El eclipse del laicismo

Lo más peligroso para un fanático es que no tenga religión fuera del ámbito de intimidad, o ni siquiera

No recuerdo si fue en Tirana o en Kosovo donde un intelectual local me explicó que Alejandro Magno, el Gran Alejandro, pertenecía a Albania. En Damasco, aquel Damasco que yo conocí y que ya no será posible volver a admirar, un grupo de arrebatados trataban de convencerme sobre la necesidad de revisar la Biblia para encontrar las mentiras de la tradición judía y apreciar la superioridad del Corán. El dominico más vehemente de quienes me dieron clase -sin mucho éxito, todo hay que decirlo- sostenía que Voltaire había muerto ahogado en sus propios vómitos y pidiendo perdón a la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Podría seguir con las aventuras de Teresa de Ahumada, Colón y Cervantes comiendo butifarra en Catalunya, o la periodista voluntariosa que apuntaba a Don Pelayo como degustador de la fabada. La estupidez es una variante de la barbarie e hija de la ignorancia. Existió siempre, lo novedoso es que nunca había tenido tanta trascendencia.

Seamos realistas. Mientras los dioses fueron muchos y todos verdaderos, las religiones no provocaban demasiados conflictos. El problema surgió cuando empezó a ser uno e irrevocable. Luego, pasamos a los detalles de definición de ese dios único y de sus albaceas, y así llegamos tras muchos vericuetos a una situación como la actual, donde a cara de perro y con derramamiento de sangre se dirime algo tan surrealista como “el honor de Dios”. Y cuando se habla de honor es obligado referirse a la venganza.

¿Qué era una revista marginal e iconoclasta como Charlie Hebdo? Un nivel de civilización que partía de un principio incontestable: servía a sus lectores y no tenía por qué preocuparse de la opinión de los demás. Usted la compraba y la leía, algo mucho menos agresivo y ofensivo que la mierda de publicidad que debe usted sufrir por obligación si desea echar una ojeada al telediario, o a una publicación convencional. Lo que no le interesaba, pasaba página.

Charlie Hebdo representa un nivel de civilización que está al margen de las banderas de los balcones, los himnos patrióticos y las exhibiciones religiosas que se prodigan públicamente para pasmo de no creyentes y autosatisfacción de confesionales. Un proceso que nosotros no conocimos porque nació de la escuela pública francesa del siglo XIX, confirmada con rigor en el siglo XX, y que parte de algo tan insólito en nuestra historia como es la laicidad. Esa obsesión de los prelados españoles desde que aceptaron a regañadientes la democracia y la libertad de expresión. El enemigo para ellos está en el laicismo. Podría abrumar a los lectores con citas recientes de las autoridades religiosas ¡y políticas! sobre el asunto. Porque la religión, desde que se inventaron los dioses, o es política o no es. La mística es otra cosa y se mide en parámetros muy diferentes.

Ahora bien, si Charlie Hebdo es un símbolo de la civilización que corresponde a la libertad de expresión que nació con la escuela pública laica, ¿cuál es el problema? Que te puede costar la vida o la cárcel o el castigo público. Las creencias religiosas han vuelto a tomar el poder, y en algunos casos a imponerse hasta el punto de acogotar el territorio de una prensa libre y sarcástica respecto a los dioses. Volvemos, pues, a aquello de que “no afectes a los mitos de los humildes porque desatarás la tempestad de los poderosos”.

Acaba de morir uno de los sátrapas más despreciables de la historia contemporánea; corrompido y corruptor de los regímenes provisorios de jaleas democráticas, desde los EE.UU. -controlador por esencia de la democracia mundial- hasta la humilde España de Marbellas y burbujas. Me estoy refiriendo al rey, sultán o emperador, vale cualquier expresión, de Arabia Saudí. Un títere con cabeza, capaz de cortar cualquiera que sobresaliera y el auténtico generador de esa variante de fascismo islámico que es el wahabismo. Le ha sustituido su hermano. Mirado fríamente tendrían que hacer un homenaje a Chávez y Fidel, y no digamos a Evo Morales, que respetaron al menos a las mujeres. ¡Silencio, es el dueño del petróleo y nuestro socio! ¿Qué importa lo que haga a su pueblo, o que financie a los sicarios islamistas, si viene a Marbella y está en intimidad con el presidente de EE.UU.?

