en una democracia para evitar que fuera demagógica y anárquica. Este artículo se refiere a esta cuestión dentro de la línea de trabajos que dedicamos, periódicamente, al conocimiento del integrismo en la Historia de España con materiales que nos permiten comprobar el origen de muchas concepciones que, transformadas en algunos aspectos, parecen resucitar en nuestra España actual.

El integrismo siempre defendió que no podía haber régimen político legítimo que no se basase en la religión católica, que debía informar todo ello, y que se identificaba, como hemos visto en más de una ocasión, con un sistema de monarquía tradicional. El Siglo Futuro fue el mayor paradigma de integrismo en España porque, además, se erigió no sólo en bastión del mismo, sino también en fustigador de cualquier personaje público movimiento, partido o sector de opinión que, aún siendo conservador y católico tuviera veleidades liberales. En este sentido, es muy revelador su intensa crítica a Cánovas y al concepto de Restauración en una Monarquía liberal.

En el contexto de la República el periódico analizó el momento de llegada de las masas a la política y la democracia, defendiendo, como no podía ser de otra manera, la religión como informadora de la política porque en caso contrario se estaría en un régimen demagógico y anárquico, como ya hemos avanzado.

El integrismo creía que era justa y digna la dignificación del obrero. Pero se defendía que sacar al pueblo de la primitiva esclavitud y hacer libres a la masa de obreros que necesitaban trabajar para vivir, y hacerlos iguales a los demás, y hasta igualarlos para ocupar cargos públicos había sido la aspiración y obra del catolicismo desde el mismo Jesucristo. El periódico consideraba que antes de la llegada del cristianismo la mayoría del pueblo vivía en la esclavitud, siendo la religión quien había roto esas cadenas. Así el esclavo había pasado a ser siervo, y el siervo un hombre libre, y el hombre libre un ciudadano en una comunidad en el que todos sus miembros eran libres.

¿Cuál habría sido el método empleado por el cristianismo para conseguir todo esto? Para nuestro periódico había sido “suavemente, tiernamente”, sin “exaltar ningún salvaje apetito”, es decir, se estaba diciendo que no se había empleado ningún método revolucionario. Habría bastado con la difusión de las ideas del cristianismo entre ricos y pobres, llegando al corazón y empleando el amor. El cristianismo se dirigía con la misma autoridad, de carácter divino, a los pobres y a los ricos, predicando una misma fe, y así se llegaba a la democracia, como la interpretaba el integrismo. El siguiente paso era elevar la instrucción de las masas trabajadora para la participación política.

No habría nada que temer de todo esto, pero siempre y cuando las circunstancias del presente fueran como las del pasado, si las ideas cristianas circularan de forma potente entre todas las clases sociales, y el cristianismo condujera a los obreros, debidamente instruidos de sus derechos y deberes, “purificadas sus costumbres y bien arraigadas sus creencias” a participar en gobierno, que se calificaba de justo, recto, tradicional y católico.

Fíjese el lector que esta participación de los obreros en la política sería la deseada si se cumpliese una condición, que se viviera como en el pasado y el cristianismo fuera potente. No era el momento en 1931, en una época donde el espíritu del pueblo, gracias a un siglo de liberalismo, de actuaciones socialistas y anarquistas, estaría contaminado con ideas consideradas como disolventes. Pero, además, y en línea con algo que expresamos al principio, esta considerada locura había sido permitida o aceptada por no pocos periódicos, “elementos llamados de orden” y hasta por católicos y clérigos, que abogaban por la democracia en las presentes circunstancias. Pero eso era considerado un suicidio, como se habría demostrado en la “desdichada, anticatólica y antisocial obra” desarrollada en las Cortes Constituyentes.

Así pues, un pueblo sin Dios era una constante amenaza, una fuente para el desorden. “La propiedad, la sumisión a las autoridades, la resignación con la propia suerte, hasta la seguridad personal” sufrían duros ataques desde el momento que al pueblo se le arrebatan las creencias religiosas y con ellas el freno de su conciencia. Cuando al pueblo se le apartaba de la religión, se le habían hecho odiosos los ministros de la misma, cuando los ricos se presentaban con “asiáticos lujos, costeados no pocas veces con injusticias, y la autoridad se convertía en un estorbo a su codicia y apetito, no quedaba más que el imperio de la demagogia y la anarquía. Estas consideraciones dejaban muy clara de que tipo de democracia estaba hablando el integrismo.

La democracia era imposible, en conclusión, fuera del catolicismo, en un pueblo donde estuviera muy arraigado el espíritu religioso. Esta era la tarea a seguir. Esa democracia, y se citaba al papa León XIII, era la única fuerza capaz de oponerse a los desmanes. Todo esto era lo que tenían que meditar los que se llamaban elementos de orden, católicos y clérigos que sin distinguir las democracias habían sumado su voz y su voto en favor de la democracia sediciosa y atea, la que se padecía en ese momento.

Nuestra fuente ha sido el número del 5 de diciembre de 1931 de El Siglo Futuro.

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