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El Estado laico: un reto inaplazable

Creemos que la laicidad es la garantía para la libertad de conciencia y la igualdad de toda la ciudadanía, sin distinción de creencias o increencias. La laicidad requiere la independencia del Estado de cualquier creencia religiosa, con una exquisita neutralidad que respete y haga posible todas las confesiones. Pensamos que la laicidad, y el laicismo que es el movimiento que la defiende, no suponen ningún ataque a la religión, sino que son un principio de respeto y tolerancia y de concordia. La fe, la religión, las creencias son del ámbito de las personas, no de las instituciones públicas, que para ser de todos y todas han de respetar la diversidad por medio de la neutralidad.

Como cristianos y cristianas creemos que los valores de la laicidad son profundamente cristianos:

1.- la igualdad de todos los seres humanos, y más en concreto de toda la ciudadanía de un país, sin privilegios ni discriminaciones.

2.- la libertad de conciencia es sagrada, incluida la libertad religiosa.

3.- la universalidad de las políticas públicas, como servicio al bien común de toda la ciudadanía.

La laicidad no es una religión, ni la religión de los ateos y agnósticos. Es un principio democrático que posibilita la igualdad en la diversidad.

El mismo Papa Francisco dice que “El Estado debe ser laico”. Pero no porque lo diga el Papa, sino porque debe ser así en un país democrático, en que el poder viene del pueblo, no de Dios ni de ninguna religión. La falta de laicidad es un déficit democrático. Yo diría más, ciñéndome a lo que me toca: “La Iglesia debe ser laica”.

1.- En primer lugar en su dimensión política: la Iglesia debe ser independiente del Estado (y el Estado de la Iglesia, claro). Ya no es tiempo del nacionalcatolicismo de otros tiempos de dictadura, pero que aún colea en demasiadas dependencias mutuas heredadas y mantenidas. Ambas partes se han beneficiado mutuamente y les cuesta liberarse de esas ataduras. Mientras la Iglesia no se libere de su connivencia con el poder político tendrá hipotecada su credibilidad evangélica. Y mientras el Estado no se libere de su connivencia con el poder eclesiástico tendrá hipotecada su laicidad.

2.- Y ya no es tiempo tampoco de época de cristiandad, ni de mayoría sociológica religiosa (baste recordar el drástico descenso en la práctica religiosa). La presencia de la Iglesia en la sociedad ha sido y es de poder, de influencia (y de lobby), y de control de conciencias y de prácticas. Baste recordar su interés en la educación concertada, incluyendo la religión; su influencia para conseguir determinadas leyes o evitar otras; sus medios de comunicación (radio, tele, medios escritos y digitales), sus universidades y centros de producción de pensamiento… etc. Yo creo que la Iglesia no sólo no está reconociendo que ya no es época de cristiandad, sin que está intentando reconquistar la cristiandad perdida.

“Laicidad” “laico” viene de “Laós” que significa pueblo. La laicidad de la Iglesia tendría al menos dos dimensiones:

1- La política, que sería servir al pueblo, a la ciudadanía, al bien común. Esa sería primera responsabilidad del Estado laico, pero también de una Iglesia que aunque es Institución, no ha de estar al provecho propio sino al servicio de la gente, y especialmente de la más vulnerable. Ser Iglesia laical es ser Iglesia popular: ser pueblo al servicio del pueblo. Pero con una diferencia: el Estado lo ha de hacer desde el poder, democrático pero poder. La Iglesia, desde el no-poder.

2- Internamente, entendiendo la Iglesia como Pueblo de Dios (según la eclesiología del Concilio Vaticano II); de Dios, pero pueblo (laós). Y la primera consecuencia sería la democratización de la Iglesia, algo tan antiguo y tan simple como “Vox populi voz Dei”. La Iglesia tiene ese déficit democrático de ser una sociedad radicalmente desigual: hay un estamento, el clero, que es quien decide, quien enseña, quien manda, quien controla… Y un segundo estamento llamado precisamente “laicado”, laicos, laicas, laós, pueblo, que es quien tiene que escuchar, aprender, obedecer, seguir a sus pastores como grey sumisa, como permanentes menores de edad. Y el clero es precisamente, sólo hombres, excluyendo a las mujeres, más de la mitad de la Iglesia; sólo célibes (excluyendo a la mayoría con otras opciones sexuales), y personas dependientes ideológicamente y económicamente de su obispo, y dedicados profesionalmente o funcionarialmente a su trabajo eclesiástico o religioso. Un claro ejemplo de patriarcado heteronormativo y autoritario. Y de falta de democracia: una estructura vertical, jerárquica, cuya cúpula sería el Papa con todo el poder legislativo, ejecutivo y judicial (aunque delegue en cargos); y un Estado Vaticano no democrático.