Fíjense en la actitud de los medios de comunicación norteamericanos, supuestos paradigmas de la libertad de expresión, respecto a la matanza de Charlie Hebdo. Sobre todo, lo políticamente correcto. Usted puede invadir Afganistán, liquidar a su población civil, hacer lo mismo en Iraq, lo que supone un salto cualitativo en número y género, luego participar en la creación de esas organizaciones dedicadas al asesinato político religioso como es Estado Islámico. Eso puede hacerlo e incluso contarlo con detalle, pero no se le ocurra repetir un chiste sobre el Profeta. Sería herir sensibilidades religiosas. La hipocresía de nuestra información exigiría la existencia de mil Charlie Hebdo dispuestos al sacrificio para mostrar la impostura. Y lo digo yo, que carezco de interés por ese tipo de humor gráfico ya desde la época del mítico TBO. No me sedujeron los cómics post-68, ni Hara-Kiri, ni Hermano Lobo, ni Charlie Hebdo, pero pelearía porque existieran.

Se trata del derecho a la sátira. Eso que nunca estará incluido en código alguno, ni falta que hace, pero que consiente el que una sociedad se sienta orgullosa de sí misma. Si no existieran en España El Jueves o Mongolia habría que ponerse a rezar en arameo por nuestra suerte. Nada que ver con esos viñetistas que adornan a quienes les pagan, y con pretensiones de hacer gracia. Cuando uno exterioriza sus creencias religiosas o políticas, o hace opinión o hace trampa. Esos cronistas que editorializan están vendiendo motos sin otra justificación que la de hacer lo único que les da su caletre y lo que llevan haciendo toda la vida de manera esquiva, con pretensiones de objetividad analítica. Pasto para conversos y ambición de frustrados.

Nadie se pondría de acuerdo en qué es una blasfemia si se trata de una religión que no sea la suya. Pero ¿y si no tiene religión alguna? Eso es lo más peligroso para un fanático; que alguien no tenga religión fuera del ámbito de su intimidad, o ni siquiera. Ahí está la aportación de una civilización avanzada que nació con esa escuela pública que nosotros apenas entrevimos en nuestra historia y que es el legado más rico de la cultura europea. No de la identidad, que remite a propiedad y a exclusión, sino a poder reducir los dos problemas capitales de nuestra época: la libertad y la igualdad.

Si no le gustan las caricaturas de Mahoma o de la Virgen Santísima, pase página, o sencillamente no lo compre. Es la única de las libertades que concede el mercado. Pero decirle a alguien lo que no puede escribir me recuerda a aquel proceso alucinante que sufrió un militar español a finales del franquismo, porque vivía enfrente de un colegio de monjas y le denunciaron por exponerse desnudo ¡en su baño! “Oiga, decía él para explicarse, si es imposible que alguien me pueda ver desde su colegio porque no hay ninguna ventana accesible”. “Ya lo sé, ya lo sé-respondió la madre superiora-, pero si alguna niña se sube a una silla podría verle a usted desnudo”.

El laicismo es frágil porque no tiene por costumbre exhibirse. En tiempo de exhibición obsesiva de creencias políticas, religiosas o deportivas, todas sobre la misma base de reafirmarse en ser más auténticas que las demás, la reaparición de la violencia con una fuerza inusitada, digna de otros siglos, predice que la gente está insegura, que se queja no sólo de lo que ha perdido, que estaría en su derecho, sino de lo que le amenaza. Cuando la gente tiene miedo, dispara.

Sin embargo, hete aquí que ha vuelto un tipo de creencia que se creía olvidado, salvo en el lado heroico de quien da la vida por salvar la de otros. Ha resucitado el cruzado de la fe, el que mata para luego morir en defensa de su dios. Porque ahora, como entonces, unos profetas desalmados le han prometido el paraíso.

Gregorio Morán, columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia y amigo desde el principio del proyecto SinPermiso, fue un resistente político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo. Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, ha escrito libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la Segunda Restauración borbónica.

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