El clericalismo es la lacra que no sólo hace de la Iglesia una sociedad radicalmente desigual, donde unos, el clero, representan el poder sacralizado, y otros, el laicado, hombres y mujeres que han de aceptar sumisamente el patriarcado. El clericalismo es la causa de fondo de la corrupción y los abusos que causan el actual desprestigio de la Iglesia. Una concepción negativa de la sexualidad, un menosprecio de la mujer, una sexualidad reprimida, una homosexualidad negada y sin embargo frecuente han llevado a los actuales escándalos de miles de casos de pederastia, negados y encubiertos por la estructura eclesiástica clerical. La pederastia no es sólo un pecado y un tremendo abuso del poder clerical, sino un delito, y como tal ha de ser tratado, llevando a los culpables y a sus encubridores a la justicia civil. Sólo con laicidad se superará el clericalismo: que toda la Iglesia sea Pueblo de Dios sin estamentos de poder sagrado que justifique abusos e impunidades.

El mismo Papa Francisco ha dicho: “Jesús está llamando desde dentro para que le dejemos salir de esta Iglesia llena de corrupción y suciedad”. Muchos cristianos y cristianas apoyamos decididamente al Papa Francisco y su impulso renovador de la Iglesia denunciando el clericalismo como una lacra, frente a los sectores más reaccionarios de la curia que quisieran acabar con su labor y con él mismo. Pero también entendemos que no hay que esperarlo todo del Papa sino hacer una renovación eclesial desde abajo, desde los hombres y mujeres laicos y laicas que asuman el protagonismo de cambiar las cosas.

Frente a esa eclesiología clerical, movimientos eclesiales de base, como comunidades populares, Xarxa Cristiana, Redes Cristianas, algunos teólogos y teólogas…, apostamos por otra eclesiología comunitariaalternativa proponiendo pasar del esquema clero-laicos (patriarcal, vertical, jerárquico) al esquema comunidad-ministerios (horizontal, igualitario, feminista). (Pero eso no os lo explico porque a lo mejor no os interesa). Pero viene al tema de que “La Iglesia debe ser laica” porque tiene que desclericalizarse; porque el clericalismo es el déficit democrático que impide la laicidad en la Iglesia. Así resulta que algunos cristianos y cristianas, incluso curas como yo, que defendemos la laicidad seamos anticlericales. Palabra “anticlerical” de viejas resonancias laicistas. Pero que hoy tiene sentido positivo en los dos términos: laicista y anticlerical.

Yo, por ejemplo, tengo el reto personal y vital de ser cura sin ser clero: he sido cura obrero viviendo de mi trabajo civil y manual, no de la religión; he sido cura casado y cura comunitario, como uno más en mi comunidad de iguales.Se puede ser cura y no ser clero. Y ahora, jubilado, participo con los yayoflautas, o sea que soy como un “curaflauta”, un sin papeles, fuera de ley eclesiástica, y defendiendo el laicismo dentro y fuera. A lo mejor la Iglesia necesita un 15M eclesial. Volviendo al tema y concretando, Xarxa Cristiana y Redes Cristianas…

-Denunciamos los Acuerdos de 1979 entre el Estado español y la Santa Sede. Hoy son anacrónicos. Además, la Iglesia española no ha cumplido su compromiso de tender a autofinanciarse. Al contrario, cada vez ha ido pidiendo y consiguiendo más y más, de modo insaciable.

-Denunciamos los enormes privilegios económicos y fiscales, como la exención de importantes impuestos y la concesión de once mil millones anuales por parte del Estado que la Iglesia administra sin transparencia. En la práctica funciona como un paraíso fiscal dentro del Estado.

-Defendemos la laicidad escolar que responda a principios de igualdad, universalidad, libertad y formación crítica de todas las personas. Denunciamos la actual presencia de la religión confesional católica en el sistema educativo. La educación religiosa confesional ha de darse en el ámbito religioso voluntario.

-La Iglesia española hace campaña para que se marque la “crucecita” “por tantos” en la declaración de renta. El mantenimiento de la Iglesia ha de ser cosa propia, no de los presupuestos del Estado ni de impuestos de la ciudadanía. Y no vale decir que es para Cáritas cuando la Conferencia Episcopal dedica a Cáritas sólo un 2% de lo recaudado.

-Nos indignan especialmente el tema de las inmatriculaciones. Ha supuesto una concesión vergonzante por parte del Estado, e indignante cómo la Iglesia ha aprovechado hasta límites escandalosos. Es absurdo el afán posesivo y acaparador de la Iglesia incluso con ocultación y trampas.

-Nos indigna como ciudadanos y ciudadanas la dejación por parte del Estado de su deber de defender el interés común de la población, y el cambalache de intereses y favores mutuos inconfesables. El Estado está siendo cómplice de esos privilegios de la Iglesia.

– Como la Iglesia no ha demostrado ni demuestra intención alguna de renunciar a sus privilegios ni de devolver lo injustamente apropiado (aunque con trampa legal)…, como la Iglesia no lo va a hacer voluntariamente, a lo mejor es hora de que lo haga el Estado con una nueva “desamortización”, expropiando los bienes que no tengan una clara función social justificada. Creemos que esto no sería un ataque de odio ni una “persecución”, sino hacerle un enorme favor liberándola de tantas ataduras que se contradicen con su origen y su misión.

El mismo Papa Francisco dice que quiere una Iglesia pobre y de los pobres, una Iglesia “en salida”, “hospital de campaña”, transmisora de misericordia y de la “alegría del Evangelio”. La Iglesia ha de entender que vive en un mundo y una sociedad progresivamente secularizada y que eso es bueno. Y ahí ha de encontrar su sitio evitando especialmente dos peligros o tentaciones:

-el poder: el poder político, su connivencia con él, pero también el poder del control de las conciencias, y el poder de la influencia…

-y la riqueza: una Iglesia rica es una contradicción con su origen y su misión, y una hipoteca diabólica: “no se puede servir a Dios y al dinero”. Y menos aún hacerse rica con dinero público. En cambio, sí debe buscar una presencia en el mundo laico:

-una presencia profética, de denuncia y anuncio: de denuncia como hace el Papa Francisco; “el capitalismo mata”, la economía neoliberal “descarta” a personas; nos estamos cargando nuestra casa común, etc. Y de anuncio: de instancia ética y de transmitir esperanza, con palabras, hechos y signos, como acercarse a las víctimas: Lampedusa, Grecia, Oriente Medio… Si la laicidad es la defensa de la igualdad, no olvidemos que el peor enemigo de la laicidad no es la religión sino el capitalismo neoliberal actual que es quien crea las mayores desigualdades. Las religiones pueden aportar mucho a la paz, a la justicia social, a la solidaridad y la fraternidad universal.

-y una presencia servicial, compasiva, liberadora, utópica, esperanzadora: otro mundo es posible; lo importante es la dignidad de las personas; toda la humanidad es una gran familia, y la tierra nuestra casa común… Si no, como decía Jacques Gaillot, “una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Todo esto puede ser un mensaje laico, no necesariamente religioso o confesional. Y si es religioso, de oferta, de propuesta, no de imposición ni amenaza. Y más bien de testimonio que de predicación.

Esto que digo es “otra voz de Iglesia”, no la oficial ni la dominante. Pero quienes defendemos la laicidad del Estado y de la Iglesia somos ciudadanos y ciudadanas; y somos Iglesia como comunidad de seguimiento de Jesús, un judío marginal asesinado por ser crítico con el poder religioso y político y ofrecer una alternativa de vida liberadora. Somos cristianos y cristianas críticas con la Iglesia, pero creemos que los valores de la laicidad son valores cristianos. Así lo vemos y lo vivimos.

Demetrio Orte · Sacerdote obrero, español, miembro de MEOCEOP y Redes Cristianas

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